By Oscar Antezana, El Dia:
In the previous article, we argued that Bolivia faces a structural problem: the absence of a clear economic strategy. This shortcoming is not new. It is reflected in a pattern the country has repeated for decades. From time to time, a resource emerges that promises to transform the economy. First it was silver, then tin, later natural gas. Today, lithium occupies that place in the national imagination. In each cycle, the expectation is similar: that this resource will allow the country to overcome its structural limitations.
However, historical evidence shows that these expectations rarely translate into sustained development. Countries do not develop because of what they have underground, but because of what they build on top of it; that is, their capacity to generate value, diversify their economy, and develop productive sectors. Bolivia does not lack resources. It possesses abundant natural wealth, exceptional biodiversity, and in many cases a privileged geography. The problem is not a lack of opportunities, but the absence of a strategy to turn those opportunities into development.
While the economic debate is focused on lithium, there are sectors where Bolivia already has clear advantages. Tourism is one of them. The country has some of the most spectacular landscapes in the world, yet it continues to receive fewer visitors than neighboring countries. This is not due to a lack of appeal, but to the absence of a strategy that integrates promotion, infrastructure, and services. Agroindustry is another example. Beyond the large production hubs, thousands of small producers grow coffee, cocoa, quinoa, and tropical fruits with high potential in international markets. However, these products rarely manage to fully position themselves in premium segments.
This reveals a deeper problem. Instead of defining which sectors to develop and how to do so, the economic debate tends to focus on specific opportunities or short-term circumstances. The country reacts to what appears, rather than building on what already exists. The result is an economy that depends on external cycles and recurring expectations, instead of a sustained productive strategy. Moreover, this approach generates a dangerous illusion: the idea that development will arrive automatically if the right resource is identified.
This lack of strategy translates into fragmented development, which constitutes a structural challenge. In addition to waiting for a miracle resource to make Bolivia progress, development has lately turned into a list of projects.
In recent years, Bolivia has promoted various infrastructure projects, accessed international financing, and identified new investment initiatives. These efforts are important and, in many cases, necessary. However, when viewed as a whole, an inevitable question arises: is all of this transforming the economy?
In previous articles, we noted that Bolivia lacks a clear economic strategy. One of the most visible consequences of this shortcoming is that development ends up reduced to a list of projects: roads, energy plants, water systems, urban infrastructure. Each project has its own logic, financing, and technical justification. But the sum of projects does not constitute a strategy. In practice, the economic agenda may end up being defined by the projects available—many of them financed by international organizations—rather than by a coherent productive vision. This creates a paradox: investment is made, construction takes place, but the economic structure changes very little.
Infrastructure is fundamental. Without it, there is no development. But on its own, it does not create new industries or generate sustained competitive advantages.
Tourism illustrates this point. Improving roads or airports facilitates access, but does not guarantee a significant increase in the number of visitors. International promotion, quality services, and coordination among stakeholders are needed. Agroindustry shows a similar pattern. Infrastructure facilitates transportation, but does not ensure access to international markets. That requires certifications, financing, export logistics, and technical assistance. When these elements are missing, infrastructure exists, but development does not take off. The problem is not a lack of investment, but a lack of coordination.
In the absence of a strategy, projects become ends in themselves, rather than means to transform the economy.
In the next article, we will address what kind of economy Bolivia could build if it chose to strategically invest in its true advantages.
Oscar Antezana Malpartida | Columnist
Por Oscar Antezana, El Dia:
En el artículo anterior planteamos que Bolivia enfrenta un problema estructural: la ausencia de una estrategia económica clara. Esta carencia no es nueva. Se manifiesta en un patrón que el país ha repetido durante décadas. Cada cierto tiempo, surge un recurso que promete transformar la economía. Primero fue la plata, luego el estaño, más tarde el gas natural. Hoy, el litio ocupa ese lugar en el imaginario nacional. En cada ciclo, la expectativa es similar: que ese recurso permita superar las limitaciones estructurales del país.
Sin embargo, la evidencia histórica muestra que estas expectativas rara vez se traducen en desarrollo sostenido. Los países no se desarrollan por lo que tienen en el subsuelo, sino por lo que construyen sobre él; es decir, por su capacidad de generar valor, diversificar su economía y desarrollar sectores productivos. Bolivia no carece de recursos. Posee abundante riqueza natural, biodiversidad excepcional y una geografía privilegiada en muchos casos. El problema no es la falta de oportunidades, sino la falta de una estrategia que permita convertir esas oportunidades en desarrollo.
Mientras el debate económico se concentra en el litio, existen sectores donde Bolivia ya tiene ventajas claras. El turismo es uno de ellos. El país cuenta con algunos de los paisajes más espectaculares del mundo, pero sigue recibiendo menos visitantes que países vecinos. Esto no responde a una falta de atractivo, sino a la ausencia de una estrategia que articule promoción, infraestructura y servicios. La agroindustria es otro ejemplo. Más allá de los grandes polos productivos, miles de pequeños productores cultivan café, cacao, quinua y frutas tropicales con alto potencial en mercados internacionales. Sin embargo, estos productos rara vez logran posicionarse plenamente en segmentos premium.
Esto revela un problema más profundo. En lugar de definir qué sectores desarrollar y cómo hacerlo, el debate económico tiende a centrarse en oportunidades específicas o coyunturas. Se reacciona a lo que aparece, en lugar de construir sobre lo que ya existe. El resultado es una economía que depende de ciclos externos y expectativas recurrentes, en lugar de una estrategia productiva sostenida. Además, este enfoque genera una ilusión peligrosa: la idea de que el desarrollo llegará automáticamente si se identifica el recurso adecuado.
Esta falta de estrategia se traduce en un desarrollo fragmentado, lo que constituye un desafío estructural. Además de esperar que un recurso milagro logre que Bolivia progrese, últimamente el desarrollo se ha convertido en una lista de proyectos.
En los últimos años, Bolivia ha impulsado diversos proyectos de infraestructura, ha accedido a financiamiento internacional y ha identificado nuevas iniciativas de inversión. Estos esfuerzos son importantes y, en muchos casos, necesarios. Sin embargo, cuando se observa el conjunto, surge una pregunta inevitable: ¿está todo esto transformando la economía?
En los artículos anteriores señalamos que Bolivia carece de una estrategia económica clara. Una de las consecuencias más visibles de esta carencia es que el desarrollo termina reducido a una lista de proyectos: carreteras, plantas energéticas, sistemas de agua, infraestructura urbana. Cada proyecto tiene su lógica, su financiamiento y su justificación técnica. Pero la suma de proyectos no constituye una estrategia. En la práctica, la agenda económica puede terminar definida por los proyectos disponibles —muchos de ellos financiados por organismos internacionales— en lugar de por una visión productiva coherente. Esto genera una paradoja: se invierte, se construye, pero la estructura económica cambia poco.
La infraestructura es fundamental. Sin ella, no hay desarrollo. Pero por sí sola no crea nuevas industrias ni genera ventajas competitivas sostenibles.
El turismo ilustra este punto. Mejorar carreteras o aeropuertos facilita el acceso, pero no garantiza un aumento significativo en el número de visitantes. Se necesita promoción internacional, calidad de servicios y coordinación entre actores. La agroindustria presenta un patrón similar. La infraestructura facilita el transporte, pero no asegura el acceso a mercados internacionales. Para ello se requieren certificaciones, financiamiento, logística exportadora y asistencia técnica. Cuando estos elementos faltan, la infraestructura existe, pero el desarrollo no despega. El problema no es la falta de inversión, sino la falta de articulación.
En ausencia de una estrategia, los proyectos se convierten en fines en sí mismos, en lugar de ser medios para transformar la economía.
En el siguiente artículo abordaremos qué tipo de economía podría construir Bolivia si decidiera apostar estratégicamente por sus verdaderas ventajas.
Oscar Antezana Malpartida | Columnista
