Manipulative and misrepresenting – Masistas – Manipuladores y tergiversadores

Renzo Abruzzese, Pagina Siete:

The empire of post-truth

We witness the sudden death of public morality, political honesty, respected image and all the ways in which, until not long ago, humans recognized the signs of certainty, the signs that something or someone instilled confidence. We assist the empire of post-truth.

Under the term post-truth, all we find is the lower limit of human degradation. The discourse has been degraded in such a way and it has descended to such low levels that it hardly matters if what the President tells us has any hold on reality; it is indifferent to us because the presidential political discourse itself has become an irreversible post-truth.

Through a means of national circulation (El Deber) we learned that President Arce Catacora had said that “Mrs. Añez in jail writes letters, writes Twitter, writes everything. She receives journalists, she receives her family, she receives everything from her and nobody says anything to her.” It is highly possible that the ex-president can write what the president affirms, as much as it is evident that she receives her family daily, who takes her the recommended diet, it is, however, unlikely that anyone will tell her anything under the tight control of a public jail.

Either way, the trick lies in saying what can be seen and hiding what the system hides and the objective it is pursuing, because it no longer matters whether or not you can write, speak or read; what matters is the intangible presence of the repressive act.

So that this does not slide and people perceive it, President Arce was healed in a healthy way: “We do respect due process and human rights.” This last assertion reveals the content of what he wants to cover up; the repressive nature of that unconstitutional act. This is how post-truth works.

Let us note that none of the aforementioned would be important or worthy of a presidential statement if it were not about an opponent, a woman and a former president. Post-truth does not destroy by what is seen, but by the intention of the one who builds it. In fact, what is important is that the victim feels the weight of the lesson and that the citizen the shadow of the repression.

In this way, any political prisoner can read, write, tweet, shout, sleep, eat or laugh, after all there is no law that prohibits it. What matters is that in spite of all that political prisoner is annihilated and that the rest of the citizenry understands it, even if the jailer reliably proves that the victim can read, write, tweet, shout, sleep, eat or laugh the times that want.

If someone goes to the trouble of verifying everything that has to be done so that the ex-president receives a doctor who is not a government acolyte, or can have a laboratory blood test in exchange for no longer being able to see her children, or write on a sheet of paper, like Gramsci when Mussolini imprisoned him for thinking differently, we may be tempted to relate the human quality of a liar with the heartbreaking reality of a political prisoner.

At this point, post-truth can take alarming and clearly objective profiles, such as telling the public that the son of a persecuted minister was “invited” to testify to investigate his whereabouts, when in reality it was a matter of blackmailing him in the best style of a military coup, like García Mesa. This is a variant of the post-truth that is known in popular jargon as dictatorship.

However, in politics as in life, most falsehoods only produce falsehoods. That an eventually powerful plays post-truth does not make him a better politician, it actually puts him on the same level as a tyrant or, in the best of cases, one more of the bunch.

Nor does it make him a better person, it diminishes him to the point of being considered an unreliable subject -such as, for example, an ex-convict for criminal offenses- and even less a better citizen, because he passes from a liar, and experience has taught us that the one who lies is because something is brought, as with Evo, who swore that he wanted to go to his chaco to grow little coca leafs and ordered an entire city to be starved to death. In short, the truth is that post-truth is the second national pandemic. The serious thing is that it does not have a vaccine.

Renzo Abruzzese is a sociologist.

El imperio de la postverdad

Asistimos perplejos la muerte súbita de la moral pública, de la honestidad política, de la imagen respetada y de todas las formas en que, hasta no hace mucho, los humanos reconocíamos los signos de la certeza, las señas de que algo o alguien infundían confianza. Asistimos el imperio de la postverdad.

Bajo el denominativo de postverdad, lo único que encontramos es el límite inferior de la degradación humana. Se ha envilecido de tal forma el discurso y ha descendido a niveles tan bajos que ya casi no interesa si lo que el Presidente nos diga tiene algún asidero en la realidad; nos es indiferente porque el propio discurso político presidencial se ha transformado en una postverdad irreversible.

Por un medio de circulación nacional (El Deber) nos enteramos que el  presidente Arce Catacora había dicho que “la señora Añez en la cárcel escribe cartas, escribe Twitter, escribe todo. Recibe periodistas, recibe su familia, recibe todo y nadie le dice nada”.  Es altamente posible que la exmandataria pueda escribir lo que afirma el mandatario, tanto como es evidente que recibe diariamente a su familia que le lleva la dieta recomendada, es, sin embargo, poco probable que nadie le diga nada bajo el férreo control de una cárcel pública.

De cualquier manera, el truco reside en decir lo que se puede ver y ocultar lo que esconde el sistema y el objetivo que persigue, porque ya no importa si puede o no escribir, hablar o leer; lo que importa es la intangible presencia del acto represor

Para que esto no se deslice y la gente lo perciba, el presidente Arce se curaba en sano:  “Nosotros sí respetamos el debido proceso y los derechos humanos”. Esta última aseveración delata el contenido de lo que quiere encubrir; la naturaleza represiva de ese acto inconstitucional. Así funciona la postverdad.

Notemos que nada de lo mencionado tendría importancia o sería digno de una declaración presidencial si no se tratara de una opositora, mujer  y  exmandataria. La postverdad no destruye por lo que se ve, sino por la intención del que la construye. En los hechos, lo importante es que la víctima sienta el peso del escarmiento y que el ciudadano la sombra de la represión.

Por esta vía cualquier preso político puede leer, escribir, tuitear, gritar, dormir, comer o reír,  al fin y al cabo no hay ley que se lo prohíba. Lo que importa es que a pesar de todo ese preso político este aniquilado y que el resto de la ciudadanía así lo comprenda, aunque el carcelero pruebe fehacientemente que la víctima puede leer, escribir, tuitear, gritar, dormir, comer o reír las veces que quiera.

Si alguien se pasara el trabajo de verificar todo lo que se tiene que hacer para que la exmandataria reciba un médico que no sea alfil del gobierno, o pueda hacerse un examen laboratorial de sangre a cambio de ya no poder ver a sus hijos, o escribir en una hoja de papel, como Gramsci cuando Mussolini lo encarceló por pensar diferente, quizá nos invada la tentación de relacionar la calidad humana de un mentiroso con la realidad desgarradora de un preso político.

A este punto la postverdad puede tomar perfiles alarmantes y claramente objetivos, como decir a la ciudadanía que se “invitó” a declarar al hijo de un ministro perseguido para indagar su paradero, cuando en realidad se trataba de chantajearlo al mejor estilo de un gorila golpista, como García Mesa. Esta es una variante de la postverdad que la jerga popular la conoce como dictadura.

Sin embargo, en la política como en la vida, la mayor parte de las falsedades sólo producen falsedades. Que un eventualmente poderoso juegue a la postverdad no lo hace mejor político, en realidad lo pone en la misma rasante de un tirano o, en el mejor de los casos, de uno más del montón. 

Tampoco lo hace mejor persona, lo disminuye al punto de ser considerado un sujeto poco confiable -tal como podría ser, por ejemplo, un exconvicto por delitos penales- y menos aún un mejor ciudadano, porque pasa de mentiroso, y la experiencia nos ha enseñado que el que miente es porque algo se trae, como con Evo, que juraba que quería irse a su chaco a cultivar coquita y ordenó matar de hambre una ciudad entera. En fin, lo cierto es que la postverdad es la segunda pandemia nacional. Lo grave es que no tiene vacuna.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

https://www.paginasiete.bo/opinion/renzo-abruzzese/2021/4/6/el-imperio-de-la-postverdad-289767.html

Published by Bolivian Thoughts

Senior managerial experience on sustainable development projects.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: