By Renzo Abruzzese, El Deber:
What was the trajectory of social and political disaster in Bolivia? A controversial and complicated question, but we could attempt an answer. Since the mid-20th century, Bolivia’s political and social trajectory largely aligned with the phenomena that shook, for better or worse, the entirety of Latin American countries. We could say it followed a political behavior pattern applied to all countries in the region, functioning as long as oligarchies or dictatorships were in place.
In 2005, the victory of MAS with Evo Morales initiated a period that quickly shifted from a democratic-popular perspective to an ethnically and racially natured project. This shift largely stemmed from the fact that the only way MAS’s fascist project could be executed within the framework of the races that underpinned it was by negating the Republic and attempting to build a state in the same vein as Mussolini’s dream of reviving the Roman Empire or Hitler’s vision of constructing an Aryan Empire. Morales and his acolytes dreamed of reconstructing an indigenous empire in the best tradition of the Incan Empire; Choquehuanca declared himself, in line with these ideas, the last Inca and legitimate heir of Atahualpa. Whether true or false, this aspiration proved futile in the context of globalization and the planetary globalization we live in, and even worse, amid the immense transformations characteristic of the knowledge society.
The “pluricultural” project turned out to be a failure not only because all the formulas attempted to revive the flame of racial passions, which, in social subjectivity, were associated with Mussolini’s and Italian fascism’s experiments or Hitler’s German Nazism. To establish the Plurinational State, it was necessary to dismantle the republican one, and that was what happened. “Dismantling” the Republican State entailed the need to eliminate all its institutions, including the democratic ones, and this systematic task left us with a disinstitutionalized society in all aspects of modern life.
Institutions are those social structures whose mission is to reproduce and promote a broad set of values. These values are expressed in behaviors, attitudes, perceptions, etc., that is, in how we act and react to everyday events in the economy, politics, religion, fashion, etc. Therefore, disinstitutionalizing means eliminating values, and where there are no values to respect, there are no norms to enforce. This is why, when we affect the institution known as “family,” for example, the probability increases that its members develop behaviors not accepted by the community. The same applies to honesty, justice, equity, politics, law, etc.
When politics is disinstitutionalized, you reduce to dust the forms of political organization of the citizenry, that is, you disrupt the mechanisms of representation via parties or other groups and democratic citizen participation. If you strip social institutions of values, what we are left with is what MAS left us; a devastated country where anything is possible. The fear of punishment, social disapproval, and moral, ethical, and justice patterns are extremely weakened. At this point, the boundaries between good and bad, ethical and unethical, honest and dishonest, honorable and corrupt become unclear, and for this reason, the reign of impunity becomes the nurturing mother of the regime.
In summary, MAS’s politics, in its failed attempt to create the Plurinational State, managed to dismantle all institutions and the ways in which modern societies adjust their institutions within the frameworks of peaceful, enduring, and democratic coexistence. It is clear, consequently, that the legacy of masismo is a country where the degradation of morality, ethics, consciousness, and even discourse only reflect the failure of a project that condemned itself to death, not only because of its racist and discriminatory nature but also because of the mediocrity that accompanies it.
Por Renzo Abruzzese, El Deber:
¿Cuál fue el recorrido del desastre social y político en Bolivia? Una pregunta polémica y además complicada, pero podríamos intentar una respuesta. Desde mediados del siglo pasado el recorrido político y social boliviano se ajustaba en la mayor parte del tiempo a los fenómenos que sacudían para bien unos, y para mal otros, el conjunto de los países latinoamericanos. Podríamos decir que se inscribía en un patrón de conducta política que se aplicaba a todos los países de la región y que funcionó, todo el tiempo en que funcionaron las oligarquías o las dictaduras.
El 2005 la victoria del MAS con Evo Morales inició un periodo que rápidamente se desplazó desde una perspectiva democrático-popular hacia un proyecto de naturaleza étnica y racial. En gran parte dado que la única manera en que el proyecto fascista del MAS podía ejecutarse en el horizonte de las razas que lo fundamentaban, era negando la República e intentando construir un estado en la misma línea en que Mussolini soñaba con revivir el Imperio Romano, o Hitler construir un Imperio Ario. Morales y sus acólitos soñaban con reconstruir un imperio indígena a la mejor usanza del incario; Choquehuanca se declaraba, en consonancia con estas ideas, el ultimo Inca heredero legítimo de Atahualpa. Cierto o falso resultaba una aspiración inútil en el concierto de la globalización y la mundialización planetaria que vivimos, peor aún, en medio de las inconmensurables transformaciones propias de la sociedad del conocimiento.
El proyecto “pluricultural” resultó un fracaso no solo porque todas las fórmulas intentaron reavivar la llama de las pasiones raciales que, en la subjetividad social, se asociaban a los experimentos de Mussolini y el fascismo italiano o al nazismo alemán de Hitler, empero, para montar el Estado Plurinacional había que desmontar el republicano y eso fue lo que pasó. “Desmontar” el Estado Republicano conllevaba la necesidad de eliminar todas sus instituciones, incluidas las democráticas, y esa tarea sistemática terminó dejándonos una sociedad desinstitucionalizada en todos los aspectos de la vida moderna.
Las instituciones son esas estructuras sociales cuya misión es reproducir y promover un amplio conjunto de valores. Estos valores se expresan en comportamientos, actitudes, percepciones etc. es decir en la manera en que actuamos y reaccionamos ante los acontecimientos de la vida cotidiana, en economía, en política, en religión, en moda etc. etc. se entiende pues que desinstitucionalizar es eliminar los valores, y allí donde no hay valores que se respeten no hay normas que se ejecuten. Esta es la razón por la que cuando afectamos la institución que conocemos como “familia”, por ejemplo, se incrementa la probabilidad de que sus miembros desarrollen comportamientos no aceptados por la comunidad. Lo mismo sucede con la honestidad, la justicia, la equidad, la política, el derecho etc.
Cuando la política esta desinstitucionalizada reduces a polvo las formas de organización política de la ciudadanía, es decir, trastocas los mecanismos de representación via partidos u otros grupos y la participación ciudadana democrática. Si despojas de valores las instituciones sociales lo que nos queda es lo que nos dejó el MAS; un país devastado en que cualquier cosa es posible. Ya se hace extremadamente débil el temor al castigo, a la desaprobación social y se debilitan al extremo los patrones morales, éticos, de justicia etc. A esas alturas los límites entre lo bueno y lo malo, entre lo ético y lo antiético, entre los honesto y lo deshonesto, entre el honrado y el corrupto se hacen poco claros, y por esta razón, el imperio de la impunidad es la madre putativa del régimen.
En síntesis, la política masista ha logrado en su fallido intento por crear el Estado Plurinacional desarticular todas las instituciones, y las formas en que las sociedades modernas logran ajustar sus instituciones en los marcos de una convivencia pacífica, duradera y democrática. Queda claro, en consecuencia, que la herencia del masismo es un país en que la degradación de la moral, la ética, la conciencia y hasta el discurso solo reflejan el fracaso de un proyecto que se condenó a muerte, no solo por racista y discriminador, sino por la mediocridad que lo acompaña.
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