By Gustavo Blacutt, Vision 360:
Today is not about fearing a complete reform of the MAS Constitution, but about embracing it with responsibility and historical vision. If we let this moment slip away, we may never again have such a clear chance to rebuild the economic, political, and legal foundations of our country.
Following the elections of August 17, we are living an ideal moment to introduce deep reforms to the MAS Constitution. The result at the polls was overwhelming: Bolivians demand a total change. The Legislative Assembly now holds a crushing majority capable of driving the necessary transformations, and it would be a mistake to limit this process to a specific field—whether judicial, economic, or social. On the contrary, we face a historic opportunity to reform every aspect of national life that the MAS Constitution imposed as a straitjacket: the economy, the judicial system, education, health, mining, agriculture, agribusiness, and more. Its constitutional norms reflect the archaic, ideologized vision of MAS, which stalled development and destroyed democratic institutions with fundamentalist, contradictory, and retrograde principles—making it the worst constitution in our republican history.
Economically, it is urgent to reform the entire fourth part of the Constitution, eliminating omnipresent state intervention in development planning, its monopoly over natural resources, the production and commercialization of hydrocarbons, and its control over artificially classified “strategic” sectors. A modern country must open its economy and unleash its productive forces.
Politically, we must challenge constitutional privileges that distort democracy: gender and indigenous quotas imposed as straitjackets that warp political representation, manipulation of the “one citizen, one vote” principle which results in the most unjust and asymmetric form of voting, the absurd requirement to speak two languages to exercise full citizenship rights, or the disorder of municipal governments. These constitutional clauses favor only certain sectors closely tied to MAS. Democracy must be inclusive and representative, but never distorted by impositions that reduce the value of the vote and restrict citizens’ freedoms.
Legally, the challenge is even greater: to build a judicial system truly independent of political power. To achieve this, we must once and for all abandon the old model of preselection, election, and appointment of judges and prosecutors by political authorities—a model manipulated by partisan interests since the founding of the Republic. It must be replaced with a genuinely meritocratic system, based on an unshakable principle: “no one should choose anyone.”
Entry into and permanence within the judiciary and the Public Prosecutor’s Office must depend exclusively on personal, professional, and above all, ethical-moral merits of each candidate. A structured, transparent, and tiered judicial career, where every promotion results from effort and capability—not political favors. Only then can judicial operators act with independence, free from obligations to parties or caudillos of the moment.
To this system we must add the creation of a Judicial Branch Government: a political-administrative-financial body whose sole mission is to safeguard the independence of judges and prosecutors. A true institutional shield, capable of guaranteeing the separation of powers, managing the meritocratic judicial career rigorously, and above all, preventing any external interference. No pressures, no threats, no hidden incentives, no undue phone calls from authorities or businessmen should be allowed in a system where justice answers only to law and ethics.
Now is also the perfect time to end legal parallelism and correct the serious distortions that have deformed Bolivian law: arbitrary imprescriptibility, retroactive application of the law, and a criminal system designed more to persecute political enemies than to guarantee true justice.
Judicial reform cannot remain an empty slogan. It must become a new pillar of the Republic: an independent, meritocratic Judiciary, shielded from all interference and committed only to truth, equity, and citizens’ freedom.
In conclusion, we are facing the perfect juncture to fully reform the MAS Constitution and strengthen the country’s legal security. Only then will we prevent the passage of smuggling laws, the political use of justice, and the arbitrariness of judges and magistrates who, up to now, have turned law into a business instead of a public service.
Today is not about fearing a complete reform of the MAS Constitution, but about embracing it with responsibility and historical vision. If we let this moment pass, we may never again have such a clear opportunity to rebuild the economic, political, and legal foundations of our country.
Por Gustavo Blacutt, Vision 360:
Hoy no se trata de temer a la reforma total de la Constitución del MAS, sino de asumirla con responsabilidad y visión histórica. Si dejamos pasar este momento, quizá no volvamos a tener una oportunidad tan clara de reconstruir las bases económicas, políticas y jurídicas de nuestro país.
Tras las elecciones del 17 de agosto vivimos un momento ideal para introducir profundas reformas a la Constitución del MAS. El resultado de las urnas ha sido contundente: los bolivianos demandamos un cambio total. La Asamblea Legislativa cuenta con una mayoría aplastante capaz de impulsar las transformaciones necesarias, y sería un error limitar este proceso a un ámbito específico —sea judicial, económico o social—. Por el contrario, estamos frente a una oportunidad histórica de reformar todos los aspectos de la vida nacional que la Constitución del MAS impuso, como un chaleco de fuerza en lo económico, en el sistema judicial, la educación, la salud, la minería, la agricultura, la agroindustria, etc. Las normas constitucionales reflejan la visión arcaica e ideologizada del MAS que frenó el desarrollo y destruyó la institucionalidad democrática con cánones fundamentalistas, contradictorios y retrógradas, que hacen de la Constitución del MAS la peor de nuestra historia republicana.
En lo económico, urge reformar toda la cuarta parte de la Constitución, eliminando la omnipresente intervención estatal en la planificación del desarrollo, el monopolio sobre los recursos naturales, la producción y comercialización de hidrocarburos, la tutela sobre sectores artificialmente catalogados como “estratégicos”, etc. Un país moderno requiere abrir su economía y liberar sus fuerzas productivas.
En lo político, debemos cuestionar privilegios constitucionales que distorsionan la democracia: las cuotas de género e indígenas impuestas como camisa de fuerza, distorsionan la representación política, la manipulación del principio de “un ciudadano, un voto” es la expresión más injusta y asimétrica del voto ciudadano, o la absurda exigencia de hablar dos idiomas para ejercer derechos de ciudadanía plena, o el desorden de los gobiernos municipales, etc., son temas insertos en la CPE, que favorecen solamente a ciertos sectores íntimamente ligados al MAS. La democracia debe ser inclusiva y representativa, pero nunca distorsionada por imposiciones que reducen el valor del voto y restringen las libertades ciudadanas.
En lo jurídico, el reto es aún mayor: construir un sistema judicial verdaderamente independiente del poder político. Para lograrlo, es imprescindible abandonar de una vez por todas el viejo modelo de preselección, elección y nombramiento de jueces y fiscales por parte del poder político, modelo manipulado por intereses partidarios desde la creación de la república, requiere ser reemplazado por un sistema genuinamente meritocrático, basado en un principio irrenunciable: que “nadie debe elegir a nadie”.
El ingreso y la permanencia en la judicatura y en el Ministerio Público deben depender exclusivamente de los méritos personales, profesionales y, sobre todo, ético-morales de cada postulante. Una carrera judicial ordenada, transparente y escalonada, donde cada ascenso sea fruto del esfuerzo y la capacidad, no de favores políticos. Solo así los operadores de justicia podrán actuar con independencia, libres de compromisos con partidos o caudillos de turno.
A este sistema debe sumarse la creación de un Gobierno del Poder Judicial: un órgano político-administrativo-financiero cuya única misión sea blindar la independencia de jueces y fiscales. Un verdadero escudo institucional capaz de garantizar la separación de poderes, administrar con rigor la carrera judicial meritocrática y, sobre todo, impedir cualquier injerencia externa. Ni presiones, ni amenazas, ni estímulos ocultos, ni llamadas indebidas de autoridades o empresarios deberían tener cabida en un sistema donde la justicia solo obedezca a la ley y a la ética.
Este es también el momento perfecto para poner fin al paralelismo jurídico y corregir graves distorsiones que han deformado el derecho boliviano: la imprescriptibilidad arbitraria, la retroactividad de la ley y un sistema penal diseñado más para perseguir enemigos políticos que para garantizar verdadera justicia.
La reforma judicial no puede seguir siendo un eslogan vacío. Se trata de erigir un nuevo pilar de la República: un Poder Judicial independiente, meritocrático, blindado frente a toda injerencia y comprometido únicamente con la verdad, la equidad y la libertad de los ciudadanos.
En conclusión, estamos ante la coyuntura perfecta para reformar totalmente la Constitución del MAS y blindar la seguridad jurídica del país. Solo así podremos impedir la aprobación de leyes de contrabando, el uso político de la justicia y la discrecionalidad de jueces y magistrados que hasta hoy han convertido el derecho en un negocio, en lugar de un servicio público.
Hoy no se trata de temer a la reforma total de la Constitución del MAS, sino de asumirla con responsabilidad y visión histórica. Si dejamos pasar este momento, quizá no volvamos a tener una oportunidad tan clara de reconstruir las bases económicas, políticas y jurídicas de nuestro país.
