Editorial, El Dia:
The enactment of Law 1720 has sparked marches, statements, and warnings about an alleged “reconcentration of land.” But the real debate lies far from those slogans. The underlying question is not only who criticizes the law, but which concrete interests feel threatened by it.
The law introduces a quiet yet profound change: it allows small landowners to convert their property into medium-sized or business-level holdings, gaining access to credit and the formal economic circuit. In other words, it transforms land from a passive asset into a productive tool. And that is where the conflict begins.
In vast rural areas of Bolivia—such as the Yungas and the Cochabamba tropics—ownership does not always imply autonomy. In practice, union structures condition what is produced. Farmers often do not decide: they comply. And that mandate, in many cases, is coca.
Here the idealized narrative of the “protected small producer” collapses. Small, non-seizable property, presented as a shield, can also function as a limitation: it prevents access to formal credit, hinders productive diversification, and pushes farmers toward small-scale economies or informal circuits.
In that context, coca is neither a free choice nor the most profitable option for the producer. Its real value is concentrated in later stages of the chain, beyond the farmer’s reach. He sells in restricted markets, without real bargaining power.
Law 1720 introduces a disruptive element: economic autonomy. A producer who can use land as collateral gains access to financing, technology, and open markets. He can grow coffee, cocoa, or pineapple, negotiate prices, and break dependencies. In short, he can choose.
This point is key to understanding what is happening in regions such as Pando. The march that set out from that department toward La Paz is not an isolated event. Due to its border location and historically low state presence, Pando has been fertile ground for parallel economic circuits: informal extractive activities, illegal transit routes, and networks operating outside public regulation.
In such territories, land formalization represents a direct threat. Property that enters the financial system leaves a trace, requires verifiable productivity, and is subject to oversight. This clashes with dynamics that depend precisely on opacity, institutional voids, and non-state territorial control.
Therefore, reducing opposition to environmental or indigenous concerns is incomplete. There is another, less visible dimension: resistance from structures—both legal and illegal—that require farmers to remain without access to capital, without decision-making capacity, and outside the formal system. Law 1720 does not guarantee development on its own. But it does alter an equilibrium. It brings producers into a framework where they can stop depending on intermediaries, unions, or closed circuits.
The real debate surrounding Law 1720 is not between “land” and “market.” It is between remaining in controlled economies or opening up to productive freedom. And so the question returns, more uncomfortable than before: who really opposes land entering full legality and ceasing to be part of circuits operating outside the State?
Editorial, El Día:
La promulgación de la Ley 1720 ha desatado marchas, comunicados y advertencias sobre una supuesta “reconcentración de tierras”. Pero el debate real está lejos de esas consignas. La pregunta de fondo no es solo quién critica la ley, sino qué intereses concretos se sienten amenazados por ella.
La norma introduce un cambio silencioso pero profundo: permite que el pequeño propietario convierta su tierra en mediana o empresarial, accediendo al crédito y al circuito económico formal. Es decir, transforma la tierra de un activo pasivo en una herramienta productiva. Y ahí empieza el conflicto.
En amplias zonas rurales de Bolivia —como los Yungas y el trópico de Cochabamba— la propiedad no siempre implica autonomía. En la práctica, estructuras sindicales condicionan qué se produce. El campesino muchas veces no decide: cumple. Y ese mandato, en no pocos casos, es la coca.
Aquí se derrumba el relato idealizado del “pequeño productor protegido”. La pequeña propiedad inembargable, presentada como escudo, también puede operar como límite: impide acceder a crédito formal, frena la diversificación productiva y empuja al agricultor hacia economías de baja escala o circuitos informales.
En ese contexto, la coca no es una elección libre ni la opción más rentable para el productor. Su valor real se concentra en eslabones posteriores de la cadena, fuera del alcance del campesino. Él vende en mercados restringidos, sin poder real de negociación.
La Ley 1720 introduce un elemento disruptivo: autonomía económica. Un productor que puede usar su tierra como garantía accede a financiamiento, tecnología y mercados abiertos. Puede sembrar café, cacao o piña, negociar precios y romper dependencias. En síntesis, puede elegir.
Este punto es clave para entender lo que ocurre en regiones como Pando. La marcha que partió desde ese departamento hacia La Paz no es un hecho aislado. Pando, por su ubicación fronteriza y su baja presencia estatal histórica, ha sido terreno fértil para circuitos económicos paralelos: actividades extractivas informales, rutas de tránsito ilegal y redes que operan al margen de la regulación pública.
En ese tipo de territorios, la formalización de la tierra representa una amenaza directa. Una propiedad que ingresa al sistema financiero deja rastro, exige productividad verificable y se somete a controles. Eso choca con lógicas que dependen precisamente de la opacidad, del vacío institucional y del control territorial no estatal.
Por eso, reducir la oposición a una preocupación ambiental o indígena resulta incompleto. Existe otra dimensión menos visible: la resistencia de estructuras —legales e ilegales— que necesitan que el campesino permanezca sin acceso a capital, sin capacidad de decisión y fuera del circuito formal. La Ley 1720 no garantiza desarrollo por sí sola. Pero sí altera un equilibrio. Introduce al productor en una lógica donde puede dejar de depender de intermediarios, sindicatos o circuitos cerrados.
El verdadero debate en torno a la ley 1720 no es entre “tierra” y “mercado”. Es entre permanencia en economías controladas o apertura a la libertad productiva. Y entonces la pregunta vuelve, más incómoda que antes: ¿quién se opone realmente a que la tierra entre en la legalidad plena y deje de ser parte de circuitos que operan fuera del Estado?
https://www.eldia.com.bo/2026-04-18/editorial/dime-quien-se-opone-a-la-ley-1720.html
