By Francesco Zaratti:
MAS governments, under Evo and Lucho, not only impose a stale and failed ideology but also engage in disastrous business practices that result in astronomical losses for their idolized state.
This is glaringly evident in the energy sector. As even the stones in Bolivia know, we import 50% of the gasoline we consume at high prices and resell it cheaply, thanks to subsidies. The other 50% is paid to producers at half the international price. This “business” of buying high and selling low explains the foreign currency deficit and the collapse of the hydrocarbons sector, while inflation keeps rising, disproving the government’s excuses for maintaining subsidies.
On top of that, we sell cheap to buy expensive. The foreign currency earned from gas exports to Brazil doesn’t cover the cost of the fuels we import. This raises a valid question: is it good business to keep exporting gas to import gasoline?
Gas and gasoline are both forms of energy, the economy’s lifeblood. When chicken runs out, it can be replaced with beef or fish. Faced with a shortage of liquid fuels, the logical move would be to reduce demand by replacing them with alternative fuels. However, the government opts for costly stopgaps like biofuels instead of promoting real solutions.
We’ve long proposed two structural solutions to the liquid fuel shortage. The first, medium- and long-term, involves decisively promoting energy transition, with electromobility as a cornerstone. This requires more than just eliminating import tariffs—it demands a comprehensive financial, technical, infrastructural, and legal program to assure users they can safely switch from gasoline-powered to electric cars, leveraging Bolivia’s abundant solar and hydro resources.
The second, short- and medium-term solution is converting as many gasoline-powered vehicles as possible to Natural Gas Vehicles (NGV). The harmful business of exporting gas to import gasoline should transform into the virtuous cycle of reducing gasoline imports by utilizing gas domestically.
In numbers, one cubic meter of gas (cm) is roughly equivalent in energy to a liter of gasoline. Exporting one cm of gas brings in $0.25, based on Brazil’s current payment of $6.5/MMBtu, while importing one liter of gasoline costs four times as much! This is the state oil company YPFB’s terrible business model—though some suspect the arrangement isn’t as bad for certain executives and their allies.
The immediate solution is to stop exporting the gas volume needed to convert vehicles to NGV, starting with public transportation, to protect the economy of the most frequent users. The million-dollar question: how?
It’s time to abandon rigid statism, embrace the conceptual shift (yet to be realized) of allowing free fuel imports, and facilitate investment and entrepreneurial vision from YPFB, incentivizing NGV supply.
Feasible business models already exist to convert thousands of cars to NGV using creative financing mechanisms. This would result in substantial foreign currency savings, the painless removal of subsidies, and the elimination of profits for those exploiting the fuel crisis.
What’s compelling about these business models is their viability even if Bolivia were to import gas—a possibility not far off if the current unsustainable energy policy continues.
Por Francesco Zaratti:
Los gobiernos del MAS, con Evo y con Lucho, además de imponer una ideología rancia y fracasada, están haciendo pésimos negocios, que conllevan pérdidas astronómicas para su endiosado Estado.
Lo afirmado es evidente en el sector de la energía. Como hasta las piedras en Bolivia saben, importamos caro el 50% de la gasolina que consumimos y lo revendemos barato, subsidio mediante; mientras el otro 50% lo remuneramos a los productores a la mitad del precio internacional. Ese “negocio” de comprar caro y vender barato explica el déficit de divisas y el colapso del sector de los hidrocarburos, mientras la inflación continúa a trepar, desmintiendo las excusas del gobierno por no eliminar el subsidio.
No solo eso, sino que además vendemos barato para comprar caro. En efecto, las divisas de la exportación del gas al Brasil no alcanzan para comprar los combustibles que consumimos. Pues, es lícito preguntarse si es un buen negocio seguir exportando gas para importar gasolina.
El gas y la gasolina son, en el fondo, energía, que es el alimento de la economía: cuando escasea el pollo, se lo reemplaza con carne de res o con pescado. Ante la escasez de carburantes líquidos lo lógico sería bajar la demanda, reemplazándolos con otros combustibles. Ahora bien, el gobierno hace exactamente lo contrario, cuando opta por acudir a parches caros, como los agrocombustibles, en lugar de promover soluciones reales.
Desde hace tiempo hemos insistido en dos soluciones estructurales para la escasez de carburantes líquidos. La primera es a mediano y largo alcance: impulsar con decisión la transición energética, uno de cuyos pilares es la electromovilidad. No se trata solo de eliminar aranceles aduaneros, sino de construir todo un programa financiero, técnico, infraestructural y jurídico que dé al usuario seguridad para reemplazar su coche a gasolina con uno eléctrico, aprovechando las fuentes solares e hídricas, abundantes en nuestro país.
La otra solución estructural, a corto y mediano plazo, es convertir a GNV (Gas Natural Vehicular) la mayor cantidad de autos a gasolina. El negocio vicioso de exportar gas para comprar gasolina debe convertirse en el negocio virtuoso de dejar de importar gasolina, gracias al gas.
En términos numéricos, un metro cúbico de gas (mc) es aproximadamente equivalente en energía a un litro de gasolina, pero exportar un mc de gas nos reporta 0,25 dólares en bruto, al precio de 6,5 $/MMBtu que paga actualmente Brasil, mientras importar un litro de gasolina nos cuesta ¡cuatro veces más! Este es el pésimo negocio de la empresa estatal YPFB, aunque hay sospechas de que ese negocio no es tan malo para algunos de sus ejecutivos y apadrinados.
Por tanto, la solución inmediata es dejar de exportar el volumen de gas necesario para convertir a GNV el mayor número de coches, empezando por el transporte público, para no afectar la economía de los que más lo usan. La pregunta del millón es: ¿Cómo hacerlo?
Es el momento de dejar de lado el estatismo secante, asumir el mismo cambio conceptual (todavía no concretado) de autorizar la libre importación de combustibles y facilitar por parte de YPFB la inversión y la visión empresarial, garantizando con incentivos el suministro de GNV.
Ya existen modelos de negocio factibles para convertir miles de coches a GNV, con mecanismos creativos de financiamiento. El resultado será un ahorro sustantivo de divisas, la supresión “indolora” del subsidio y un corte de uñas de los que han estado (y siguen) enriqueciéndose con la crisis de los combustibles.
Lo interesante de esos modelos de negocio es que funcionan incluso si hubiera que importar gas, una posibilidad no tan lejana de continuar la insana política energética actual.
https://fzaratti.blog/2024/12/07/vender-barato-para-comprar-caro/
