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Todos Santos potosino – All Saints in Potosí

Abecor 10/31/2020

Evelyn Callapino, Página Siete:

Flowers, candles, incense and an accumulation of memories is the first thing I received with the visit of death. I have lived with her for more than four months because she decided to take Leoncio, my father, leaving in my mind a nostalgic accordion cueca to accompany my pain as she slowly took him away from me.

It is quite difficult to cope with a duel in the midst of chaos, on the side I see everything is convulsed. Despite all that, there are things that are quite strong that remain ingrained in the place where I was born.

Not everyone in my family is Catholic, there are various inclinations; however, something that is still respected are the traditions that I grew up with.

Despite the different postures we have at home, with much affection and respect we honor my father’s memory as he taught us and as he would have liked. Since I was a child, with my family we visited many “little graves” of relatives and friends, and he, in particular, always did so with great faith.

The celebration of All Saints (Todos Santos) is strongly rooted in Potosí traditions and maintains its essence over time. It is linked to death, how families mourn and how they remember who left.

This year, despite the pandemic, they showed their strength; neither the instability nor the chaos we are in could stop them. What was implemented are biosecurity measures. Potosí is a fairly conservative place and this day was lived with the same intensity as always.

On October 31, the assembly of the funeral altar was carried out, but not only did we do it with my family, but godchildren and goddaughters came to accompany us. They told me: “It is a duty to come and build my godfather’s altar.” Some came with flowers, others with tablecloths.

In the center of the altar was the photograph of my father, accompanied by a Saint Christ, candles in silver candelabra, his favorite accessories, all this surrounded by many flowers. On the side of the table were the t’antawawas (bread in the shape of people), wine and food that he liked.

On the first of November, at eight in the morning, people who knew him began to arrive. They all offered us help and remembered him fondly.

Noon arrived, we lit the candles, prayed and then served the traditional dish of this day, which is Ají de achacana.

From 3:00 pm more people began to arrive; they would enter and go to the altar, they would stand in front praying for a few minutes and then they would serve themselves a portion of cake with wine and say goodbye to us, telling us how sorry they were for my father’s departure.

As a form of gratitude for the prayers, we delivered small artisan baskets with “masitas” (sopaypillas, alfajores, cookies, rolls, etc.).

In the room, in the background, we were accompanied by the melody of the accordion cuecas that he loved, amid murmurs, I traveled in memory and lost myself in his smile that is etched in my mind. This is how that day passed. On November 2, more friends continued to arrive, some stayed to eat another traditional dish of these dates, the mondongo. The tomb was disarmed by close associates and later they played the T’oqola (mud adobe with a hole where a coin has to be sent).

Finally, on November 3, we took all the flowers to the cemetery accompanied by chicha; we stayed for a moment and in the afternoon, with affection, they said goodbye to all the deceased with the “almacacharpaya,” where it is common to play with toasting and a mixture of colors, which represent joy and gratitude for the visit of the souls.

Something that surprised me is that it is all an agenda that must be followed, these are steps that have a lot of meaning and importance. It is a ritual that helps many of this religion to cope with their grief.

My experience beyond all, is that many of the friends, compadres, comadres, goddaughters or godchildren showed me another face of my father. They told me about how they saw him from their spaces, and how grateful they are to him. I got to know other facets of him and he brought me a lot of happiness in this whole process of pain that his death represents.

Evelyn Callapino Guarachi is a political scientist, university professor and coordinator of Mujer de Plata.

Flores, velas, incienso y un cúmulo de recuerdos es lo primero que recibí con la visita de la muerte. Hace más de cuatro meses que convivo con ella porque decidió llevarse a Leoncio, mi padre, dejando en mi mente una nostálgica cueca en acordeón para acompañar mi dolor mientras lentamente lo alejaba de mí.

Es bastante complicado sobrellevar un duelo en medio del caos, por el lado que veo todo está convulsionado. A pesar de todo eso, hay cosas que son bastante fuertes que se mantienen arraigadas en el lugar donde nací.

En mi familia no todos son católicos, hay varias inclinaciones;  sin embargo, algo que aún se respeta son las tradiciones con las que crecí.  

A pesar de las diferentes posturas que tenemos en casa, con mucho cariño y respeto honramos la memoria de mi padre como él nos enseñó y como le habría gustado. Desde niña, con mi familia visitábamos muchas “tumbitas” de familiares y amigos, y él, en particular, siempre lo hacía con mucha fe.

La celebración de Todos Santos está fuertemente arraigada a las tradiciones potosinas y mantiene su esencia con el pasar del tiempo. Está ligada a la muerte, cómo llevan el luto las familias y cómo recuerdan a quien partió.

Este año, a pesar de la pandemia, éstas mostraron su fuerza; ni la inestabilidad  ni el caos en el que estamos pudo frenarlas. Lo que sí se implementó son las medidas de bioseguridad. Potosí es un lugar bastante conservador y este día se vivió con la misma intensidad de siempre.

El 31 de octubre se llevó a cabo el armado de altar funerario, pero no sólo lo hicimos con mi familia, sino ahijados y ahijadas vinieron a acompañarnos. Ellos me decían: “Es un deber venir a armar el altar de mi padrino”. Algunos venían con flores, otros con manteles.

En el centro del altar estaba la fotografía de mi padre, acompañado de un Santo Cristo, velas en candelabros de plata, sus accesorios favoritos, todo esto rodeado de muchas flores. En el costado de la mesa estaban las t’antawawas (pan en forma de personas), vino y comida que le gustaba.

El primero de noviembre, a las ocho de la mañana, empezaron a llegar personas que lo conocieron. Todas nos ofrecían ayuda y lo recordaban con mucho cariño.

Llegó el mediodía, encendimos las velas, rezamos y luego servimos el plato tradicional de este día, que es el Ají de achacana.

A partir de las 15:00 empezó a llegar más gente; entraban y se dirigían al altar, se paraban en frente rezando unos minutos y luego se servían una porción de torta con vino y se despedían de nosotros, diciéndonos cuánto lamentaban la partida de mi padre.

Como forma de agradecimiento por las oraciones, entregamos pequeñas canastas artesanales con “masitas” (sopaypillas, alfajores, galletas, rollos, etcétera).

 En la sala, de fondo, nos acompañaba la melodía de las cuecas en acordeón que le encantaban a él, en medio de murmullos, yo viajaba en el recuerdo y me perdía en su sonrisa que está grabada en mi mente. Así pasó esa jornada. El 2 de noviembre siguieron llegando más amigos y amigas, algunos se quedaron a comer otro plato tradicional de estas fechas, el mondongo. La tumba fue desarmada por personas allegadas y posteriormente jugaron la T’oqola (adobe de barro con un hueco donde se tiene que hacer llegar una moneda). 

Por último, el 3 de noviembre, llevamos todas las flores al cementerio acompañando con chicha; nos quedamos un momento y por la tarde, con cariño, despidieron a todos los difuntos con el “almacacharpaya”, donde es común jugar con tostado y mixtura de colores, que representan alegría y el agradecimiento por la visita de las almas.

Algo que me dejó sorprendida es que es todo una agenda que debe seguirse, son pasos que tienen mucho significado e importancia. Es un ritual que ayuda a muchos de esta religión a sobrellevar su duelo.

Mi experiencia más allá de todo, es que muchos de los amigos, compadres, comadres, ahijadas o ahijados me mostraron otro rostro más de mi padre. Me comentaron sobre cómo lo veían desde sus espacios, y lo agradecidos/as que están con él. Conocí otras facetas de él y me provocó mucha dicha en todo este proceso de dolor que representa su muerte.

Evelyn Callapino Guarachi es politóloga, docente universitaria y coordinadora de Mujer de Plata.

https://www.paginasiete.bo/opinion/2020/11/4/todos-santos-potosino-273747.html

Abecor 11/01/2020