By Antonio Saravia, Vision 360:
As we can see, we are the eternal bottom-dweller, but we had opportunities when we embraced liberal programs.
Last week, Peruvian President Dina Boluarte sparked outrage in Bolivia when she declared in her Independence Day speech that Bolivia, like Cuba and Venezuela, was a “failed” state. A reckless comment coming from a head of state, especially from Peru—a neighboring, friendly, and allied country with which we share a common history.
But like any painful insult, Boluarte’s remark hit a nerve because, silently and secretly, we all ask ourselves if, deep down, she might be right. Are we a “failed state”? How does one measure the success or failure of a nation? A tough question, of course, but I would suggest that a country’s success is measured by the opportunities each generation leaves for the next. A country is successful—alive as a collective project—when its youth feel they can pursue happiness within it. Has Bolivia been able to inspire hope and dreams in its younger generations? I’m afraid not. Yes, there have been exceptional periods in our history when we believed our children had a promising future. But generally, if we’re being honest, we’ve always hoped they would leave to find elsewhere what the country couldn’t offer.
Bolivia has almost always been the poorest country in the region. And rather than narrowing the gap with our neighbors, the distance has grown; relatively speaking, we are increasingly poorer. I say “almost always” because there was a time when we surpassed several regional countries. Indeed, the Maddison Project—widely used by economists and historians—shows that between 1890 and 1918, Bolivia’s per capita GDP was higher than that of Peru (take note, President Boluarte!), Colombia, Ecuador, Brazil, and Paraguay. What a coincidence that this superiority aligns almost perfectly with the liberal period of our history, right? Our per capita GDP was higher than Colombia’s until 1927, Ecuador’s until 1951, Brazil’s until 1958, and Paraguay’s until 1978. After that, we’ve always been dead last in the neighborhood. Paraguay, which typically shared the bottom ranks with us, has pulled far ahead in recent decades. Not to mention the rest. Even after the profound collapses of Venezuela and Argentina, Bolivia remains—by far—the Cinderella of the region.
There were some attempts to reverse our misfortune. The most notable was the period starting in 1985, when Dr. Paz stabilized the economy and stopped the hyperinflation that was making us—if not a failed state—certainly one in open destruction. From then and over the next couple of decades, Bolivia embarked on a liberal process that, though timid, had the great virtue of building institutions that pointed to a viable nation based on dialogue and democratic agreements. The Heritage Foundation’s Economic Freedom Index (EFI) began publication in 1995. That year, Bolivia scored 56.8—just below the world average of 57.6—ranking 56th out of 101 countries. From then on, our score steadily improved, staying above the global average for nine consecutive years (1996 to 2004). Our peak came in 1998 when we reached 68.8 (with the global average at 57.2), ranking 25th out of 155 countries! Our EFI remained stable until 2004 and could have started bearing fruit. But from then on, it plummeted. What else could be expected from the MAS government? The result: we now rank 165th out of 176 countries.
As we can see, we are the eternal underdog—but we had opportunities when we embraced liberal programs. Since we’ve mostly strayed from them, our fate has been different. The last twenty years are a textbook case of self-destruction. So how do we recover faith in our future? How do we leave a better country for future generations? I’m sorry, but at this point, we can’t do either with niceties and wishful thinking. Even if it looks like MAS (the criminal gang that hijacked the country and its institutions, and wrecked our economy to the point of being seen as a failed state) is divided and weakened, we cannot naively believe they’ll give up power democratically. Our country has been taken over by narco interests and 21st Century Socialism. These people have one goal: to keep us impoverished in order to stay in power. These are not “political opponents”—they are enemies. And with enemies, you don’t debate—you fight.
Yes, I’m not exaggerating: Bolivia’s future and its next 200 years depend on how we fight this war on many fronts. It’s a battle between good (those who believe in the dignity of the individual within a Republic) and evil (those who want to impose a “Plurinational State” and its socialist paradigm). This is not just a war of economic ideas or political models—it is, at its core, a moral war. As we celebrate our bicentennial, we must realize what is at stake. Either we fight for individual dignity against collectivist statism, or we’ll watch our neighbors pass us by for another 200 years.
Por Antonio Saravia, Vision 360:
Como vemos, somos el eterno colero, pero tuvimos oportunidades cuando abrazamos programas liberales.
La presidenta del Perú, Dina Boluarte, levantó ronchas en el país la semana pasada cuando en su discurso de fiestas patrias afirmó que, al igual que Cuba y Venezuela, Bolivia era un país “fallido.” Un comentario desatinado viniendo de una mandataria de Estado, por supuesto, y nada menos que del Perú, un país vecino, amigo y aliado con el que compartimos historia en común.
Pero como toda afronta que duele, el comentario de Boluarte levantó ronchas porque, en silencio y en secreto, todos nos preguntamos si en el fondo tenía razón. ¿Somos un país “fallido”? ¿Cómo se mide el éxito o el fracaso de una nación? Difícil pregunta, claro, pero me animo a proponer que el éxito de un país se mide por el conjunto de oportunidades que cada generación le deja a la siguiente. Un país es exitoso florece y está vivo como proyecto colectivo si sus jóvenes sienten que es posible perseguir su felicidad en él. ¿Ha sido Bolivia capaz de despertar la ilusión y la esperanza de sus nuevas generaciones? Me temo que no. Sí, por supuesto que ha habido períodos excepcionales en nuestra historia en los que hemos visto que el futuro de nuestros hijos era prometedor, pero, en general, y si somos sinceros, siempre hemos deseado que se vayan y busquen afuera lo que el país no les podía ofrecer.
Bolivia ha sido casi siempre el país más pobre de la región y lejos de acortar las distancias con nuestros vecinos, estas se acentúan con el tiempo y somos, en términos relativos, cada vez más pobres. Y digo “casi siempre” porque tuvimos una época en la que superábamos a varios países de la región. En efecto, la serie estadística de Madisson, la más consultada por economistas e historiadores, muestra que desde 1890 hasta 1918 nuestro PIB per cápita era superior a los de Perú (¡atenta presidenta Boluarte!), Colombia, Ecuador, Brasil y Paraguay. ¿Qué casualidad que esta superioridad coincida casi perfectamente con el período liberal de nuestra historia, no? Nuestro PIB per cápita fue superior al de Colombia hasta 1927, al de Ecuador hasta 1951, al de Brasil hasta 1958 y al de Paraguay hasta 1978. A partir de ese año, sin embargo, estuvimos siempre en el último puesto en el vecindario. Paraguay, el país que típicamente comparte los últimos lugares con nosotros, se nos ha alejado a pasos agigantados en las últimas décadas. Ni que decir del resto. Aun después de las profundas debacles de Venezuela y Argentina, Bolivia sigue siendo, y por mucho, la cenicienta de la región.
Hubo algunos intentos por revertir nuestra desdicha. El más destacado fue el período que empezó en 1985, cuando el Dr. Paz estabilizó nuestra economía y frenó la hiperinflación que nos hacía, sino un país fallido, ciertamente un país en franca destrucción. A partir de ese año y durante un par de décadas el país se embarcó en un proceso liberal que, aunque tímido, tuvo la gran virtud de generar una institucionalidad que permitía avizorar un país viable basado en diálogo y pactos democráticos. El Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation (ILE) se empezó a publicar en 1995 y ese año el índice del país fue de 56,8 cuando el promedio mundial estaba en 57,6. Bolivia ocupó ese año el puesto 56 entre 101 naciones. Pero a partir de ese año nuestro índice empezó a subir situándose por encima del promedio global por nueve años consecutivos (de 1996 a 2004). Alcanzamos nuestro índice más alto en 1998 cuando llegamos a 68,8 cuando el promedio mundial era 57,2. ¡Ese año estuvimos en el puesto 25 entre 155 países! Nuestro ILE se mantuvo más o menos constante hasta el 2004 y esa constancia podría haber empezado a dar frutos, pero a partir de ese momento nos fuimos hacia abajo y en picada. ¿Qué más se podría haber esperado del gobierno del MAS? Así nos fue y hoy estamos en el puesto 165 de 176 países.
Como vemos, somos el eterno colero, pero tuvimos oportunidades cuando abrazamos programas liberales. Dado, sin embargo, que casi siempre nos apartamos de ellos, nuestro destino fue otro. Los últimos veinte años han sido un claro ejemplo de vocación autodestructiva. ¿Cómo recuperamos, entonces, la fe en nuestro propio destino? ¿Cómo hacemos para dejarle un mejor país a las futuras generaciones? Lamento no dar la otra mejilla, pero a estas alturas no podremos hacer ni una cosa ni la otra con remilgos y buenismos. Aunque parezca que el MAS (la banda de criminales que se ha apropiado del país y sus instituciones y ha destrozado nuestra economía a tal punto de que se nos vea como un país fallido) esté dividido y debilitado, no podemos ceder a la ingenuidad de pensar que soltarán el poder, así como así, de forma democrática. Nuestro país ha sido tomado por el narco y el Socialismo del Siglo XXI y esta gente tiene un solo objetivo: empobrecernos para seguir en el poder. Estos señores no son, por lo tanto, “adversarios políticos,” sino enemigos, y con los enemigos no se debate, con los enemigos se combate.
Sí, no exagero, el futuro de Bolivia y sus próximos 200 años dependen de como libremos una guerra en muchos frentes. Una lucha entre el bien (los que creemos en la dignidad del individuo como parte de una República) y el mal (los que quieren imponer un “Estado Plurinacional” y su paradigma socialista). Esta no es una guerra solo de ideas económicas o de paradigmas políticos, es, en esencia, una guerra moral. Al celebrar nuestro bicentenario tomemos conciencia de lo que nos estamos jugando. O peleamos por la dignidad individual contra el estatismo colectivista, o miraremos a nuestros vecinos pasar de largo 200 años más.
https://www.vision360.bo/noticias/2025/08/04/29382-la-guerra-del-bicentenario
