By Germán Huanca, MFE (*):
The first 100 days of a government are usually the most commonly used benchmark to anticipate its direction: are we facing a transitional administration, one of adjustment, or one of structural transformation? In the case of Paz and Lara, this period has made it possible to identify a style marked by rapid economic decisions, contradictory signals toward private investment, and a strategy aimed more at immediate stabilization than at deep reforms. The thesis is clear: the government has prioritized restoring liquidity and supply in the short term, shifting part of the cost to the population, but without yet resolving the structural problems that gave rise to the crisis.
During the campaign, Paz and Lara offered a package of measures that combined fiscal orthodoxy with social incentives. They announced the gradual elimination of subsidies, the distribution of bonuses to sustain household income, and the closure of loss-making public enterprises. The message was one of an orderly transition toward a more sustainable economy.
However, once in power, gradualism was replaced by an immediate adjustment in fuel prices, without mitigating measures for public transportation. The decision succeeded in curbing smuggling into Peru and normalizing domestic supply, although at the cost of introducing gasoline of questionable quality and passing the inflationary impact on to consumers. It was a decision consistent with the orthodox stabilization manual: first secure supply and liquidity, then discuss reforms.
Among the achievements is the restoration of public confidence in fuel provision through the issuance of Supreme Decree 5503, later amended by 5516. The shortage, which had eroded the State’s legitimacy, ceased to be the main issue of daily concern.
On the external front, the country’s international image showed a noticeable improvement, reflected in the decline of the country risk index. This signal suggests that markets interpret the measures as a shift toward greater macroeconomic discipline.
Likewise, the return of dollars to savers holding foreign currency eased tensions in the financial system and stabilized the exchange market, making the dollar no longer a scarce—and therefore expensive—good.
Where progress is less visible is in employment. No changes are perceived in the labor structure or in the capture of public employment by militants of the previous ruling party. The promise of meritocracy remains pending.
State-owned companies continue to operate without deep reforms or remain paralyzed, evidencing indecision regarding their closure, capitalization, or restructuring.
Regarding private investment, the initial signals included in Supreme Decree 5503 were later withdrawn, generating uncertainty. The announcement of new laws to promote investment, made on Wednesday, February 18, has not yet translated into concrete instruments; as long as there is no legislative approval, it remains in the realm of good intentions.
The adjustment implemented has reduced only part of the fiscal deficit, transferring to the population costs previously borne by the State through subsidies. At the same time, the contracting of new external debt has made it possible to sustain international liquidity, but it increases future obligations without addressing the structural causes of the imbalance.
The main challenge will be to transform the “50/50” slogan into a real mechanism for the distribution of resources between the central level and the regions, and also into a model of partnership with the private sector. Without clear rules on revenue-sharing and profits, investment will continue to be postponed.
Such a scheme could replicate the productive logic of the countryside: those without capital contribute land and labor, while the investor provides financing and technology, distributing profits equally. However, for it to work on a national scale, legal certainty and regulatory stability are required.
Finally, the population expects a clear economic direction. So far, the government has managed the situation with emergency measures, but it has yet to present a comprehensive development plan that would allow a shift from stabilization to sustained reactivation.
At one hundred days, the Paz and Lara government has demonstrated the capacity to make difficult decisions and restore certain basic balances, but it has also revealed the absence of a structural strategy. The question that will guide the coming months is whether this administration will be remembered as the one that contained a crisis or as the one that laid the foundations for a new economic model. Without deep reforms in employment, public enterprises, and private investment, the stabilization achieved risks being only temporary relief.
(*) Economist; former Vice Minister of Strategic State Planning.
Por Germán Huanca Luna, MFE (*):
Los primeros 100 días de un gobierno suelen ser el termómetro más utilizado para anticipar su rumbo: ¿estamos ante una administración de transición, de ajuste o de transformación estructural? En el caso de Paz y Lara, este periodo ha permitido identificar un estilo marcado por decisiones económicas rápidas, señales contradictorias hacia la inversión privada y una estrategia orientada más a la estabilización inmediata que a reformas de fondo. La tesis es clara: el gobierno ha priorizado recuperar liquidez y abastecimiento en el corto plazo, trasladando parte del costo a la población, pero sin resolver aún los problemas estructurales que originaron la crisis.
Durante la campaña, Paz y Lara ofrecieron un paquete de medidas que combinaba ortodoxia fiscal con incentivos sociales. Anunciaron la eliminación gradual de subsidios, la entrega de bonos para sostener el ingreso de los hogares y el cierre de empresas públicas deficitarias. El mensaje era el de una transición ordenada hacia una economía más sostenible.
Sin embargo, una vez en el poder, la gradualidad fue reemplazada por un ajuste inmediato al precio de los combustibles, sin los paliativos en el transporte público. La medida logró frenar el contrabando hacia el Perú y normalizar el abastecimiento interno, aunque a costa de introducir gasolina de calidad cuestionada y de trasladar el impacto inflacionario a los consumidores. Fue una decisión coherente con el manual de estabilización ortodoxa: primero asegurar oferta y liquidez, luego discutir reformas.
Entre los aciertos destaca la recuperación de la confianza ciudadana en la provisión de combustibles mediante la emisión del DS 5503, posteriormente modificado por el 5516. La escasez, que había erosionado la legitimidad del Estado, dejó de ser el principal tema de preocupación cotidiana.
En el plano externo, la imagen internacional del país mostró una mejora perceptible, reflejada en la caída del índice de riesgo país. Esta señal sugiere que los mercados interpretan las medidas como un giro hacia mayor disciplina macroeconómica.
Asimismo, la devolución de dólares a los ahorristas en moneda extranjera alivió tensiones en el sistema financiero, y estabilizó el mercado cambiario, haciendo que el dólar no sea un bien escaso por ende caro.
Donde los avances son menos visibles es en el empleo. No se perciben cambios en la estructura laboral ni en la captura del empleo público por militantes del partido gobernante anterior. La promesa de meritocracia sigue pendiente.
Las empresas estatales continúan operando sin reformas profundas o permanecen paralizadas, lo que evidencia indecisión respecto a su cierre, capitalización o reestructuración.
En materia de inversión privada, las señales iniciales incluidas en el DS 5503 fueron posteriormente retiradas, generando incertidumbre. El anuncio de nuevas leyes para promover inversiones, realizado el miércoles 18 de febrero, aún no se traduce en instrumentos concretos; mientras no exista aprobación legislativa, permanece en el terreno de las buenas intenciones.
El ajuste aplicado ha reducido solo una parte del déficit fiscal, trasladando a la población costos que antes asumía el Estado mediante subsidios. Paralelamente, la contratación de nueva deuda externa ha permitido sostener la liquidez internacional, pero incrementa las obligaciones futuras sin atacar las causas estructurales del desequilibrio.
El principal reto será transformar la consigna del “50/50” en un mecanismo real de distribución de recursos entre el nivel central y las regiones, y también en un modelo de asociación con el sector privado. Sin reglas claras de coparticipación y utilidades, la inversión seguirá postergándose.
Ese esquema podría replicar la lógica productiva del campo: quien no posee capital aporta tierra y trabajo, mientras el inversionista aporta financiamiento y tecnología, distribuyendo utilidades en partes iguales. Sin embargo, para que funcione a escala nacional se requiere seguridad jurídica y estabilidad normativa.
Finalmente, la población espera una dirección económica clara. Hasta ahora, el gobierno ha administrado la coyuntura con medidas de emergencia, pero aún no presenta un plan integral de desarrollo que permita pasar de la estabilización a la reactivación sostenida.
A cien días, el gobierno de Paz y Lara ha demostrado capacidad para tomar decisiones difíciles y recuperar ciertos equilibrios básicos, pero también ha evidenciado la ausencia de una estrategia estructural. La pregunta que guiará los próximos meses es si esta administración será recordada como la que contuvo una crisis o como la que sentó las bases de un nuevo modelo económico. Sin reformas profundas en empleo, empresas públicas e inversión privada, la estabilización alcanzada corre el riesgo de ser solo un alivio temporal.
(*) Economista, fue Viceministro de Planificación Estratégica del Estado.
https://docs.google.com/document/d/1PuG9EuqZoPCvV5GNYd0oXQ-RKMk35YTcERRPoUJA5Kc/edit?pli=1&tab=t.0
