By Francesco Zaratti:
On April 28, from 12:30 p.m. until after midnight, much of the Iberian Peninsula suffered a power grid Blackout (with B) that had consequences similar to a natural disaster, albeit without casualties. In the absence of a final report, you already have a precise idea of what happened and why it happened. More importantly, there are lessons that need to be learned from that event.
With the Blackout it was confirmed that energy, and in particular electricity, is the food of the economy: without it, economic activity is reduced to almost zero due to the dependence that modern life has on electricity.
We are used to dividing electricity generation sources into renewables (sun, wind, water, geothermal and biomass), non-renewable (coal, hydrocarbons and their derivatives) and, separately, nuclear power. Metaphorically, renewable foods are “organic” foods and non-renewable fast foods, with the difference that the former are healthier, but more expensive and seasonal, while the latter are cheaper and can be found all year round everywhere.
The first lesson of Blackout is to learn to distinguish energy sources in another way: into “intermittent” and unpredictable (e.g., solar and wind farms) and “constant” and reliable (e.g., nuclear, thermoelectric, and hydroelectric). Spain, due to its geographical conditions, has opted for the former, ensuring that generation costs are lower than those of “constant” sources. As a result, the latter have been relegated in favor of intermittent ones. In fact, at the time of the blackout, several thermoelectric plants were shut down and cold because their energy was more expensive than solar photovoltaic (it was noon!), which represented, with other renewables, 70% of consumption. An unexpected consequence was that the oscillations of intermittent energies could not be properly managed, “the fuses” blew and the result was catastrophic.
Therefore, a second lesson is that intermittent renewables are good and cheap, but they need a robust distribution network, with a varied generation matrix (like a good menu) and substantial investments to stabilize fluctuations and store excess energy produced (read, more expensive bills).
In short, the blame for the power outage was not on renewables, much less on the energy transition, but on the weak management of the grid which, another limitation, is not even adequately integrated into the European grid, which could have given a helping hand to recover. Hence a third lesson: the complexity of electricity grids and the possibility of blackouts due to various causes, including natural ones, makes it necessary to interconnect with neighboring countries.
Finally, even distributed generation, that of private houses and companies, designed for self-consumption but used to sell electricity to the grid, was disconnected with the Blackout, for safety reasons, thwarting the wait of those users to resort to “their” electricity. Of course, this dependence on the external network can be technically managed to avoid this inconvenience, but it costs a lot.
Finally, there are also lessons for Bolivia: the depletion of gas reserves and the failure of sterile statism force it to bet on the renewable sources at its disposal, firm and intermittent. But this urgent transition must be made intelligently: with a varied menu, with the support of combined cycle thermal power plants and with digitized grid management systems. Above all, with an opening to constructive private capital that the MAS model has not been able to give.
https://fzaratti.blog/en/2025/05/08/lessons-from-the-blackout/
Por Francesco Zaratti:
El pasado 28 de abril, desde las 12:30 hasta pasada la medianoche, gran parte de la península ibérica sufrió un Apagón (con A) de la red eléctrica que tuvo consecuencias parecidas a un desastre natural, pero sin víctimas. A falta de un informe final, ya se tiene una idea precisa de lo que ocurrió y por qué ocurrió. Más importante, hay lecciones de ese evento que es necesario aprender.
Con el Apagón ha quedado confirmado que la energía, y en especial la electricidad, es el alimento de la economía: sin ella la actividad económica se reduce casi a cero debido a la dependencia que la vida moderna tiene de la energía eléctrica.
Estamos acostumbrados a dividir las fuentes de generación eléctrica en renovables (sol, viento, agua, geotermia y biomasa), no renovables (carbón, hidrocarburos y sus derivados) y, a parte, la nuclear. Metafóricamente, las renovables son los alimentos “orgánicos” y las no renovables la comida chatarra, con la diferencia que los primeros son más saludables, pero más caros y estacionales, mientras los segundos son más baratos y se los encuentra todo el año en cada esquina.
La primera lección del Apagón es aprender a distinguir las fuentes de energía de otra manera: en “intermitentes” e imprevisibles (por ejemplo, granjas solares y eólicas) y “en firmes” y programables (por ejemplo, nucleares, termo e hidro eléctricas). España, por sus condiciones geográficas, ha apostado por las primeras, logrando que los costos de generación sean menores que los de las fuentes “en firme”. Consecuentemente, estas últimas han sido relegadas en favor de las intermitentes. De hecho, en el momento del Apagón varias termoeléctricas estaban apagadas por ser su energía más cara que la solar fotovoltaica (¡era mediodía!): ésta daba cuenta, con las demás renovables, del 70% del consumo. Una consecuencia no esperada fue que las oscilaciones de las energías intermitentes no pudieron ser gestionadas adecuadamente, saltaron “los fusibles” y el resultado fue catastrófico.
Por tanto, una segunda lección es que las fuentes renovables intermitentes son buenas y baratas, pero necesitan una red de distribución robusta, con una matriz de generación variada (como un buen menú) e inversiones cuantiosas para estabilizar las oscilaciones y almacenar el exceso de energía producida (léase, boletas más caras).
En suma, la culpa del corte eléctrico no fue de las renovables, menos de la transición energética, sino de la deficiente gestión de la red que, otra limitante, ni siquiera está adecuadamente integrada a la red europea, que bien podía haberla “socorrido” para recuperarse. De aquí una tercera lección: la complejidad de las redes eléctricas y la eventualidad de apagones por diferentes causas, incluso naturales, obliga a tener operando interconexiones con los países cercanos.
Por último, la generación distribuida, la de los domicilios y empresas privadas, pensada para autoconsumo pero usada para vender electricidad a la red, también se desconectó con el Apagón, por razones de seguridad, frustrando la expectativa de esos usuarios de tener “su” electricidad. Desde luego esa dependencia de la red externa puede manejarse técnicamente para evitar ese inconveniente, pero cuesta.
Finalmente, hay también lecciones para Bolivia: el agotamiento de las reservas de gas y el fracaso del estatismo secante obligan a apostar por las fuentes renovables que se tiene, en firme e intermitentes. Pero esa urgente transición hay que hacerla inteligentemente: con un menú variado, con el apoyo de las termoeléctricas de ciclo combinado y con sistemas digitalizados de manejo de la red. Sobre todo, con una apertura al capital constructivo privado que el modelo masista ha sido incapaz de dar.
