By Francesco Zaratti:
The advantages of renewable energy sources (solar, water, wind, geothermal, biomass) in electricity generation are well-known, and they typically impact global warming much less than fossil fuels.
The objections to their wider adoption within the framework of the energy transition are of two types: cost and intermittency.
It is improperly claimed that the cost per unit of electrical energy—the megawatt-hour (MWh)—is higher for renewable sources than for thermoelectric plants. This statement might have been true 20 years ago, but the falling cost of solar panels and other technological components has made “cold-generated” electricity more economical than gas.
For example, if we take the LCOE (Levelized Cost Of Energy) as a parameter—a calculation that includes initial investment, maintenance, fuel, and the plant’s lifespan—solar energy beats gas in real costs across most markets. In fact, the solar MWh in large-scale plants is below $50, while in combined-cycle thermoelectric plants, it hovers around $80. This result is due to the precipitous drop in solar panel prices and the fact that “solar fuel” is both free and inexhaustible.
The other objection points to the intermittent nature of renewable sources: a solar panel produces during the day (and better when it’s sunny); a wind turbine depends on steady wind; and a hydroelectric plant depends on rainfall patterns. In practice, solar energy is the most intermittent and hydroelectric the most reliable, meaning they complement each other without yet being able to do away with thermoelectricity entirely.
However, intermittency also has a solution, though it comes at a price. Generally, solar farms, like other plants, often generate more electricity than can be transmitted through the power grid. That surplus energy can be stored in different ways. For instance, it can be stored in accumulators—large batteries that return electricity when needed; it also allows for recharging a dam by pumping the water discharged from a hydroelectric plant; likewise, it is used to decompose water (electrolysis) to obtain “green” hydrogen. There are also plants, called concentrated solar power (CSP), which use a system of parabolic mirrors to convert solar radiation into heat stored in salts, which is then released to generate electricity even at night. Naturally, each additional process raises the final cost of electricity. In fact, a solar MWh stored in batteries can cost more than $100.
New ideas are emerging to lower that cost. For example, in China, abandoned underground mines are already being used to store high-pressure air, compressed using surplus renewable energy. The air sealed in the mine is later released to activate a turbine and generate electricity. The advantage lies in the fact that air is free, so the only expense is the compression process.
Bolivia is particularly rich in two renewable energy sources: sun and water, both located in the Andean region. The Altiplano is a “solar paradise” with a virtually unlimited capacity to produce electricity, provided the surplus is harvested to counteract intermittency using the most appropriate storage methods.
To that end, as I have reiterated tirelessly, all that is missing is the development of an Energy Transition Plan that encourages and guarantees private, corporate, institutional, and community investment, and “democratizes” renewable electricity generation through regulatory rather than purely economic incentives.
Por Francesco Zaratti:
Las ventajas de las fuentes renovables de energía (sol, agua, viento, geotermia, biomasa) en la generación electrica son conocidas de sobra y suelen incidir en el calentamiento global del planeta mucho menos que las fuentes fósiles.
Las objeciones a su mayor difusión, en el marco de la transición energética, son de dos tipos: el costo y la intermitencia.
Se afirma, impropiamente, que el costo de la unidad de energía eléctrica, el megavatio hora (MWh), en el caso de las fuentes renovables es mayor que en las termoeléctricas. Esta afirmación podía haber sido cierta hace 20 años, pero el abaratamiento de los paneles solares y de otros componentes tecnológicos ha vuelto la electricidad generada “en frío” más económica que la del gas.
Por ejemplo, si tomamos como parámetro el LCOE (costo nivelado de la energía) cuyo cálculo incluye inversión inicial, mantenimiento, combustible y vida útil de la planta, en costos reales la energía solar aventaja al gas en la mayoría de los mercados. De hecho, el MWh solar en grandes plantas está por debajo de $ 50, cuando en termoeléctricas de ciclo combinado ronda los $ 80. Este resultado se debe a la caída estrepitosa del precio de los paneles solares y por lo gratuito e inagotable que resulta el “combustible solar”.
La otra objeción apunta al carácter intermitente de las fuentes renovables: un panel solar produce de día y mejor con sol; un rotor eólico depende de la constancia del viento; y una hidroeléctrica del régimen de lluvias. En la práctica, la energía solar es la más intermitente y la hidroeléctrica la más confiable, de modo que ambas se complementan, sin llegar a poder prescindir de la termoelectricidad.
Ahora bien, la intermitencia tiene también solución, pero cuesta. En general, las granjas solares, al igual que las otras plantas, suelen generar más electricidad de la que es posible transmitir por la red eléctrica. Ese excedente de energía puede ser almacenado de diferentes maneras. Por ejemplo, se lo almacena en acumuladores, grandes baterías que devuelven la electricidad cuando sea necesario; también permite recargar una represa bombeando el agua que sale de una planta hidroeléctrica; asimismo se usa para la descomponer el agua (electrólisis) con el fin de obtener hidrógeno “verde”. Existen plantas, llamadas termo-solares, que convierten, mediante un sistema de espejos parabólicos, la radiación solar en calor que se almacena en sales y que es devuelto para generar electricidad hasta de noche. Desde luego, cada proceso adicional eleva los costos finales de la electricidad. De hecho, el MWh solar almacenado en acumuladores puede llegar a costar más de 100 dólares.
Con el fin de abaratar ese costo surgen nuevas ideas. Por ejemplo, en la China ya se utilizan minas subterráneas abandonadas para almacenar aire a alta presión, comprimido mediante la energía renovable excedentaria. El aire sellado en la mina es luego liberado para activar una turbina y generar electricidad. La ventaja reside en que el aire es gratis, de modo que único gasto es la compresión del aire.
Bolivia es particularmente rica de dos fuentes energéticas renovables: el sol y el agua, ambas localizadas en la región andina. El Altiplano es un “paraíso solar” con una capacidad de producir electricidad prácticamente ilimitada, si se acopia el excedente para contrarrestar la intermitencia, recurriendo a los métodos más adecuados de almacenamiento.
Para ese fin, como he reiterado hasta el cansancio, solo falta elaborar un Plan de Transición Energética que fomente y garantice la inversión privada, empresarial, institucional y comunitaria, y “democratice” la generación eléctrica renovable, mediante incentivos más normativos que económicos.
https://fzaratti.blog/2026/02/13/el-almacenamiento-de-la-energia/
