Editorial Bolivian Thoughts:
Edmand Lara and the Vice Presidency as Political Theater
Bolivia does not need more speeches. It does not need more indignation. It does not need another loud politician pretending to be heroic while the country sinks. What Bolivia needs is seriousness after almost twenty years of MAS destruction: empty reserves, distorted subsidies, politicized justice, debt without productivity, and a society trained to expect benefits without responsibility. In that environment, Vice President Edmand Lara has chosen the worst possible role: not that of a statesman, but that of a performer.
Lara did not enter government to help fix Bolivia’s crisis. He entered to use the crisis as a personal stage.
Instead of stabilizing power, he destabilizes it. Instead of coordinating with the Executive, he competes with it. Instead of educating the public about economic reality, he feeds illusions. The Vice Presidency, which should be an office of responsibility, has become under Lara a microphone for permanent campaigning.
One of the most damaging aspects of Lara’s conduct is his obsession with acting like an opposition leader while sitting inside government. Bolivia already suffers from institutional fragmentation, and Lara deepens it every time he publicly attacks the President, contradicts official policy, and converts cabinet decisions into social-media drama. A Vice President is supposed to help govern, not sabotage governance from inside.
When the country faces fiscal collapse, Lara does not explain the problem; he dramatizes it. When subsidy reform becomes unavoidable, he rejects it emotionally without offering a single serious financing alternative. When credibility is needed, he offers anger. When discipline is required, he offers applause lines. That is not leadership. That is populism recycled with a different accent.
Bolivia’s crisis is not solved with slogans. It is solved with reserves, productivity, investment, institutional reform, and painful but necessary adjustments. Lara treats economics as if it were a moral theater. He speaks as if the State can protect everyone without cost, grow without investment, and stabilize prices without reform. That fantasy is exactly what MAS sold for years, and it is what left Bolivia with depleted reserves and a broken economy. Lara does not confront that mentality; he continues it, simply changing the costume.
Many ask why Lara still seems “popular.” The answer is uncomfortable but simple. His popularity is not built on results but on performance. He plays the role of the eternal outsider while holding power. He attacks the same State he belongs to. He uses TikTok politics instead of institutional work. He converts anger into identity and conflict into entertainment. His followers do not support policies; they support attitude.
But attitude does not pay salaries. Videos do not attract investment. Shouting does not stabilize currencies.
Strip away the noise and ask what Lara has actually delivered. Has he led institutional reform? Has he built investor confidence? Has he produced economic stabilization? Has he unified government strategy? No. What he produces is exposure, confrontation, and permanent self-promotion. He promises “mano dura” without strengthening institutions. He denounces corruption without building systems. He speaks of sovereignty without improving productivity. Everything is symbolic. Almost nothing is structural.
Perhaps the most dangerous feature of Lara’s Vice Presidency is that he treats it as a personal campaign platform rather than a constitutional responsibility. Every crisis becomes content. Every disagreement becomes spectacle. Every policy becomes an opportunity to separate himself from the government he belongs to. Markets see incoherence. Institutions weaken under dual command. Citizens receive confusion instead of direction.
Bolivia already suffered enough under leaders who confused politics with performance. Lara seems determined to continue that tradition in a new format: populism for the social-media era.
His base is not evil, but it is miseducated. They confuse strength with shouting, honesty with anger, leadership with confrontation. Real leadership is boring: budgets, reform, discipline, negotiation, credibility. Lara avoids those because they do not generate applause.
There is no recovery without sacrifice. There is no stability without reform. There is no justice without institutions. There is no growth without responsibility. Lara offers comfort instead of correction, and comfort is precisely what destroyed Bolivia under MAS.
Edmand Lara may be visible, loud, and emotionally attractive. But visibility is not governance. Emotion is not economics. Popularity is not competence. Bolivia does not need another political influencer. It needs leadership capable of fixing what MAS broke, not marketing what MAS taught.
Lara does not stabilize power; he personalizes it. He does not solve problems; he performs them. He does not educate voters; he entertains them.
And in a country bleeding from institutional collapse, a Vice President who chooses theater over substance risks being remembered not as popular, but as the worst Vice President Bolivia has ever had.
Editorial Pensamientos Bolivianos:
Edmand Lara y la Vicepresidencia como teatro político
Bolivia no necesita más discursos. No necesita más indignación. No necesita otro político ruidoso fingiendo heroicidad mientras el país se hunde. Lo que Bolivia necesita es seriedad después de casi veinte años de destrucción masista: reservas vacías, subsidios distorsionados, justicia politizada, deuda sin productividad y una sociedad entrenada para esperar beneficios sin responsabilidad. En ese escenario, el vicepresidente Edmand Lara ha elegido el peor papel posible: no el de estadista, sino el de actor.
Lara no llegó al gobierno para ayudar a arreglar la crisis. Llegó para usar la crisis como escenario personal.
En lugar de estabilizar el poder, lo desestabiliza. En lugar de coordinar con el Ejecutivo, compite con él. En lugar de educar a la población sobre la realidad económica, alimenta ilusiones. La Vicepresidencia, que debería ser un espacio de responsabilidad, se ha convertido bajo Lara en un micrófono para la campaña permanente.
Uno de los aspectos más dañinos de su conducta es su obsesión por comportarse como opositor mientras ocupa el poder. Bolivia ya sufre fragmentación institucional, y Lara la profundiza cada vez que ataca públicamente al Presidente, contradice la política oficial y convierte las decisiones de gobierno en drama para redes sociales. Un vicepresidente está para ayudar a gobernar, no para sabotear el gobierno desde adentro.
Cuando el país enfrenta colapso fiscal, Lara no explica el problema: lo dramatiza. Cuando la reforma de subsidios se vuelve inevitable, la rechaza con emoción, pero sin ofrecer una sola alternativa seria de financiamiento. Cuando se necesita credibilidad, ofrece rabia. Cuando se requiere disciplina, ofrece frases para aplausos. Eso no es liderazgo. Es populismo reciclado con otro tono.
La crisis boliviana no se resuelve con consignas. Se resuelve con reservas, productividad, inversión, reforma institucional y ajustes dolorosos pero necesarios. Lara trata la economía como si fuera un teatro moral. Habla como si el Estado pudiera proteger a todos sin costo, crecer sin inversión y controlar precios sin reformas. Esa fantasía es exactamente la que vendió el MAS durante años y es la que dejó a Bolivia sin reservas y con la economía distorsionada. Lara no enfrenta esa mentalidad; la continúa, solo cambiando el disfraz.
Muchos se preguntan por qué Lara todavía parece “popular”. La respuesta es incómoda pero simple. Su popularidad no se basa en resultados, sino en actuación. Interpreta al eterno outsider mientras ejerce poder. Ataca al mismo Estado del que forma parte. Usa política de TikTok en lugar de trabajo institucional. Convierte la rabia en identidad y el conflicto en entretenimiento. Sus seguidores no apoyan políticas; apoyan actitudes.
Pero las actitudes no pagan salarios. Los videos no atraen inversión. Los gritos no estabilizan monedas.
Quitando el ruido, la pregunta es básica: ¿qué ha entregado realmente Lara? ¿Ha liderado reforma institucional? ¿Ha generado confianza para invertir? ¿Ha estabilizado la economía? ¿Ha unificado la estrategia del gobierno? No. Lo que produce es exposición, confrontación y autopromoción permanente. Promete “mano dura” sin fortalecer instituciones. Denuncia corrupción sin construir sistemas. Habla de soberanía sin mejorar productividad. Todo es simbólico. Casi nada es estructural.
Tal vez lo más peligroso de su Vicepresidencia es que la usa como plataforma personal y no como responsabilidad constitucional. Cada crisis se vuelve contenido. Cada desacuerdo se vuelve espectáculo. Cada política es una oportunidad para diferenciarse del mismo gobierno al que pertenece. Los mercados ven incoherencia. Las instituciones se debilitan con mando dividido. La ciudadanía recibe confusión en vez de dirección.
Bolivia ya sufrió demasiado con líderes que confundieron política con performance. Lara parece decidido a continuar esa tradición en formato moderno: populismo para la era de las redes sociales.
Su base no es mala, pero sí está mal educada políticamente. Confunden fuerza con grito, honestidad con rabia, liderazgo con confrontación. El verdadero liderazgo es aburrido: presupuestos, reformas, disciplina, negociación, credibilidad. Lara evita eso porque no genera aplausos.
No hay recuperación sin sacrificio. No hay estabilidad sin reforma. No hay justicia sin instituciones. No hay crecimiento sin responsabilidad. Lara ofrece comodidad en lugar de corrección, y la comodidad es precisamente lo que destruyó Bolivia bajo el MAS.
Edmand Lara puede ser visible, ruidoso y emocionalmente atractivo. Pero visibilidad no es gobierno. Emoción no es economía. Popularidad no es competencia.
Bolivia no necesita otro influencer político. Necesita liderazgo capaz de arreglar lo que el MAS rompió, no de mercadear lo que el MAS enseñó.
Lara no estabiliza el poder: lo personaliza. No resuelve problemas: los actúa. No educa votantes: los entretiene.
Y en un país que sangra por el colapso institucional, un vicepresidente que elige teatro antes que sustancia corre el riesgo de ser recordado no como popular, sino como el peor vicepresidente que Bolivia haya tenido.
