¿Y ahora Qué? | Now What?

Por Pensamientos Bolivianos:

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¿Qué sigue, Bolivia? El silenciamiento de los liberales clásicos Dunn y Saravia y la lucha por un país al borde del abismo

Ayer, Bolivia perdió a dos de sus figuras políticas más prometedoras—no en las urnas, sino ante la oscura maquinaria de un sistema electoral corrompido. Jaime Dunn, economista respetado y liberal clásico convencido, fue impedido incluso de registrar su candidatura presidencial. El órgano electoral, capturado por intereses políticos, le impuso requisitos más estrictos y punitivos que a otros. Un ejemplo flagrante de sesgo institucional.

Antonio Saravia, quien había anunciado su candidatura a la vicepresidencia, tomó un camino distinto pero igual de doloroso: renunció. Su compañero de fórmula presidencial sostenía un discurso político incompatible con los valores del liberalismo clásico. En lugar de ceder, Saravia eligió la integridad.

Esto no se trata solo de dos hombres excluidos de una elección. Se trata de la eliminación sistemática de ideas que amenazan al orden corrupto. Bolivia está en manos de demagogos—estatistas, populistas y cada vez más autoritarios. El Movimiento Al Socialismo (MAS) y sus múltiples satélites, incluyendo a supuestos “opositores” que juegan bajo las mismas reglas populistas, temen a una alternativa real: una visión basada en el Estado de derecho, el gobierno limitado, la libertad económica y la responsabilidad moral.

Eso es precisamente lo que representa el liberalismo clásico. Un liberal clásico cree en la supremacía de la libertad individual, en instituciones sujetas a la ley—no a personalidades o facciones—y en una economía de mercado donde la prosperidad se construye, no se reparte como prebenda. Es una doctrina de responsabilidad, no de dependencia; de ley, no de poder. Es el antídoto contra la enfermedad populista que ha podrido la política boliviana, colapsado su economía y erosionado su brújula moral.

Dunn y Saravia ofrecían un retorno a esa doctrina—no con eslóganes, sino con propuestas bien fundamentadas y con el ejemplo personal. Y por eso mismo fueron frenados.

Seamos claros: hoy Bolivia no es una democracia funcional. Es un régimen híbrido donde el sistema judicial obedece a sus amos políticos, donde el tribunal electoral manipula las reglas del juego, y donde el narcotráfico ha permeado las instituciones a todos los niveles. La región del Chapare es una zona sin ley—efectivamente un mini narcoestado—donde hace mucho el imperio de la ley fue reemplazado por el imperio de la coca.

Detrás de este desastre interno, también operan presiones internacionales. Desde La Habana hasta Caracas, pasando por mecanismos como el Foro de São Paulo y el llamado Socialismo del Siglo XXI, Bolivia se ha convertido en un peón dentro de un juego ideológico más amplio. Estos regímenes no temen a las elecciones—temen a las ideas. A la idea de que una sociedad libre puede gobernarse a sí misma, sin caudillos ni dogmas colectivistas.

Pero hay otra capa que debemos enfrentar: el propio electorado. El bloque electoral más grande de Bolivia hoy está conformado por jóvenes entre 18 y 45 años. Esta generación ha vivido toda su conciencia política bajo el dominio del MAS y otros regímenes estatistas. Han sido sometidos durante años a una adoctrinación ideológica—desde las escuelas públicas hasta los medios subvencionados—que glorifican al Estado paternalista y demonizan a la empresa privada.

Irónicamente, más del 80% de la población trabajadora de Bolivia sobrevive en el sector informal—emprendedores sin reconocimiento, sin derechos ni apoyo real. Viven la contradicción a diario: instintivamente capitalistas en la práctica, pero condicionados a desconfiar del mercado en la teoría. Es ahí donde el mensaje liberal es más necesario—y donde Dunn y Saravia podrían haber tenido el mayor impacto.

¿Entonces qué sigue?

Dunn y Saravia pueden estar fuera de la contienda, pero no están fuera de la lucha. Bolivia necesita un renacimiento cívico y cultural. Un despertar que vaya más allá de los partidos. Escuelas de pensamiento. Debates públicos. Formación juvenil. Un esfuerzo real y sostenido por construir una conciencia republicana y revivir la ética de la dignidad y la responsabilidad individual.

Dicho esto, surge la pregunta: ¿deberían mantenerse como voces plenamente independientes, o alinearse—estratégicamente, aunque imperfectamente—con figuras como Tuto Quiroga o Samuel Doria Medina? ¿Una movida así amplificaría su mensaje o diluiría sus principios? Es un debate legítimo. Tanto Tuto como Samuel tienen experiencia, estructura y presencia nacional. Pero ninguno es, estrictamente hablando, un liberal clásico. Alinear con ellos podría ofrecer una plataforma—pero al costo de la pureza narrativa. Dunn y Saravia han pasado los últimos tres años escribiendo, enseñando y proponiendo—no haciendo política. Esa distancia de la refriega fue una fortaleza, pero ahora corre el riesgo de convertirse en un vacío.

Tal vez el camino a seguir sea involucrarse—pero sin rendirse. Apoyar—no desde abajo, sino desde al lado. Bolivia necesita coaliciones, sí, pero coaliciones construidas sobre ideas, no sobre cálculos electorales. Si eligen respaldar a un candidato, deben asegurarse de que sea una alianza de convicción, no de conveniencia. De lo contrario, corren el riesgo de convertirse en otra nota al pie en la larga lista de potenciales desperdiciados.

También deben hablar más allá de Bolivia. Hacer saber a la comunidad internacional que en esta nación andina todavía hay ciudadanos que luchan por la libertad, por la democracia y por los valores que sostienen la civilización. Dunn y Saravia deben ser el puente entre la Bolivia que sufre en silencio y el mundo que mira hacia otro lado.

Llegará un día—pronto—en que el modelo populista colapsará bajo el peso de sus propias mentiras y contradicciones. Y cuando ese momento llegue, Bolivia no necesitará más mesías. Necesitará constructores. Pensadores. Estadistas.

Ahí es cuando Dunn y Saravia deben estar listos—no solo para volver—sino para liderar.

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