By Beatriz Cahuasa, Visión 360:
Today more than ever, we need a critical citizenry that asks itself: do we want a State that supports our development, or one that keeps us dependent?
The results of Bolivia’s most recent presidential elections should not surprise us. Campaign promises catered to what the electorate wanted to hear: the continuity of a model in place for two decades, based on welfarism. Not understood as a transformative social policy, but rather as a mechanism to guarantee benefits for “vulnerable” groups and, with that, their political loyalty.
In our country, welfarism has become a political instrument that channels state resources toward impoverished sectors—not with the aim of resolving structural problems such as poverty or inequality, but to secure loyalties, maintain social cohesion, and guarantee votes.
This phenomenon is not exclusive to the Movement Toward Socialism (MAS). One of the first precedents marking the establishment of welfarism as a political tool was the creation of state bonuses, initiated by Gonzalo Sánchez de Lozada—during the government of the Revolutionary Nationalist Movement (MNR)—with the Bonosol, aimed at the elderly. Later, Evo Morales renamed it Renta Dignidad and complemented it with other bonuses directed at different social sectors. Even Jeanine Áñez, during her brief administration, resorted to welfarism by granting bonuses during the pandemic, in the midst of a deep economic crisis that affected the most vulnerable.
These measures, without a doubt, generated political support. They turned entire sectors of the population into dependents of the State, rather than holders of rights, and contributed to the electoral strengthening of those who promoted them.
This welfarist model was also reinforced by the distribution of goods, infrastructure, vehicles, and resources for works to organized groups, commonly known as social movements, who “represented” the beneficiaries of these policies. While such actions may have positive effects, they often blur the true purpose of welfarism: to provide support to vulnerable people or groups in situations of neglect, serving as a bridge between their basic needs and state or societal action, with the goal of mitigating misery and reducing inequalities. In Bolivia’s case, this approach weakened independent citizen initiatives and obstructed the building of sustainable long-term public policies.
When welfarism becomes an end in itself, it ceases to be a path toward development and instead turns into a vicious cycle. Aid programs lose their character of social justice and become instruments to capture electoral support, strengthen the ruling party’s image, and perpetuate its control.
It is true that the distribution of goods and services generates social cohesion, especially among those who feel forgotten by the State. However, when that cohesion is based on dependency and not empowerment, it becomes unsustainable and deeply limiting.
The problem does not lie in the aid itself, but in the way and purpose for which it is given. When the government centralizes resource distribution, it concentrates power and silences criticism. What should be a guarantee of rights turns into a tool of domination.
This ill-conceived welfarism produces strong state paternalism. Beneficiaries go from being rights-bearing citizens to mere passive recipients of aid. Their role as active citizens fades, and they are stigmatized for requiring assistance, when in reality that need reflects a historical debt owed by the State to its most marginalized sectors.
Some argue that far from fighting poverty, welfarism perpetuates it, by fostering dependence on the State and discouraging personal initiative and entrepreneurial effort. It chains the population to a system of subsidies that limits their freedom and their ability to achieve autonomous progress.
Other forms of welfarism are found in subsidies for fuel, food, or services. While they can have positive effects if well designed, they may also reproduce patterns of dependency.
Welfarism should be only a first step, a bridge toward sustainable development policies that create decent jobs, quality education, and equitable access to opportunities. However, in Bolivia—and in many countries of the region—it has become a populist shortcut, a way to maintain poverty while selling the illusion of progress.
Breaking away from welfarism will not be easy or quick. It requires redesigning the social pact, strengthening citizens’ capacities, and building a State that empowers rather than controls. Yet as long as political proposals focus on increasing bonuses and subsidies without a long-term vision, the cycle will continue.
Today more than ever, we need a critical citizenry that asks itself: do we want a State that supports our development, or one that keeps us dependent?
The answer to that question will define the country’s future.
Por Beatriz Cahuasa, Visión 360:
Hoy más que nunca, necesitamos una ciudadanía crítica que se pregunte: ¿queremos un Estado que acompañe nuestro desarrollo o uno que nos mantenga dependientes?
Los resultados de las últimas elecciones presidenciales en Bolivia no deberían sorprendernos. Las promesas de campaña respondieron a lo que el electorado quería escuchar: la continuidad de un modelo vigente desde hace dos décadas, basado en el asistencialismo. No entendido como una política social transformadora, sino como un mecanismo para garantizar beneficios a grupos “vulnerables” y, con ello, su fidelidad política.
En nuestro país, el asistencialismo se ha convertido en un instrumento político que canaliza recursos estatales hacia sectores empobrecidos, no con el fin de resolver problemas estructurales como la pobreza o la desigualdad, sino para asegurar lealtades, mantener la cohesión social y garantizar votos.
Este fenómeno no es exclusivo del Movimiento al Socialismo (MAS). Uno de los primeros antecedentes que marcó la instauración del asistencialismo como herramienta política fue la creación de bonos estatales, iniciada por Gonzalo Sánchez de Lozada —durante el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR)— con el Bono Solidario (Bonosol), dirigido a personas de la tercera edad. Más adelante, Evo Morales lo rebautizó como Renta Dignidad y lo complementó con otros bonos orientados a distintos sectores sociales. Incluso Jeanine Áñez, en su breve mandato, recurrió al asistencialismo otorgando bonos durante la pandemia, en un contexto de profunda crisis económica que afectaba a la población más vulnerable.
Estas medidas, sin duda, han generado respaldo político. Convirtieron a sectores enteros de la población en dependientes del Estado, más que en titulares de derechos, y han contribuido al fortalecimiento electoral de quienes las promueven.
A este modelo asistencialista se sumó la entrega de bienes, infraestructuras, vehículos y recursos para obras a grupos organizados, comúnmente conocidos como movimientos sociales, quienes “representaban” a los beneficiarios de estas políticas. Si bien estas acciones pueden tener impactos positivos, con frecuencia desdibujan el verdadero propósito del asistencialismo: brindar apoyo a personas o grupos vulnerables en situación de desprotección, actuando como un puente entre sus necesidades básicas y la acción del Estado o la sociedad, con el objetivo de mitigar la miseria y reducir las desigualdades. En el caso boliviano, este enfoque debilitó las iniciativas ciudadanas independientes y obstaculizó la construcción de políticas públicas sostenibles a largo plazo.
Cuando el asistencialismo se convierte en un fin en sí mismo, deja de ser una vía hacia el desarrollo y se transforma en un círculo vicioso. Los programas de ayuda pierden su carácter de justicia social y se convierten en instrumentos para captar apoyo electoral, fortalecer la imagen del partido gobernante y perpetuar su control.
Es cierto que la entrega de bienes y servicios genera cohesión social, especialmente entre quienes se sienten olvidados por el Estado. Sin embargo, cuando esta cohesión se basa en la dependencia y no en el empoderamiento, resulta insostenible y profundamente limitante.
El problema no radica en la ayuda en sí, sino en el modo y el propósito con el que se otorga. Cuando el gobierno centraliza la distribución de los recursos, concentra el poder, silencia la crítica. Lo que debería ser una garantía de derechos se convierte en una herramienta de dominación.
Este asistencialismo mal concebido produce un fuerte paternalismo estatal. Los beneficiarios pasan de ser sujetos de derechos a simples receptores pasivos de ayuda. Su rol como ciudadanos activos se diluye, y se les estigmatiza por requerir asistencia, cuando en realidad esa necesidad evidencia una deuda histórica del Estado con sus sectores más postergados.
Algunas posturas sostienen que, lejos de combatir la pobreza, el asistencialismo la perpetúa, al fomentar la dependencia del Estado y desincentivar la iniciativa personal y el esfuerzo emprendedor. Encadena a la población a un sistema de subsidios que limita su libertad y su capacidad de progreso autónomo.
Otras formas de asistencialismo, están en las subvenciones a carburantes, alimentos o servicios, si bien pueden tener efectos positivos si están bien diseñadas, también pueden reproducir patrones de dependencia.
El asistencialismo debería ser solo un primer paso, un puente hacia políticas de desarrollo sostenible que generen empleo digno, educación de calidad y acceso equitativo a oportunidades. No obstante, en Bolivia —y en muchos países de la región— se ha convertido en un atajo populista, una forma de mantener la pobreza mientras se vende la ilusión de progreso.
Salir del asistencialismo no será fácil ni rápido. Implica rediseñar un pacto social, fortalecer las capacidades ciudadanas y construir un Estado que empodere, en lugar de controlar. Sin embargo, mientras las propuestas políticas se centren en aumentar bonos y subvenciones sin una visión a largo plazo, el ciclo continuará.
Hoy más que nunca, necesitamos una ciudadanía crítica que se pregunte: ¿queremos un Estado que acompañe nuestro desarrollo o uno que nos mantenga dependientes?
La respuesta a esa pregunta definirá el futuro del país.
https://www.vision360.bo/noticias/2025/09/04/30993-el-asistencialismo-como-herramienta-politica
