Bolivia gira a la derecha, pero su legado socialista persistirá | Bolivia shifts to the right, but its socialist legacy will linger

Por Christopher Sabatini, Chatham House:

Los votantes bolivianos pusieron fin a dos décadas de dominio izquierdista. Sin embargo, la herencia del expresidente Evo Morales y de su base organizada seguirá proyectando una larga sombra.

Imagen — Una mujer junto a un kiosco con portadas sobre las elecciones presidenciales en La Paz, el 18 de agosto de 2025. Foto: JORGE BERNAL/AFP vía Getty Images.

El 17 de agosto, los votantes rechazaron de forma masiva al otrora poderoso Movimiento al Socialismo (MAS) tras casi 20 años en el poder. En los 2000, el MAS y su fundador Evo Morales, exlíder cocalero, fueron símbolo de una nueva era de inclusión política para indígenas y pobres en América Latina. Para otros, representaban una ola de autócratas de izquierda radical.

Pero tras dos décadas de concentración de poder personal, escándalos y colapso económico, los bolivianos quieren cambio. Los candidatos que pasan a la segunda vuelta del 19 de octubre son el senador de centroderecha Rodrigo Paz y el conservador expresidente interino (2001-02) Jorge “Tuto” Quiroga, viejo opositor del MAS. 

Los dos candidatos presidenciales que pasarán a la segunda vuelta electoral el 19 de octubre son el senador de centroderecha Rodrigo Paz y el ex presidente interino conservador Jorge ‘Tuto’ Quiroga.

El candidato masista Eduardo del Castillo apenas obtuvo un 3% de votos, y en el Congreso el partido solo logró un escaño. Queda la incógnita sobre el legado del MAS: lo positivo —dar voz política a los indígenas— y lo negativo —el culto a la personalidad de Morales, la polarización y la crisis económica.

Más aún, surge qué significará esta derrota para los regímenes izquierdistas y autoritarios de la región —en Cuba, Nicaragua y Venezuela— y para la relación estrecha de Bolivia con China.

El pasado no es precedente

Hace dos décadas, el MAS parecía casi invencible. Su fundador, Morales, fue elegido presidente y el partido obtuvo representación en el Congreso. Morales, un aymara indígena, se convirtió en el nuevo rostro de lo que muchos consideraban un sistema partidario más inclusivo y representativo en un país de mayoría indígena. Dos años después de su elección, convocó a una Asamblea Constituyente que reescribió la Constitución para reflejar el nuevo equilibrio popular y político. Entre los cambios figuraron la elección popular de todos los jueces, nuevos derechos para las poblaciones indígenas y afrodescendientes, y un nuevo nombre para el país: Estado Plurinacional de Bolivia.

Pero en 2025 los bolivianos estaban hartos. Según una encuesta preelectoral, más del 93% de los votantes creía que la situación del país era mala o muy mala. No es difícil entender por qué. La economía boliviana había experimentado un auge poco después de la toma de posesión de Morales en 2006, impulsado por el alza de los precios de las materias primas. El país se benefició especialmente del repunte global de los precios del gas natural, recurso del que posee abundantes reservas.

A los 100 días de su gobierno, Morales nacionalizó la industria de hidrocarburos. Al principio, las ganancias extraordinarias de las exportaciones de gas se destinaron a programas sociales que redujeron la pobreza y abarataron la energía y los alimentos mediante subsidios generales.

En medio del auge mundial de los hidrocarburos, ni siquiera la repentina expropiación de los yacimientos gasíferos desalentó la inversión. Pero, en una historia repetida, los precios del gas cayeron cuando aparecieron nuevos yacimientos en otros lugares, y la empresa estatal fracasó en invertir para mantener la producción y ahorrar.

Para 2024, la economía apenas crecía poco más del 1%. Hoy, las reservas del Banco Central están casi agotadas, la inflación alcanzó el 23% en junio y el país se ha visto obligado a importar combustibles. Esto provocó escasez de carburantes y un alza descontrolada en los precios de los alimentos, lo que ha vuelto inalcanzables los productos básicos para muchos ciudadanos.

Los retos del nuevo presidente

Más allá de la herencia del fracaso económico, quien gane la segunda vuelta del 19 de octubre tendrá que enfrentar la resaca del culto a la personalidad de Morales y la lealtad de su base. Inhabilitado para postularse y refugiado en un reducto selvático para evitar un arresto por violación de menores, Morales llamó a sus seguidores a anular sus votos el 17 de agosto en un intento de deslegitimar la elección. Aunque los votos nulos solo alcanzaron cerca del 19%, menos que lo obtenido por los dos finalistas, fue otra muestra de la política de tierra arrasada y movilización callejera del exmandatario.

También es una advertencia hacia el futuro. Pese a su enorme pérdida de popularidad en las urnas, ni el expresidente ni su partido probablemente se queden al margen por mucho tiempo.

En los 20 años desde que alcanzó notoriedad, Morales, de 65 años, ha utilizado todos los medios posibles para permanecer cerca del poder: protestas callejeras, una reforma constitucional, intentos de fraude electoral y el mencionado esfuerzo por deslegitimar comicios en los que tenía prohibido participar.

Su amplio legado personal puede estar muy deteriorado, pero mantiene una base leal de seguidores, muchos de los cuales defienden su refugio en caso de que la policía intente arrestarlo.

Sea Paz o Quiroga quien asuma en noviembre, el nuevo presidente enfrentará múltiples desafíos. Probablemente tendrá que negociar con el FMI para restablecer la liquidez del Banco Central, lo que implicará recortes en el gasto público, incluidos los generosos programas sociales y subsidios del MAS.

Ambos contarán con el respaldo de un bloque centrista relativamente amplio en la Cámara de Diputados. Esto permitirá acelerar políticas como otorgar concesiones largamente esperadas para la explotación de las ricas reservas de litio a inversionistas occidentales, en lugar de los chinos y rusos que inicialmente tuvieron acceso preferencial pero que no han logrado iniciar una producción significativa. Estas inversiones podrían eventualmente aliviar el inevitable ajuste fiscal.

El giro a la derecha también significará cambios en la política exterior y en las relaciones internacionales de Bolivia. Los aliados regionales del MAS, como Venezuela y Cuba, difícilmente se quedarán de brazos cruzados ante la desaparición de su socio socialista. Lo mismo ocurrirá con China.

Tanto Paz como Quiroga han manifestado su intención de mejorar las relaciones con Estados Unidos, que bajo Morales fueron, en el mejor de los casos, frías, después de que expulsara a la DEA del país. Pero un acercamiento a la Casa Blanca traerá consigo presiones para reducir los vínculos económicos y diplomáticos con Pekín.

En medio de todo ello, Morales seguirá al acecho. Puede estar derrotado y debilitado, pero aún tiene la capacidad de movilizar a la calle. El apoyo electoral, o su ausencia, nunca fue central para él. Aunque llegó al poder mediante elecciones, nunca se sintió limitado por ellas. A pesar de los análisis celebratorios que marcan estas elecciones como el fin del MAS y de su socialismo a la boliviana, conviene mantener cierta cautela.

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