Editorial, El Dia:
It is surprising that, after nearly two decades in power, there are still people who describe Evo Morales merely as a union leader or as the protagonist of a conventional political administration. Even more surprising is that many continue to interpret Bolivia’s current events as simple social conflicts disconnected from his legacy.
The images of roads blocked by radicalized civilian militias and the blatant violent resistance to law enforcement are the death throes of a corporation defending its impunity.
It is incredible that, at this stage of our history, sectors of national and international public opinion continue to treat Morales as a simple “union leader” and characterize his nearly two decades in power as a “political administration,” when in reality it was a state structure devoted entirely to organized crime.
An alarming number of analysts, citizens, and politicians still question the true nature of the man. It is time to call things by their proper names: Evo Morales has built a trajectory that positions him as one of the most dangerous and successful drug traffickers in the world. He achieved what no conventional drug lord could even dream of. He fulfilled, to the letter, Pablo Escobar’s “golden dream”: capturing the machinery of the state from within through the ballot box, subverting democracy, and transforming the national territory into a fortified sanctuary for the free flow of cocaine.
This criminal project remains standing, and its goal is to stay forever. Morales has left behind a country thoroughly penetrated by drug trafficking at every institutional level. The current economic suffocation—with international reserves depleted, a shortage of foreign currency, and the imminent collapse of the energy matrix—is the direct result of having replaced the formal economy with a gigantic and invisible underground financial laundering operation that is now exacting its price.
The current unrest and the logistical blockades of cities are not demands for social redress; they are asymmetric warfare operations carried out by a fiefdom that resists oversight and uses economic sabotage as a weapon of mass extortion.
What is truly striking and concerning about this situation is the passivity of the international community. It is evident that the current Bolivian government, constrained and with economic resources at historic lows, lacks the operational and logistical capacity to confront on its own a transnational apparatus of this magnitude.
Why are international forces not intervening as they did against the state cartel of Nicolás Maduro? The network commanded by Morales is not Bolivia’s internal problem; it is a key component of the region’s criminal ecosystem, a logistical partner of Brazilian cartels and transnational money-laundering networks. Tolerating this enclave in the heart of South America is an act of willful blindness that condemns the future of the region.
Editorial, El Día:
Resulta sorprendente que, después de casi dos décadas de poder, todavía exista gente que describa a Evo Morales únicamente como un líder sindical o como el protagonista de una administración política convencional. Más sorprendente aún es que muchos continúen interpretando los acontecimientos actuales de Bolivia como simples conflictos sociales desconectados de su legado.
Las imágenes de carreteras bloqueadas por milicias civiles radicalizadas y la flagrante resistencia violenta a las fuerzas del orden son los estertores de una corporación que defiende su impunidad.
Resulta increíble que, a estas alturas de nuestra historia, sectores de la opinión pública nacional e internacional sigan tratando a Morales como un simple “líder sindical” y cataloguen a sus casi dos décadas en el poder como una “administración política”, cuando en realidad fue una estructura estatal dedicada íntegramente al crimen organizado.
Una alarmante cantidad de analistas, ciudadanos y políticos todavía ponen en duda la verdadera naturaleza del personaje. Es momento de llamar a las cosas por su nombre: Evo Morales ha consolidado una trayectoria que lo posiciona como uno de los narcotraficantes más peligrosos y exitosos del mundo. Logró lo que ningún capo de la droga convencional pudo siquiera acariciar. Consolidó, al pie de la letra, el “sueño dorado” de Pablo Escobar: capturar el aparato del Estado desde adentro mediante las urnas, subvertir la democracia y transformar el territorio nacional en un santuario blindado para el libre flujo de cocaína.
Este proyecto criminal sigue en pie y su meta es quedarse para siempre. Morales ha dejado un país íntegramente penetrado por el narcotráfico en todas sus capas institucionales. La actual asfixia económica —con unas reservas internacionales devoradas, escasez de divisas y un colapso inminente de la matriz energética— es el resultado directo de haber sustituido la economía formal por una gigantesca e invisible lavandería financiera subterránea que hoy pasa factura.
La actual convulsión y los cercos logísticos a las ciudades no son demandas reivindicativas; son operaciones de guerra asimétrica ejecutadas por un feudo que se resiste a ser fiscalizado y que utiliza el sabotaje económico como arma de extorsión masiva.
Lo verdaderamente llamativo y preocupante de este escenario es la pasividad de la comunidad internacional. Es evidente que el gobierno boliviano actual, maniatado y con recursos económicos en mínimos históricos, carece de la capacidad operativa y logística para enfrentar por sí solo a un aparato transnacional de este tamaño.
¿Por qué las fuerzas internacionales no intervienen como lo hicieron con el cartel estatal de Nicolás Maduro? El circuito que comanda Morales no es un problema interno de Bolivia; es un engranaje clave del ecosistema criminal de la región, socio logístico de carteles brasileños y de redes de lavado de activos transnacionales. Tolerar este enclave en el corazón de Sudamérica bajo es una ceguera voluntaria que condena el futuro de la región.
https://eldia.com.bo/2026-06-09/editorial/evo-morales-nos-ha-sobrepasado.html
