50 hours: The coup that was not – 50 horas: El golpe que no fue

Editorial from Correo del Sur, bottom picture from the internet:

50 hours: The coup that was not

The objective evidence of what happened in Bolivia is available to anyone in the world, on the Internet. The times that run no longer accommodate lies and false truths.

Political and ideologically contaminated versions have been manufactured in certain Latin American countries. The idea that Evo Morales fled the country in the wake of a racist revolt or a military assault that put his life at risk was widely supported.

Determining whether or not there was a coup in Bolivia is not something that AMLO needs to do, in Mexico, Nicolás Maduro, in Venezuela or Argentine Kirchnerism. Nor to any activist informally brought from another country, much less to the propaganda machinery activated especially in social networks.

The historical truth of what happened in Bolivia is something that only Bolivians, true witnesses and vivid protagonists of recent events can elucidate.

Morales resigned as soon as the OAS electoral audit report was published, which confirmed and documented innumerable adulterations, falsifications and manipulations in the electoral outcome.

He left when the fraud was already unquestionable, after three weeks of a national strike and a citizen mobilization unprecedented in recent history.

Those who insist on the theory of the coup can easily absolve their doubts by reviewing the 50 hours of total power vacuum that the country experienced, between 5:00 p.m. on Sunday, November 10, at which time the president and vice president resign, and 6 p.m.: Tuesday, November 12, when Jeanine Áñez assumes command of the country.

It was two days when all the conditions for any temptation or coup adventure were given.

In addition to Morales and García Linera, the presidents of the chambers of senators and deputies had resigned. The Legislature did not gather and delayed purposely to do so. The political center and all the symbols of power were totally exposed and unguarded.

But the worst never happened. The conviction and democratic maturity were imposed in an exemplary manner. The political actors and the Armed Forces themselves acted with institutional responsibility and observing the constitutional forms.

If someone expected that a coup was actually consumed, then return to the rescue of democracy, he failed in his calculation.

The military only left their barracks to contribute to the restoration of order and internal security in the country. And they did it at the request of the Police, when it was surpassed by the violent and vandalism groups that burned, looted and sowed panic in the streets of El Alto and La Paz and in other cities in the country.

Áñez assumed command of the country under the succession mechanism by resignation and abandonment of the country of the two mandataries. She did, not without first relying on an interpretation of the Constitutional Court.

Morales himself, when resigning, said that he did it “listening to (…) the Conalcam, the COB (and) the Catholic Church.”

Evo had the opportunity to change the course of the conflict when the OAS election observers suggested that he agrees for a second round. He did the opposite: he hurried to proclaim himself a winner in the first round and assumed a challenging attitude towards the mobilized population. Among his plans there was no possibility of leaving power.

He could have also facilitated an orderly succession of command. But no. He chose to leave the country quickly, giving way to those 50 hours of power vacuum that, if prolonged for longer, would have resulted in a real disaster. Or, was that the plan of those who later tried to set the country on fire?

Neither Gonzalo Sánchez de Lozada, in October 2003 and in conditions even more critical than Morales’, left the national territory without having previously read and his resignation been accepted in the National Congress, thus enabling the immediate activation of the succession procedure.

To repeatedly smash the theory of the coup constitutes an open nonsense in lieu to the efforts to pacify and give certainty to the country. And it attacks, in addition, the democratic feeling of the population that mobilized in legitimate defense of their vote.

====versión español====

50 horas: El golpe que no fue

La evidencia objetiva de lo acontecido en Bolivia está al alcance de cualquier persona en el mundo, en la red Internet. Los tiempos que corren ya no dan cabida a mentiras y falsas verdades.

Se han fabricado, en ciertos países de Latinoamérica, versiones política e ideológicamente contaminadas. Se propaló, interesadamente, la idea de que Evo Morales huyó del país a raíz de una revuelta racista o una asonada militar que ponía en riesgo su vida.

Determinar si en Bolivia hubo o no un golpe no es algo que corresponde hacer a AMLO, en México, a Nicolás Maduro, en Venezuela o al kirchnerismo argentino. Tampoco a ningún activista oficiosamente traído de otro país, y mucho menos a la maquinaria propagandística activada sobre todo en redes sociales.

La verdad histórica de lo sucedido en Bolivia es algo que únicamente pueden dilucidar los bolivianos, auténticos testigos y vívidos protagonistas de los acontecimientos recientes.

Morales renunció ni bien se hizo público el informe de auditoría electoral de la OEA, que confirmó y documentó innumerables adulteraciones, falsificaciones y manipulaciones en el resultado electoral.

Se fue cuando el fraude ya era inocultable, luego de tres semanas de un paro nacional y una movilización ciudadana sin precedentes en la historia reciente.

Quienes insisten en la teoría del golpe pueden fácilmente absolver sus dudas repasando las 50 horas de vacío total de poder que vivió el país, entre las 17:00 del domingo 10 de noviembre, momento en que renuncian el presidente y el vicepresidente, y las 18:50 del martes 12 de noviembre, cuando Jeanine Áñez asume el mando del país.

Fueron dos días en que todas las condiciones para cualquier tentación o aventura golpista estaban dadas.

Además de Morales y García Linera, habían renunciado los presidentes de las cámaras de senadores y diputados. La Asamblea Legislativa no sesionaba y daba largas para hacerlo. El centro político y todos los símbolos del poder estaban totalmente expuestos y desguarnecidos.

Pero lo peor nunca pasó. Se impuso, de forma ejemplar, la convicción y la madurez democrática. Los actores políticos y las propias Fuerzas Armadas obraron con responsabilidad institucional y observando las formas constitucionales.

Si alguien esperaba que efectivamente se consume un golpe, para luego retornar al rescate de la democracia, falló en su cálculo.

Los militares solo salieron de sus cuarteles para contribuir a la restauración del orden y la seguridad interna del país. Y lo hicieron a pedido de la Policía, cuando esta fue rebasada por los grupos violentos y vandálicos que incendiaban, saqueaban y sembraban el pánico en las calles alteñas y paceñas y en otras ciudades del país.

Áñez asumió el mando del país en virtud del mecanismo de sucesión por renuncia y abandono del país de los dos mandatarios. Lo hizo no sin antes respaldarse en una interpretación del Tribunal Constitucional.

El mismísimo Morales, al renunciar, dijo que lo hacía “escuchando a (…) la Conalcam, la COB (y) la Iglesia católica”.

Evo tuvo la oportunidad de cambiar el curso del conflicto cuando los observadores electorales de la OEA le sugirieron allanarse a una segunda vuelta. Hizo todo lo contrario: se apresuró en proclamarse ganador en primera vuelta y asumió una actitud desafiante hacia la población movilizada. Entre sus planes no cabía la posibilidad de dejar el poder.

Podía, también, facilitar una sucesión ordenada del mando. Pero no. Optó por largarse rápidamente del país, dando paso a esas 50 horas de vacío de poder que, de prolongarse por más tiempo, habrían derivado en un verdadero desastre. ¿O, acaso, era ese el plan de quienes luego intentaron incendiar el país?

Ni Gonzalo Sánchez de Lozada, en octubre de 2003 y en condiciones aún más críticas que las de Morales, abandonó el territorio nacional sin que antes fuese leída y aceptada su renuncia en el Congreso Nacional, para posibilitar así la activación inmediata del procedimiento sucesorio.

Repetir machaconamente la teoría del golpe constituye un abierto despropósito con los esfuerzos para pacificar y dar certidumbre al país. Y agrede, además, el sentimiento democrático de la población que se movilizó en legítima defensa de su voto.

https://correodelsur.com/opinion/20191217_50-horas-el-golpe-que-no-fue.html?fbclid=IwAR3Vgfg7PTUciFA5_3bcCsRZK34xJIkN1PZe-amD3eW2-bPoA4u6op2CkWo

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