By German Huanca, Publico.bo:
Bolivia needs to be refounded on concrete commitments to the nation. It is unacceptable that years of collective effort to build a highway can be damaged in a matter of hours by a handful of roadblock protesters. It is unacceptable that strangers can destroy other people’s property without facing any consequences. It is unacceptable that fanatics can set a police patrol vehicle on fire, that indoctrinated activists can publicly whip people who simply want to travel, or that citizens participating in blockades can prevent ambulances and oxygen supplies from reaching hospitals. Nor is it acceptable that students remain for more than five years at universities financed with public money, or that teachers paid by society become promoters of disorder and violence.
On a smaller scale, but no less corrosive, running red lights, dirtying public restrooms, damaging city landscaping and public spaces, posting advertisements on any available wall, and paying bribes to “speed up” procedures have all become normalized. These behaviors are now part of the everyday landscape.
The underlying problem is the absence of consequences. When citizens perceive that their behavior—good or bad—has no effect on what they receive from the state or the market, the incentive to act responsibly disappears. Today, only the prison system attempts to correct behavior, and everyone knows that it has not been enough. The issue is not eliminating that system, but complementing it with one that measures citizen behavior continuously and transparently.
Developed countries already have instruments of this kind. The United States’ Credit Score—known as the FICO Score, ranging from 300 to 850 points—measures the financial trustworthiness of individuals and influences their access to mortgages, credit cards, insurance, and employment. Germany has SCHUFA, Australia has Equifax Australia, Chile has DICOM, Argentina has Veraz, and Brazil has Serasa Score. All pursue the same goal: making a citizen’s economic reputation visible and linking it to tangible benefits. China goes further with its Social Credit System, which also incorporates legal infractions, business conduct, and public behavior, rewarding compliance while restricting access to transportation, credit, and public-sector employment for those who fail to comply.
These mechanisms are useful for societies that have already moved beyond basic needs such as access to land and credit. Bolivia, however, needs something broader: a Citizen Responsibility Index (CRI) that measures not only financial behavior, but also compliance with the law, respect for public property, educational responsibility, social coexistence, road safety, and community contribution.
The CRI would operate on a scale from 0 to 1,000 points. A score between 900 and 1,000 would indicate an exemplary citizen. Between 800 and 899: highly trustworthy. Between 700 and 799: trustworthy. Between 600 and 699: acceptable compliance. Between 500 and 599: moderate risk. Below 500: high risk. A high score would open doors: preferential access to state-backed credit, scholarships, social housing, entrepreneurship programs, and reduced collateral requirements. A low score would close them: no participation in publicly funded benefits, no contracts with the state, and no access to programs financed by taxpayers.
The index would also apply to institutions. A municipality that uses public machinery to block highways and then demands its share of Hydrocarbon Direct Tax (IDH) revenues should not continue receiving preferential treatment. A responsible municipality deserves more resources; one that finances chaos deserves fewer. The same principle applies to teachers or doctors who shut down essential services without consequence: the system should record that behavior. Conversely, it should also recognize those who defy illegitimate decisions by their unions in order to fulfill their duties—such as teachers who refused to comply with politically motivated strikes—because today that act of civic courage translates into no tangible benefit.
Who would implement the CRI? Not the state directly. The state should provide the data—judicial, educational, tax, and traffic violation records—and guarantee the protection of personal information. But the platform itself, the camera infrastructure at intersections and on public roads, and the processing of data should be managed by the private sector under strict public regulation.
The time has come to assign value to responsible citizenship. Those who build the country deserve the benefits offered by the state and the market. Those who destroy it should not continue to enjoy those same benefits as though nothing had happened. The CRI is not a threat to responsible citizens—it is their most powerful tool.
Por German Huanca, Publico.bo:
Bolivia necesita refundarse sobre compromisos concretos con la patria. No es posible que años de esfuerzo colectivo para construir una carretera sean dañados en horas por un puñado de bloqueadores. No es posible que desconocidos destruyan bienes ajenos sin consecuencia alguna. No es posible que energúmenos incendien una patrulla policial, que adoctrinados chicoteen en vía pública a quienes simplemente quieren circular, o que ciudadanos bloqueadores impidan el paso de ambulancias y oxígeno destinados a hospitales. No es posible, tampoco, que estudiantes permanezcan más de cinco años en universidades financiadas con dinero público, ni que maestros pagados por la sociedad sean quienes promuevan el desorden y la violencia.
A escala menor, pero igualmente corrosiva, se ha normalizado pasarse semáforos en rojo, ensuciar baños públicos, dañar la jardinería y el ornato de las ciudades, pegar publicidad en cualquier pared y pagar coimas para “acelerar” trámites. Todo esto forma ya parte del paisaje cotidiano.
El problema de fondo es la ausencia de consecuencias. Cuando un ciudadano percibe que su conducta —buena o mala— no tiene ningún efecto sobre lo que recibe del Estado o del mercado, el incentivo para comportarse responsablemente desaparece. Hoy solo el sistema carcelario intenta corregir conductas, y todos sabemos que no ha bastado. No se trata de eliminar ese sistema, sino de complementarlo con uno que mida el comportamiento ciudadano de manera continua y transparente.
Los países desarrollados ya cuentan con instrumentos de este tipo. El Credit Score de Estados Unidos —conocido como FICO Score, con rango de 300 a 850 puntos— mide la confianza financiera de las personas y condiciona su acceso a créditos hipotecarios, tarjetas, seguros y empleos. Alemania tiene el SCHUFA, Australia el Equifax Australia, Chile el DICOM, Argentina el Veraz y Brasil el Serasa Score. Todos apuntan a lo mismo: visibilizar la reputación económica del ciudadano y vincularla a beneficios concretos. China va más lejos con su Sistema de Crédito Social, que incorpora además infracciones legales, conducta empresarial y comportamiento público, premiando a quienes cumplen y restringiendo a quienes incumplen el acceso a transporte, crédito y empleo público.
Estos mecanismos son útiles para sociedades que ya superaron las necesidades básicas de acceso a tierra y crédito. Bolivia, sin embargo, necesita algo más amplio: un Índice de Responsabilidad Ciudadana (IRC) que mida no solo el comportamiento financiero, sino también el cumplimiento de la ley, el respeto a los bienes públicos, la responsabilidad educativa, la convivencia social, la seguridad vial y la contribución comunitaria.
El IRC funcionaría en una escala de 0 a 1.000 puntos. Entre 900 y 1.000: ciudadano ejemplar. Entre 800 y 899: muy confiable. Entre 700 y 799: confiable. Entre 600 y 699: cumplimiento aceptable. Entre 500 y 599: riesgo moderado. Por debajo de 500: alto riesgo. Un puntaje alto abriría puertas: acceso preferente a créditos estatales, becas, vivienda social, programas de emprendimiento y reducción de requisitos de garantía. Un puntaje bajo las cerraría: sin coparticipación de recursos públicos, sin contratos con el Estado, sin acceso a beneficios financiados por todos.
El índice aplicaría también a instituciones. Un municipio que usa maquinaria pública para bloquear carreteras y luego reclama su cuota del IDH no puede seguir recibiendo ese trato preferencial. Una alcaldía responsable merece más recursos; una que financia el caos, menos. Lo mismo vale para maestros o médicos que paralizan servicios esenciales sin consecuencia: el sistema debe registrar ese comportamiento. Y, en sentido inverso, debe también reconocer a quienes desafían decisiones ilegítimas de sus gremios para cumplir con su deber —como los maestros que se negaron a acatar huelgas políticas—, porque hoy ese acto heroico no se traduce en ningún beneficio.
¿Quién implementaría el IRC? No el Estado directamente. El Estado debe proveer los datos —registros judiciales, educativos, tributarios, de infracciones viales— y garantizar la protección de la información personal. Pero la plataforma, la infraestructura de cámaras en semáforos y vías públicas, y el procesamiento de datos deben estar en manos del sector privado, bajo regulación pública estricta.
Es momento de ponerle valor al comportamiento ciudadano. Quienes construyen el país merecen los beneficios del Estado y del mercado. Quienes lo destruyen no pueden seguir accediendo a ellos como si nada hubiera pasado. El IRC no es una amenaza para el ciudadano responsable: es su mejor herramienta.
