Let’s legalize smuggling! – ¡Legalicemos el contrabando!

Editorial, El Deber:

It is estimated that smuggling enters the country around $2.3 billion in merchandise each year: almost 6% of GDP! There are more than 1,500 different types of products that enter illegally from neighboring countries: fruits, vegetables, rice, preserves, meat, beer, clothing (more than 7,000 tons per year), electrical appliances, medicines, computers, toys, construction materials, cars and an infinite etcetera. We are, without a doubt, before one of the largest and most powerful economic activities in the country.

Smuggling is so important that it is impossible to explain everyday life in Bolivia without it. If you bought something today somewhere in the national territory (from a chewing gum to a car), you could bet that this product was smuggled and you bought it in the informal economy (which represents about 70% of the country’s economy). Smuggling is our daily bread (literally, because a lot of flour also enters illegally).

And why do we prefer to buy contraband products over national or legally imported products? Well simply because their price/quality combination makes them more attractive. By purchasing contraband products we maximize our real income. There is no science here. In order to legally import and market a product from abroad, a company must pay the tariff (10%), customs fees (5%) (storage, verification, dispatch fees, etc.), VAT (14.94%) and the specific excise tax (this applies to cars, alcoholic beverages and cigarettes). In sum, a legal import must pay around 30% of the original price in taxes.

And, of course, a good part of that 30% is transferred to the final consumer. Subsequently, the importing company will have to pay the tax on profits (25%) and probably the tax on financial transactions (3%). As you can see, this endless tangle of taxes makes companies and consumers prefer a thousand times to risk selling and buying products informally than to do so following all the tax rules. For the consumer, in particular, smuggling means saving a lot of money.

But lo and behold, politicians (on all sides), analysts, businessmen and even some economists are crying out for more controls and for the authorities to toughen the battle against smuggling. They want to finish it at all costs. At least two arguments are made. The first is the famous claim that “smuggling kills national industry.” The second warns that smuggling denies the State about $600 million in tax collection.

Let’s see. Of course, smuggling “kills” the national industry. The formal national industry that has to pay all taxes, deal with labor regulations, legal insecurity, bureaucracy and political ups and downs, has no chance against illegal importation. But the argument here should be exactly the other way around. Instead of demanding that imported products pay all taxes, domestic products should be asked not to pay any. Instead of calling for a “frontal battle” against smuggling, the Chambers of Commerce should ask for a frontal battle against the taxes they pay, the pernicious labor regulations they face (minimum wages, the double bonus, the prohibition of firing without “justification technique,” etc.), legal insecurity, and other hurdles in its terrible obstacle course to produce. In other words, instead of asking to make life more difficult for importers, we should ask to make life easier for domestic producers. This would equalize the competition and also would tremendously benefit the consumer who would continue to maximize their real income by accessing low prices.

The argument that the State stops receiving revenue is also true, but that is good news rather than a problem. The State in Bolivia is one of the most inefficient and corrupt in the world. Do you want to pay taxes so that the State increases the bureaucracy by hiring people from the party, makes senseless investments or directly steals it from you? Or do you prefer to pay as little as possible for the products and save that money so that you can decide what to do with it?

Well thought out, smuggling is a blessing for the country’s poor families who save a lot on the purchase of their basic basket (food, clothing, personal hygiene products, medicines, etc.). Removing it would only make them poorer and fatten an inefficient government. They will tell me that without national industry there would be no employment and poor families would suffer the same or worse, but that is a static argument. First, 70% of workers already work in the informal economy. Second, the savings of consumers and companies by not paying tariffs will sooner or later be used for investment in industries in which the country does have a comparative advantage. Third, if we eliminate taxes, regulations and bureaucracy, the national industry could probably compete in many areas.

Smuggling is part of our daily lives and without it the poorest families could not survive. In the middle of the pandemic, in addition, when we need more medicines at low prices and for families to save as much as they can, it is a horror to persecute importers to pay all taxes. Let’s legalize smuggling once and for all, let’s open the borders by ending tariff barriers and at the same time make life easier for our companies.

Se calcula que el contrabando ingresa al país alrededor de $us 2.300 millones en mercadería cada año: ¡casi el 6% del PIB! Son más de 1.500 diferentes tipos de productos los que ingresan ilegalmente desde países vecinos: frutas, verduras, arroz, conservas, carne, cerveza, ropa (más de 7.000 toneladas por año), electrodomésticos, medicinas, computadoras, juguetes, materiales de construcción, autos y un infinito etcétera. Estamos, sin lugar a dudas, ante una de las actividades económicas más grandes y poderosas del país.

El contrabando es tan importante que es imposible explicar la vida cotidiana en Bolivia sin él. Si usted compró algo hoy en algún lugar del territorio nacional (desde un chicle hasta un auto), podría apostar que ese producto llegó de contrabando y usted lo compró en la economía informal (que representa alrededor del 70% de la economía del país). El contrabando es nuestro pan de cada día (literalmente, porque mucha harina también ingresa ilegalmente).

Y ¿por qué preferimos comprar productos de contrabando sobre productos nacionales o los legalmente importados? Pues simplemente porque su combinación precio/calidad los hace más atractivos. Comprando productos de contrabando maximizamos nuestro ingreso real. Aquí no hay ninguna ciencia. Para poder importar y comercializar legalmente un producto de afuera, una empresa debe pagar el arancel (10%), las tasas o fees aduaneros (5%) (tasas de almacenaje, verificación, despacho etc.), el IVA (14,94%) y el impuesto al consumo específico (esto aplica para autos, bebidas alcohólicas y cigarrillos). En suma, una importación legal debe pagar alrededor de un 30% del precio original en impuestos.

Y, claro, una buena parte de ese 30% es transferida al consumidor final. Posteriormente, la empresa importadora deberá pagar el impuesto a las utilidades (25%) y probablemente el impuesto a las transacciones financieras (3%). Como ven, esta maraña interminable de impuestos hace que empresas y consumidores prefieran mil veces arriesgarse a vender y comprar productos en la informalidad que a hacerlo siguiendo todas las reglas impositivas. Para el consumidor, en particular, el contrabando le significa ahorrarse un montón de plata.

Pero he aquí que los políticos (de todos los bandos), los analistas, los empresarios e incluso algunos economistas piden a gritos más controles y que las autoridades endurezcan la batalla contra el contrabando. Quieren acabarlo a toda costa. Se esgrimen al menos dos argumentos. El primero es el famoso reclamo de que “el contrabando mata la industria nacional.” El segundo advierte que el contrabando le niega al Estado unos $us 600 millones en recaudación tributaria.

Veamos. Por supuesto que el contrabando “mata” la industria nacional. La industria nacional formal que tiene que pagar todos los impuestos, lidiar con las regulaciones laborales, la inseguridad jurídica, la burocracia y los vaivenes políticos, no tiene ninguna chance frente a la importación ilegal. Pero el argumento aquí debería ser exactamente al revés. En lugar de pedir que los productos importados paguen todos los impuestos, se debería pedir que los productos nacionales no paguen ninguno. Las Cámaras de Comercio en lugar de pedir una “batalla frontal” contra el contrabando deberían pedir una batalla frontal contra los impuestos que ellos pagan, las perniciosas regulaciones laborales que enfrentan (los salarios mínimos, el doble aguinaldo, la prohibición de despedir sin “justificación técnica,” etc.), la inseguridad jurídica, y demás vallas en su terrible carrera de obstáculos para producir. En otras palabras, en lugar de pedir que se les haga la vida más difícil a los importadores, habría que pedir que se les haga la vida más fácil a los productores nacionales. Esto equipararía la competencia y además beneficiaría tremendamente al consumidor que seguiría maximizando su ingreso real accediendo a precios bajos.

El argumento de que el Estado deja de recibir recaudación también es cierto, pero eso es una buena noticia antes que un problema. El Estado en Bolivia es uno de los más ineficientes y corruptos del mundo. ¿Quiere usted pagar impuestos para que el Estado aumente la burocracia contratando gente del partido, haga inversiones sin sentido o directamente se la robe? ¿O prefiere pagar lo menos posible por los productos y ahorrarse esa plata para que sea usted quien decida qué hacer con ella?

Bien pensado, el contrabando es una bendición para las familias pobres del país que ahorran muchísimo en la compra de su canasta básica (alimentos, ropa, productos de higiene personal, medicinas, etc.). Eliminarlo solo los haría más pobres y engordaría a un gobierno ineficiente. Me dirán que sin industria nacional no habría empleo y las familias pobres sufrirían igual o peor, pero ese es un argumento estático. Primero, el 70% de los trabajadores ya trabaja en la economía informal. Segundo, el ahorro de consumidores y empresas al no pagar aranceles se destinará tarde o temprano a inversión en industrias en las que el país sí tenga ventaja comparativa. Tercero, si eliminamos impuestos, regulaciones y burocracia, la industria nacional probablemente sí podría competir en muchos rubros.

El contrabando es parte de nuestra cotidianeidad y sin él las familias más pobres no podrían sobrevivir. En plena pandemia, además, cuando necesitamos más medicinas a precios bajos y que las familias ahorren todo lo que puedan, es un horror perseguir a las importadoras para que paguen todos los impuestos. Legalicemos el contrabando de una vez por todas, abramos las fronteras terminando con las barreras arancelarias y al mismo tiempo hagámosle la vida más fácil a nuestras empresas.


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