By Bolivian Thoughts:
Across the West, the so-called “woke” and progressive wave has flooded universities, media, and politics. It sells itself as a noble crusade for justice and equality but leaves behind division, moral confusion, and the destruction of shared values. Under its banner of “inclusion,” it imposes rigid dogmas where disagreement is treated as heresy and truth is subordinated to feelings. Western civilization—and Bolivia within it—was built on a Christian moral foundation, respect for truth, and the belief that our identity is anchored in something greater than ourselves. These pillars are now under coordinated assault, replaced by the shifting sands of ideological fashion.
In Bolivia, the woke/progre agenda didn’t just drift in on the cultural winds—it was actively imported, subsidized, and weaponized by the socialist-populist elite. Populist leftist “intellectuals,” ego-driven and detached from real productivity, along with militant social groups—many living off narco profits and political patronage—use Cuban and Venezuelan propaganda manuals to rewrite our values. They preach “decolonization” while wearing imported brands, demand “indigenous justice” while sending their children to private schools, and speak of “defending nature” while protecting coca cultivation that feeds the cocaine trade. Their aim is not genuine social progress but the consolidation of political control. They mask their agenda in slogans about “diversity” and “rights” while pushing resentment, rewriting history, and undermining the moral anchors that have held Bolivian society together for generations.
Their prime targets are millennials and Gen Z, raised in an education system now riddled with ideological indoctrination and media narratives designed to keep them dependent, outraged, and politically obedient. The results are visible: university graduates who cannot pass basic competency tests in their field, activist leaders who can recite Marxist slogans but cannot manage a small business, and “influencers” paid by NGOs to repeat campaign talking points as if they were grassroots demands. In universities, dissent is punished, emotional theatrics replace reason, and merit is sacrificed at the altar of quotas. This is no accident—it is a deliberate strategy to create a population that won’t challenge authority.
The damage is compounded by the regime in power. Bolivia is already suffocating under a corrupt populist machine that shields narcotrafficking, erodes institutions, and rewards loyalty over competence. Now that same regime has eagerly adopted woke/progre posturing—not to solve inequality or injustice, but to disguise their failures under a new coat of “modern activism.” It’s pure ideological theater: empty gestures of progressivism masking the same old authoritarianism. And the political leftist parties and NGOs aligned with the ruling movement are nothing less than ideological factories, producing loyal cadres trained to parrot Havana’s and Caracas’s slogans, while their “social justice” projects vanish without measurable results.
This Sunday’s elections are not just about ballots and candidates. They are about deciding whether Bolivia will keep sliding into this imported ideological swamp or reclaim the moral clarity that once guided us. Around the world, citizens are waking up to the dangers of woke/progre excess. In Bolivia, we must do the same. The choice is stark: defend our Western values—faith, family, truth, and personal responsibility—or allow the narco-funded socialist-populist demagogue machine to turn our country into a stranger in its own land.
Courage over comfort. Truth over fashion. This is the line we must draw—before it’s too late.
Por Pensamientos Bolivianos:
En todo Occidente, la llamada ola “woke” y progresista ha inundado universidades, medios y política. Se vende como una noble cruzada por la justicia y la igualdad, pero deja tras de sí división, confusión moral y destrucción de valores compartidos. Bajo la bandera de la “inclusión” impone dogmas rígidos, donde discrepar es herejía y la verdad se subordina a los sentimientos. La civilización occidental —y Bolivia dentro de ella— se construyó sobre una base moral cristiana, respeto por la verdad y la convicción de que nuestra identidad se ancla en algo más grande que nosotros mismos. Hoy esos pilares están bajo un asalto coordinado, reemplazados por las arenas movedizas de la moda ideológica.
En Bolivia, la agenda woke/progre no llegó por simple influencia cultural: fue activamente importada, subsidiada y utilizada como arma por la élite socialista-populista. “Intelectuales” de izquierda populista —egocéntricos y desvinculados de la productividad real—, junto con grupos sociales militantes, muchos financiados con ganancias del narcotráfico y el clientelismo político, aplican manuales de propaganda cubanos y venezolanos para reescribir nuestros valores. Predican “descolonización” mientras visten marcas importadas, exigen “justicia indígena” mientras envían a sus hijos a colegios privados y hablan de “defender la naturaleza” mientras protegen el cultivo de coca que alimenta el narcotráfico. Su objetivo no es el progreso social genuino, sino consolidar el control político. Encubren su agenda con consignas sobre “diversidad” y “derechos”, mientras siembran resentimiento, reescriben la historia y socavan los anclajes morales que han sostenido a la sociedad boliviana por generaciones.
Sus principales blancos son los millennials y la Generación Z, formados en un sistema educativo plagado de adoctrinamiento ideológico y narrativas mediáticas diseñadas para mantenerlos dependientes, indignados y obedientes políticamente. Los resultados son visibles: egresados universitarios que no superan pruebas básicas de competencia en su área; líderes activistas que repiten consignas marxistas pero no pueden administrar un pequeño negocio; e “influencers” pagados por ONG para repetir guiones de campaña como si fueran demandas populares. En las universidades, la disidencia se castiga, el espectáculo emocional sustituye a la razón y el mérito se sacrifica en el altar de las cuotas. Nada de esto es casual: es una estrategia deliberada para crear una población que no desafíe a la autoridad.
El daño se agrava con el régimen en el poder. Bolivia ya asfixia bajo una maquinaria populista corrupta que protege al narcotráfico, erosiona las instituciones y premia la lealtad sobre la competencia. Ahora ese mismo régimen adopta con entusiasmo la pose woke/progre, no para resolver la desigualdad o la injusticia, sino para encubrir sus fracasos con una capa de “activismo moderno”. Es puro teatro ideológico: gestos vacíos de progresismo que esconden el mismo autoritarismo de siempre. Los partidos de izquierda y las ONG alineadas con el oficialismo son fábricas ideológicas que producen cuadros leales, entrenados para repetir los eslóganes de La Habana y Caracas, mientras sus proyectos de “justicia social” desaparecen sin resultados medibles.
Las elecciones de este domingo no son solo sobre papeletas y candidatos. Se trata de decidir si Bolivia seguirá hundiéndose en este pantano ideológico importado o recuperará la claridad moral que alguna vez la guió. En todo el mundo, los ciudadanos están despertando ante los excesos woke/progres. En Bolivia debemos hacer lo mismo. La disyuntiva es clara: defender nuestros valores occidentales —fe, familia, verdad y responsabilidad personal— o permitir que la maquinaria socialista-populista financiada por el narco convierta al país en un extraño en su propia tierra.
Coraje antes que comodidad. Verdad antes que moda. Ésta es la línea que debemos trazar… antes de que sea demasiado tarde.
