Daily Archives: March 7, 2020

El Alto and the Nobel Peace Prize – El Alto y el Nobel de la Paz

Robert Brockmann writes in Pagina Siete:

El Alto and the Nobel Peace Prize

In my university time I helped pay for my studies selling auto parts. My clients were in the Ceja of El Alto and in San Pedro in La Paz. Selling things was never my thing, but I liked doing it in El Alto, because my clients were warm, friendly and receptive people, unlike my Sanpedrinos clients, who were difficult to satisfy.

As is known, in recent days, a mob attacked the Alexander Hotel, in El Alto, where Vice Presidential candidate Marco Pumari made an announcement that was controversial because of the way he created expectation. Pumari had to take safeguard from the massive aggression and the victim was the owner of the hotel.

The episode made the president of the Senate, Eva Copa, suggest to presidential candidates Luis Fernando Camacho, Carlos Mesa and Jeanine Añez, she nothing less than president of the State, not to be present in El Alto. The single request causes outrage, despite having proved Copa to be a reasonable woman and the “moderate” wing of the radical MAS who ruled us for almost 14 years.

Copa argues that El Alto has “open wounds” for the deaths of 2003 and 2019, for which Mesa and Camacho are responsible, abstractly, respectively. But no one explains that Mesa resigned for that in 2003 and that in 2019 Camacho had no executive responsibility whatsoever, when the alterations assaulted people on suspicion of being cruceños since before the arrival of the Santa Cruz civic leader to La Paz.

Imagine the outrage it would cause if the inhabitants of Miraflores, in La Paz, suggested that the alteños not attend the Hernando Siles stadium because they were offended by the attempt to blow up the Senkata fuel plant, which belongs to all Bolivians, or to block constantly the roads that connect La Paz with the rest of the country. Indignation is not the exclusive patrimony of El Alto.

El Alto that I met and where I worked in the mid-1980s is a completely different city from El Alto of 2020. The diametral difference in attitude was marked by three decades of a Government whose main focus was to emphasize the differences among the Bolivians and feed resentments that could rather and should have been raided.

To smooth those differences, reconcile the society of past grievances between its parties and redirect resentment towards the reconstruction of society was what Nelson Mandela did in South Africa and what proved his category of moral giant, for which he deserved the Nobel Prize for Peace in 1993.

The construction of La Paz takes us to Adolfo Pérez Esquivel, who proposed Evo Morales (again) to the Nobel Peace Prize. Morales, on whose union leadership the atrocious death of the Andrade spouses occurred; Morales, who ordered the massacre of the Las Americas Hotel; Morales, under whose “democratic” government there were 1,300 exiles; Morales, who let the Chiquitania burn, who first threatened and then ordered the siege by starvation to the cities and who wanted to have armed militias to the Venezuelan to stay in power. Morales, whose name should never be separated from Chaparina; Morales, whose only way of doing politics is to feed resentment.

Morales is still and will be the repository of powerful symbologies that overshadow the concrete facts of his very human and imperfect government. As a human being, Morales is much more Robert Mugabe than Nelson Mandela. But his ideological allies are powerful and refuse to see him in that dimension. They prefer to stick to the myth. What a comfort! At least, nobody is proposing his canonization. Still…

Robert Brockmann is a journalist.

====versión español====

El Alto y el Nobel de la Paz

En mi época universitaria ayudé a pagar mis estudios vendiendo repuestos automotores. Mis clientes estaban en la Ceja de El Alto y en San Pedro en La Paz. Vender cosas nunca fue lo mío, pero me gustaba hacerlo en El Alto, porque mis clientes eran gente cálida, amable y receptiva, a diferencia de mis clientes sanpedrinos, que eran difíciles de satisfacer.

Como es sabido, en recientes días, una turba atacó el Hotel Alexander, en El Alto, donde el candidato vicepresidencial Marco Pumari hacía un anuncio que resultó controvertido por la forma en que creó expectativa. Pumari tuvo que ponerse a buen resguardo ante la agresión multitudinaria y el damnificado resultó el dueño del hotel.

El episodio hizo que la presidenta del Senado, Eva Copa, sugiriese a los candidatos presidenciales Luis Fernando Camacho, Carlos Mesa y Jeanine Añez, ella nada menos que presidenta del Estado, no hacerse presentes en El Alto. El solo pedido causa indignación, a pesar de haber demostrado Copa ser una mujer razonable y del ala “moderada” del radical MAS que nos gobernó por casi 14 años. 

Copa argumenta que El Alto tiene “heridas abiertas” por las muertes de 2003 y 2019, por las cuales se responsabiliza, en forma abstracta   a Mesa y Camacho respectivamente. Pero nadie explica que Mesa renunció por eso en 2003 y que en 2019 Camacho no tenía responsabilidad ejecutiva alguna, cuando los alteños agredieron a gente a sola sospecha de ser cruceños desde antes de la llegada del líder cívico cruceño a La Paz. 

Imaginemos la indignación que causaría si los habitantes de Miraflores, en La Paz, sugiriesen a los alteños no asistir al estadio Hernando Siles porque les ofendiera el intento de hacer volar la planta de combustible de Senkata, que es de todos los bolivianos, o por bloquear constantemente las carreteras que conectan a La Paz con el resto del país. La indignación no es patrimonio exclusivo de El Alto.

El Alto que conocí y en el que trabajé a mediados de la década de los años 80  es una ciudad completamente distinta de El Alto de 2020. La diferencia diametral de actitud la marcaron tres lustros de un  Gobierno cuyo eje argumental fue poner énfasis en las diferencias entre los bolivianos y alimentar resentimientos que más bien pudieron y debieron ser allanados. 

Allanar esas diferencias, reconciliar a la sociedad de pasados agravios entre sus partes y reconducir los resentimientos hacia la reconstrucción de la sociedad fue lo que Nelson Mandela hizo en Sudáfrica y lo que demostró su categoría de gigante moral, por lo que mereció el Premio Nobel de la Paz en 1993.

La construcción de la Paz nos lleva a Adolfo Pérez Esquivel, quien propuso a Evo Morales (otra vez) al premio Nobel de la Paz. Morales, sobre cuyo liderazgo sindical se produjo la atroz muerte de los esposos Andrade; Morales, que ordenó la masacre del Hotel las Américas; Morales, bajo cuyo gobierno “democrático” hubo 1.300 exiliados; Morales, quien dejó arder la Chiquitania, quien primero amenazó y luego ordenó el cerco por hambre a las ciudades y quien quisiera haber tenido milicias armadas a la venezolana para mantenerse en el poder. Morales, cuyo nombre nunca debiera ir separado de Chaparina; Morales, cuya única forma de hacer política es alimentar el resentimiento. 

Morales todavía es y será depositario de poderosas simbologías que opacan los hechos concretos de su muy humano e imperfecto gobierno. Como ser humano, Morales es mucho más Robert Mugabe que Nelson Mandela. Pero sus aliados ideológicos son potentes y se niegan a verlo en esa dimensión. Prefieren apegarse al mito. ¡Qué consuelo! Al menos, nadie está proponiendo su canonización. Todavía…

Robert Brockmann es periodista.

https://www.paginasiete.bo/opinion/2020/3/5/el-alto-el-nobel-de-la-paz-248565.html