By Óscar A. Heredia, El Diario:
“Every economic crisis ceases to be merely an experts’ concern when expectations replace confidence, and uncertainty, anxiety, insecurity, fear, profiteering, speculation, and old economic traumas reach the family shopping basket.”
Bolivians are being told today that there is sufficient liquidity, that the market will find its equilibrium, that inflation is under control, and that the measures adopted will restore stability. In this context, the adoption of a flexible exchange-rate regime introduces a new benchmark for the market and, with it, new expectations among citizens. We hear technical explanations, political criticism, ideological interpretations, and comparisons with other moments in our history.
Meanwhile, citizens experience a different reality. They do not look at charts or indicators; they look at whether they can find dollars when they need them, whether fuel is available, whether prices continue to rise, and, above all, whether their income lasts until the end of the month. Between official discourse and everyday life, something decisive for any economy begins to take shape: trust or distrust.
Bolivia knows this phenomenon well because it also has economic memory. Those of us who lived through the hyperinflation of the 1980s do not remember only the figures. We remember the long lines, money losing value, constant uncertainty, and the anguish of not knowing how much food would cost the next day. Crises pass, but experiences remain. And that memory continues to influence the decisions of millions of Bolivians.
For that reason, people rarely make economic decisions based solely on what is happening today. Most make them based on what they believe or fear may happen tomorrow. A family brings forward purchases to protect its income; a producer postpones investments; a merchant acts more cautiously; a saver seeks refuge for their money. In this way, expectations alter behavior, uncertainty feeds anxiety, anxiety generates insecurity, insecurity strengthens fear, and fear creates space for speculation and profiteering.
The economy speaks through numbers; citizens respond through decisions.
There is one place where all those decisions cease to be individual and acquire collective impact: commerce.
It is there that economic policies, monetary policy, production costs, imports, exports, remittances, supply, and demand converge. But economic memory, expectations, uncertainty, and the decisions each citizen makes to protect their family also arrive there.
In commerce, a public policy stops being a decree and becomes a price; an economic projection becomes a replacement cost; an expectation becomes an early purchase; a doubt becomes a postponed investment. The merchant calculates how much it will cost to restock merchandise; the producer decides whether to continue investing; the mother reorganizes the family basket; the worker delays expenses to preserve income. What seemed like an individual decision ultimately becomes collective behavior.
That is why commerce is not merely the place where goods and services are exchanged. It is the space where economics, memory, and public psychology meet. There, indicators stop being statistics and become human decisions. It reflects what a society believes, thinks, fears, and expects from its future.
Every economic policy is ultimately tested in commerce, because it is there that theory ceases to be theory and becomes the daily reality of families.
The main lesson of the current situation is that economic policies cannot be designed solely from macroeconomic indicators. They must also understand how people react, how their memories influence them, how expectations are formed, and how confidence strengthens or weakens any public measure. Credibility, transparent communication, and institutional stability are not complementary elements; they are part of economic policy itself.
Governing the economy also means understanding human behavior. Governments manage policies, central banks manage instruments, and economists manage models. But it is citizens who, through the decisions they make every day, ultimately determine the real outcome of an economic policy.
Economies can recover through good policies. Countries are rebuilt only when their citizens trust again. Because the true wealth of a nation is not only its currency, its reserves, or its natural resources. It is the confidence with which its people choose to build tomorrow. That is where economic stability begins. And that is where the construction of a country begins as well.
The author is a political and economic analyst and former Rector of UMSA.
Por Óscar A. Heredia Vargas, El Diario:
“Toda crisis económica deja de ser un problema de expertos cuando las expectativas reemplazan a la confianza y la incertidumbre, la ansiedad, la inseguridad, el miedo, el agio, la especulación y los viejos traumas económicos llegan hasta la canasta familiar”.
A los bolivianos hoy nos dicen que existe suficiente liquidez, que el mercado encontrará su punto de equilibrio, que la inflación está bajo control y que las medidas adoptadas devolverán la estabilidad. En ese contexto, la adopción de un régimen de cambio flexible introduce una nueva referencia para el mercado y, con ella, nuevas expectativas en la ciudadanía. Escuchamos explicaciones técnicas, críticas políticas, interpretaciones ideológicas y comparaciones con otros momentos de nuestra historia.
Mientras tanto, la ciudadanía vive otra realidad. No observa gráficos ni indicadores; observa si encuentra dólares cuando los necesita, si consigue combustible, si los precios vuelven a subir y, sobre todo, si el dinero alcanza hasta fin de mes. Entre el discurso y la vida cotidiana comienza a construirse algo decisivo para cualquier economía: la confianza o la desconfianza.
Bolivia conoce muy bien ese fenómeno porque también tiene memoria económica. Quienes vivimos la hiperinflación de los años ochenta no recordamos solamente cifras. Recordamos las filas, el dinero que perdía valor, la incertidumbre permanente y la angustia de no saber cuánto costarían los alimentos al día siguiente. Las crisis pasan, pero las experiencias permanecen. Y esa memoria sigue acompañando las decisiones de millones de bolivianos.
Por eso las personas rara vez toman decisiones económicas únicamente por lo que ocurre hoy. La mayoría las toma por lo que cree o teme que ocurrirá mañana. Una familia adelanta compras para proteger su ingreso; un productor posterga inversiones; un comerciante actúa con mayor cautela; un ahorrista busca refugio para su dinero. Así, las expectativas modifican el comportamiento, la incertidumbre alimenta la ansiedad, la ansiedad genera inseguridad, la inseguridad fortalece el miedo y el miedo abre espacio a la especulación y al agio.
La economía habla con números; la ciudadanía responde con decisiones.
Existe un lugar donde todas esas decisiones dejan de ser individuales y adquieren un impacto colectivo: el comercio.
Es allí donde confluyen las políticas económicas, la política monetaria, los costos de producción, las importaciones, las exportaciones, las remesas, la oferta y la demanda. Pero también llegan la memoria económica, las expectativas, la incertidumbre y las decisiones que cada ciudadano toma para proteger a su familia.
En el comercio una política pública deja de ser un decreto y se convierte en precio; una proyección económica se convierte en costo de reposición; una expectativa se convierte en una compra anticipada; una duda se convierte en una inversión postergada. El comerciante calcula cuánto le costará reponer su mercadería; el productor decide si continúa invirtiendo; la madre de familia reorganiza su canasta; el trabajador posterga gastos para preservar sus ingresos. Lo que parecía una decisión individual termina convirtiéndose en un comportamiento colectivo.
Por eso el comercio no es únicamente el lugar donde se intercambian bienes y servicios. Es el espacio donde se encuentran la economía, la memoria y la psicología ciudadana. Allí los indicadores dejan de ser estadísticas y se convierten en decisiones humanas. Se refleja lo que una sociedad cree, piensa, teme y espera de su futuro.
Toda política económica termina rindiendo examen en el comercio, porque es allí donde la teoría deja de ser teoría y se convierte en la realidad cotidiana de las familias.
La principal enseñanza de esta coyuntura es que las políticas económicas no pueden diseñarse únicamente desde los indicadores macroeconómicos. También deben comprender cómo reaccionan las personas, cómo influyen sus recuerdos, cómo se forman las expectativas y cómo la confianza fortalece o debilita cualquier medida pública. La credibilidad, la comunicación transparente y la estabilidad institucional no son elementos complementarios; forman parte de la propia política económica.
Gobernar la economía también significa comprender el comportamiento humano. Porque los gobiernos administran políticas, los bancos centrales administran instrumentos y los economistas administran modelos. Pero son los ciudadanos quienes, con las decisiones que toman cada día, terminan definiendo el verdadero resultado de una política económica.
Las economías pueden recuperarse con buenas políticas. Los países solo se reconstruyen cuando sus ciudadanos vuelven a confiar. Porque el verdadero patrimonio de una nación no es únicamente su moneda, sus reservas o sus recursos naturales. Es la confianza con la que su gente decide construir el mañana. Allí comienza la estabilidad económica. Allí comienza también la construcción de un país.
El autor es analista político y económico. Ex Rector de la UMSA.
https://www.eldiario.net/portal/2026/07/31/la-economia-tambien-se-construye-en-la-mente/
