By Windsor Hernani, Vision 360:
Country Image: Between International Rhetoric and Institutional Erosion
Let us stop making mistakes. A country’s image is not an advertising campaign; it is the accumulated reflection of political decisions, institutional quality, and strategic coherence.
Country image is the set of perceptions, reputation, and values that define a nation’s identity in the international arena. It constitutes a strategic asset of the modern State.
It is not merely a symbolic construction, but a determining factor in international integration, the attraction of investment, export competitiveness, and political credibility.
In the specialized literature on nation branding and public diplomacy, it is argued that international reputation is the external reflection of internal institutional quality. It cannot be sustained by speeches if it does not rest upon solid structures.
From that perspective, foreign policy fulfills a dual function: to project national interests and, simultaneously, to convey confidence.
Following Bolivia’s participation in global forums such as Davos and the CAF, with positive hope we believed that Bolivia was projecting a new face.
Dreamers! We were naïve; we failed to realize that stage diplomacy does not replace effective governance. Image does not precede reality; it merely expresses it.
It was Transparency International, through the 2025 Corruption Perceptions Index released last week, that made us see that Bolivia ranks third among the most corrupt countries in South America — only Venezuela and Paraguay rank worse — and that historically we have fallen six places.
Beyond the ranking position, the relevant fact is structural. The persistence of low scores (28/100) reveals that Bolivia continues to be marked by institutional weakness and that the international community perceives sustained deficiencies in transparency, judicial independence, fiscal oversight, and the effective fight against corruption.
What is regrettable and concerning is that corruption is not merely an ethical problem; it is a geopolitical problem because it reduces the State’s negotiating capacity, increases the cost of external financing, discourages foreign direct investment, and weakens the legitimacy of foreign policy.
A country whose institutional framework is perceived as fragile projects uncertainty, and uncertainty is the principal enemy of capital and strategic cooperation.
After nearly two decades of MAS governments, institutional erosion is evident. Although through greater presence in multilateral spaces and international economic forums an attempt was made to present a narrative of renewal, we failed to realize that country image is not rebuilt through declarations, but through verifiable structural reforms.
Words spoken from global podiums help; but markets, financial institutions, and strategic partners observe objective indicators. These include legal certainty, regulatory stability, separation of powers, administrative efficiency, and macroeconomic predictability. When these elements do not accompany the discourse, the gap between narrative and reality widens, affecting the credibility of the State.
Bolivia does not require merely a facial lifting, but a profound transformation of its institutional architecture. We need major surgery in at least five strategic lines:
- Strengthening judicial independence, guaranteeing transparent and predictable processes.
- Comprehensive reform of public procurement systems, with digital mechanisms for traceability and citizen oversight.
- Effective protection for whistleblowers and oversight bodies, preventing political capture.
- Fiscal and budgetary transparency, with credible external audits.
- Coordination between domestic policy and foreign policy, understanding that international reputation is a consequence of internal governance.
Let us stop making mistakes. A country’s image is not an advertising campaign; it is the accumulated reflection of political decisions, institutional quality, and strategic coherence. No participation in international forums — however relevant — can compensate for internal structural deficits.
If Bolivia aspires to rebuild its international credibility, it must understand that reputation is not proclaimed; it is built — and it is built with solid institutions, effective transparency, and a foreign policy conceived as a policy of State, not as a circumstantial instrument of internal legitimization.
Only then will words align with reality, and the country will be able to look at itself in the mirror with a new face.
Por Windsor Hernani Limarino, Vision 360:
La imagen-país: entre la retórica internacional y la erosión institucional
Ya no nos equivoquemos más. La imagen-país no es una campaña publicitaria, es el reflejo acumulado de decisiones políticas, calidad institucional y coherencia estratégica.
La imagen país es el conjunto de percepciones, reputación y valores que definen la identidad de una nación en el ámbito internacional. Ella constituye un activo estratégico del Estado moderno.
No se trata únicamente de una construcción simbólica, sino de un factor determinante en la inserción internacional, la atracción de inversiones, la competitividad exportadora y la credibilidad política.
En la literatura especializada en nation branding y diplomacia pública, se sostiene que la reputación internacional es el reflejo externo de la calidad institucional interna. No puede sostenerse sobre discursos si no descansa sobre estructuras sólidas.
Desde esa perspectiva, la política exterior cumple una doble función: proyectar intereses nacionales y, simultáneamente, transmitir confianza.
Luego de la participación boliviana en foros globales como el de Davos y la CAF, con esperanza positiva creímos que Bolivia proyectaba un nuevo rostro.
¡Soñadores! Fuimos ilusos, no caímos en cuenta que la diplomacia de escenario no sustituye la gobernanza efectiva. La imagen no antecede a la realidad, solo la expresa.
Fue el Transparency International, a través del índice de Percepción de la Corrupción 2025, divulgado la pasada semana, el que nos hizo ver que Bolivia ocupa el tercer lugar entre los países más corruptos de Sudamérica, – sólo están por encima Venezuela y Paraguay-; y que además históricamente hemos descendido seis puestos.
Más allá del lugar en el ranking, el dato relevante es estructural. La persistencia de bajos puntajes (28/100) revela que Bolivia continúa marcada por la debilidad institucional y que la comunidad internacional percibe deficiencias sostenidas en transparencia, independencia judicial, control fiscal y lucha efectiva contra la corrupción.
Lo lamentable y preocupante es que se trata de corrupción, que no es únicamente un problema ético; es un problema geopolítico porque reduce la capacidad negociadora del Estado, encarece el financiamiento externo, desalienta la inversión extranjera directa y debilita la legitimidad de la política exterior.
Un país cuya institucionalidad es percibida como frágil proyecta incertidumbre, y la incertidumbre es el principal enemigo del capital y de la cooperación estratégica.
Tras casi dos décadas de gobiernos masistas, el desgaste institucional es evidente. Si bien, a través de una mayor presencia en espacios multilaterales y foros económicos internacionales se intentó presentar una narrativa de renovación; no caímos en cuenta que la imagen-país no se reconstruye mediante declaraciones, sino mediante reformas estructurales verificables.
Las palabras pronunciadas en tribunas globales ayudan; pero los mercados, los organismos financieros y los socios estratégicos observan indicadores objetivos. Son los de seguridad jurídica, estabilidad normativa, independencia de poderes, eficiencia administrativa y previsibilidad macroeconómica. Cuando estos elementos no acompañan el discurso, la brecha entre narrativa y realidad se amplía, afectando la credibilidad del Estado.
Bolivia no requiere solo un lifting facial, sino una transformación profunda de su arquitectura institucional. Necesitamos una cirugía mayor en al menos, cinco líneas estratégicas:
- Fortalecimiento de la independencia judicial, garantizando procesos transparentes y previsibles.
- Reforma integral de los sistemas de contratación pública, con mecanismos digitales de trazabilidad y control ciudadano.
- Protección efectiva a denunciantes y órganos de control, evitando la captura política.
- Transparencia fiscal y presupuestaria, con auditorías externas creíbles.
- Coordinación entre política interior y política exterior, entendiendo que la reputación internacional es consecuencia de la gobernanza interna.
Ya no nos equivoquemos más. La imagen-país no es una campaña publicitaria, es el reflejo acumulado de decisiones políticas, calidad institucional y coherencia estratégica. Ninguna participación en foros internacionales -por relevante que sea- puede compensar déficits estructurales internos.
Si Bolivia aspira a reconstruir su credibilidad internacional, debe comprender que la reputación no se proclama, se construye; y se construye con instituciones sólidas, transparencia efectiva y una política exterior concebida como política de Estado, no como instrumento coyuntural de legitimación interna.
Solo entonces las palabras coincidirán con la realidad y el país podrá mirarse al espejo con un nuevo rostro.
