By Gonzalo Colque, Visión 360:
Víctor Paz, Luis Arce and the Gold Reserves
The president forged in the storms of 20th-century Bolivia faced the crisis with the conviction that touching the gold reserves meant not only mortgaging the country’s last economic lifeline but also committing a desperate act, one unworthy of the presidential office.
Víctor Paz Estenssoro returned to the presidency in 1985 with the gaze of a man who had seen too much in life—someone who had been both protagonist and witness to revolutions, coups d’état, booms, and recessions. Hyperinflation figures were so staggering they seemed made up. Prices rose every day, every hour, to the point that Hernán Siles ordered the printing of the highest-denomination bill ever seen in Bolivia: 10,000,000 pesos bolivianos.
Supreme Decree 21060 was drafted and signed with the urgency of a surgeon who, foreseeing a fatal outcome, undertakes a desperate operation. “Bolivia is dying,” Víctor Paz had declared. Among the approved measures was the monetization of half of the 28 tons of gold held by the Central Bank, as a last resort to preserve the nation.
But Paz Estenssoro, who had already known both glory and defeat, understood that if he touched the gold immediately, his legacy would be reduced to that of presidents who fail to reach the stature of a statesman, those who spend what the State does not have. Instead of mortgaging the future, he chose the path of hard work: liberalizing prices, cutting subsidies, and shutting down bankrupt state-owned companies. It was surgery without anesthesia, a brutal intervention that made the whole country bleed.
Despite the president’s determination to reject the easy, short-term fix, the shine of gold still seeped into the halls of the Palacio Quemado. Every outbreak of protest, every revolutionary roar of the miners, brought ministers sliding papers onto his desk, awaiting only his signature to unleash a gold rush and squander resources recklessly. Yet Paz Estenssoro, with the cold lucidity that defined him, chose again and again the hard path of fiscal discipline.
At the end of his four-year term, the 28 tons of gold remained intact in the Central Bank’s vaults. The storm had passed without Víctor Paz succumbing to the temptation of squandering strategic reserves. From the first day, he had dismissed “cosmetic measures” and bluntly announced a radical reform to redirect the economy. The gold bars did not vanish. They remained as silent witnesses of the obstinacy of an octogenarian leader who, in his final act, had, to paraphrase his historic speech, the moral courage to choose the lasting path, with its trail of sacrifices.
Two decades later, another man, with a different face, sat in the presidential chair. Luis Arce Catacora—hailed by many as the father of the “economic miracle” under Evo Morales’ government—inherited not 28, but 43 tons of gold. But far from emulating the prudence and sound practices of his predecessors, he leveraged his parliamentary majority to push through Law 1503, which opened the vaults to the monetization of the historic treasure. Once he signed the “gold law,” the Central Bank inaugurated a new cycle that could well be called the era of the state’s gold fever. In just four months, between May and August 2023, 21 tons were sold on the world market. Only the clause requiring a minimum of 22 tons prevented the reserves from being completely emptied.
But, true to their habit of spending what they do not have, Arce and his Central Bank operators chose to sustain their final year in power by pledging 8.4 tons of the minimum reserves. The express loans obtained—$828 million—wove an illusion of economic stability. Between January and August 2025, they pawned what they should not have, invoking a supposed legal power, a furtive clause slipped into the General State Budget Law to override Law 1670 of 1995. They deliberately ignored the constitutional ruling prohibiting a budget law from altering a permanent law.
Arce Catacora will go down in history as the president who squandered the most gold in Bolivia. Beyond the 21 tons sold and 8.4 pledged, he converted into currency another 28 tons purchased from small-scale gold cooperatives, under the pretext of “strengthening” international reserves. To finance this maneuver, the Central Bank had no qualms about turning on the money-printing press, a move that only worsened inflation and the loss of the national currency’s purchasing power. In total, in just three years, 57.4 tons of gold were monetized, at a voracious pace of 19 tons per year.
The contrast between Paz Estenssoro and Arce Catacora seems lifted from the pages of a magical realist novel. The president forged in the storms of 20th-century Bolivia faced the crisis with the conviction that touching the gold reserves meant not only mortgaging the country’s last economic lifeline but also committing a desperate act, one unworthy of the presidential office. By contrast, today’s ruler, entangled in archaic rhetoric, emptied the vaults with the lightness of one who tosses an undeserved inheritance to the wind.
Por Gonzalo Colque, Visión 360:
Víctor Paz, Luis Arce y las reservas de oro
El presidente forjado en las tormentas de la Bolivia del siglo XX, enfrentó la crisis con la convicción de que tocar las reservas de oro equivalía no solo a hipotecar el último sostén económico del país, sino a un acto desesperado, uno indigno de la investidura presidencial.
Víctor Paz Estenssoro regresó a la presidencia en 1985 con la mirada de quien había visto demasiado en la vida; de quien había sido protagonista y testigo de revoluciones, golpes de Estado, auges y recesiones. Las cifras de la hiperinflación eran tan descomunales que parecían inventadas. Los precios subían cada día, cada hora, tanto que Hernán Siles mandó imprimir el billete con más ceros jamás visto en Bolivia: $b.10.000.000 de pesos bolivianos.
El Decreto Supremo 21060 fue redactado y firmado con la premura de un cirujano que, presintiendo un desenlace fatal, se lanza a una operación desesperada. “Bolivia se nos muere”, había sentenciado de Víctor Paz. Entre las medidas aprobadas, estaba la monetización de la mitad de las 28 toneladas de oro custodiadas por el Banco Central como un último recurso para preservar la nación.
Pero Paz Estenssoro, que ya había conocido la gloria y la derrota, comprendió que si echaba mano al oro de inmediato, su legado quedaría reducido al que dejan los presidentes que no alcanzan la talla de estadista, de aquellos que gastan lo que el Estado no tiene. En vez de hipotecar el futuro, eligió el camino del trabajo duro: liberalizar los precios, recortar subsidios, cerrar empresas estatales en quiebra. Fue una cirugía sin anestesia, una intervención brutal que hizo sangrar a todo un país.
Pese a la determinación del mandatario de rechazar la salida fácil y efímera, el brillo del oro seguía infiltrándose en los pasillos y salones del Palacio Quemado. Cada estallido de protestas, cada rugido revolucionario de los mineros, hacía que sus ministros deslizaran sobre su escritorio papeles que solo esperaban su firma para desatar la fiebre del oro y derrochar a manos llenas. Pero Paz Estenssoro, con la fría lucidez que lo definía, elegía una y otra vez el duro camino de la disciplina fiscal.
Al concluir su mandato de cuatro años, las 28 toneladas de oro permanecieron intactas en las bóvedas del Banco Central. La tormenta había amainado sin que Víctor Paz sucumbiera a la tentación de dilapidar las reservas estratégicas. Desde el primer día, había desdeñado las “medidas cosméticas” y anunciado sin medias tintas una reforma radical para reencaminar la economía. Los lingotes de oro no se desvanecieron. Fueron testigos silenciosos de la obstinación de un mandatario octogenario que, en su último acto, tuvo, parafraseando su histórico discurso, el valor moral de elegir el camino perdurable con su secuela de sacrificios.
Dos décadas después, otro hombre, con otro rostro, se sentó en el sillón presidencial. Luis Arce Catacora —aclamado por muchos como el padre del “milagro económico” bajo el gobierno de Evo Morales— heredó no 28, sino 43 toneladas de oro. Pero lejos de emular la prudencia y buenas prácticas de sus predecesores, aprovechó su mayoría parlamentaria para impulsar la Ley 1503, que abrió las bóvedas a la monetización del tesoro histórico. En cuanto estampó su firma en la “ley del oro”, el Banco Central inauguró un nuevo ciclo que bien podría llamarse la era de la fiebre estatal del oro. En tan solo cuatro meses, entre mayo y agosto de 2023, 21 toneladas fueron vendidas en el mercado mundial. Solo la cláusula que obliga a mantener un mínimo de 22 toneladas, contuvo las intenciones de vaciar por completo las reservas.
Pero, leales a su costumbre de gastar lo que no se tiene, Arce y sus operadores del Banco Central optaron por sostener su último año en el poder empeñando 8,4 toneladas de las reservas mínimas. Los préstamos exprés obtenidos, 828 millones de dólares, tejieron una ilusión de estabilidad económica. Entre enero y agosto de 2025, pignoraron lo que no debían, amparándose en una supuesta facultad legal, una cláusula furtiva deslizada en la Ley del Presupuesto General del Estado (PGE) para torcer la Ley 1670 de 1995. Ignoraron deliberadamente la sentencia constitucional que veta a una ley presupuestaria competencias para modificar una ley permanente.
Arce Catacora pasará a la historia como el presidente que más oro dilapidó en Bolivia. Aparte de las 21 toneladas vendidas y 8,4 empeñadas, convirtió en divisas otras 28 toneladas adquiridas a los cooperativistas auríferos, bajo el pretexto de “fortalecer” las reservas internacionales. Para financiar esta jugada, el Banco Central no dudó en encender la impresora de billetes, un hecho que acabó agravando la inflación y la pérdida del poder adquisitivo de la moneda nacional. En total, en apenas tres años, 57,4 toneladas de oro fueron monetizadas, a un ritmo voraz de 19 toneladas por año.
El contraste entre Paz Estenssoro y Arce Catacora parece extraído de las páginas de una novela de realismo mágico. El presidente forjado en las tormentas de la Bolivia del siglo XX, enfrentó la crisis con la convicción de que tocar las reservas de oro equivalía no solo a hipotecar el último sostén económico del país, sino a un acto desesperado, uno indigno de la investidura presidencial. En cambio, el gobernante de este tiempo, enredado en retóricas arcaicas, vació las bóvedas con la ligereza de quien arroja al viento una herencia inmerecida.
https://www.vision360.bo/noticias/2025/09/11/31387-victor-paz-luis-arce-y-las-reservas-de-oro
