By William Herrera Áñez, El Deber:
On the bicentennial of the Cruceño people, we want to remember not only 200 years of independence but also their culture and historical roots. The town hall meeting held on September 24, 1810, in the “La Concordia” square decided to rebel against the Spanish Crown and proclaimed Santa Cruz’s independence on February 14, 1825. José Manuel Mercado, nicknamed “El Colorado,” seized the main square of Santa Cruz de la Sierra and declared its independence—an essential event in the emancipation movement that was reaching its end after 15 years. The act was written in the blood of combatants who came from all corners of the region, all sharing the same strong, combative, and libertarian spirit that has always characterized the people of this land.
On this historic and fundamental date for the Cruceños (which will not be a holiday because centralism will not allow it), we must remember that we come from a fusion of races, blending together into the mestizo identity that we proudly embrace. However, due to geographical proximity, Brazilians, Argentinians, and Paraguayans have also influenced the cultural makeup of the department’s inhabitants. From this fusion or amalgamation, the identity of the Cruceño or Camba emerges as an undeniable reality, shaping its culture and regional identity.
Santa Cruz is a place where people from all corners of Bolivia arrive, settle, and, over time, integrate. This is a voluntary process that has not occurred in any other department (El Alto, for example, receives only Andean migration). The convergence of races, cultures, customs, and the tropical climate plays a decisive role in shaping our way of being, living, coexisting, thinking, acting, and even our distinctive way of speaking.
Academic research by Edgar Moreno clarifies that Santa Cruz was historically divided, with its northern part forming the departments of Beni and Pando, where the Mojeño culture is predominant, with its own characteristics but also significant similarities to other indigenous cultures of the Bolivian lowlands (Moreno Rodríguez, Edgar, Andrés Ibáñez y el laberinto boliviano, Santa Cruz de la Sierra, Ed. El País, 2012, pp. 15 and following). Along the banks of the Ichilo River, near Puerto Villarroel, Mojeños, Yucarés, and Yukis coexist. Indeed, the Camba culture is spread across the entire Bolivian lowlands, as Cruceños, Benianos, and Pandinos all descend from the same common lineage.
In general, peoples and groups such as the Chanés, Chiquitanos, Guaraníes, Chiriguanos, Guarayos, and Sirionós form the roots of the eastern Bolivian culture. Edgar Moreno also clarified that what emerged from the Chiquitos mountain ranges in 1561 was a unique social entity resulting from the intermingling of Spaniards and indigenous people during the conquest and colonial period. The descendants of the eastern population developed productive activities, ventured into and tamed the jungle, multiplied, and preserved a language and traditions that endure—marked by a distinctive and resilient mestizaje.
This entire process of mixing has forged the alma cruceña—the merging of wills between natives and Spaniards, existing not just since the creation of the department of Santa Cruz but long before. The history of Santa Cruz does not begin on February 26, 1561, with the founding of the city along the Sutós stream.
Ñuflo de Chaves’ dream of “breaking the spell of the jungle” and discovering the riches of El Dorado seems to be materializing today through oil production, mining, and a powerful agro-industrial sector. Santa Cruz has become the meeting point between East and West, between the lowlands and highlands. In reality, it serves as the gateway connecting what were once the Viceroyalties of La Plata and Peru. In the 21st century, Santa Cruz is no longer just the locomotive of economic development; it has also become the national political epicenter, calling for the refoundation of Bolivia.
Por William Herrera Áñez, El Deber:
En el bicentenario del pueblo cruceño queremos recordar no solo los 200 años de independencia, son también su cultura y sus raíces históricas. El cabildo realizado el 24 de septiembre de 1810 en la plaza “La Concordia”, decide rebelarse contra la corona española, y proclamar Santa Cruz su independencia el 14 de febrero de 1825. José Manuel Mercado, apodado el “Colorado”, tomaba la plaza de Santa Cruz de la Sierra, y declaraba la independencia cruceña, un acontecimiento fundamental en la gesta emancipadora que llegaba a su fin tras 15 años. El acta fue escrita con sangre de los combatientes que vinieron desde los cuatro puntos cardinales de la región. Todos ellos con el mismo espíritu fuerte, combativo y libertario, que ha caracterizado al hombre de esta tierra.
A propósito de esta fecha histórica y fundamental para los cruceños (que no será feriado porque no autorizará el centralismo) debemos recordar que venimos de una simbiosis de razas, que se ha entremezclando hasta convertirse en un producto mestizado como el que con orgullo contamos. Sin embargo, los brasileros, los argentinos y los paraguayos, por la cercanía han tenido que influir también en la conformación cultural de los habitantes del departamento. De esa simbiosis o amalgama es que surge como una realidad incuestionable el cruceño o camba, su cultura y su identidad regional.
En Santa Cruz convergen, se afincan y con el tiempo se integran, hombres y mujeres provenientes de todos los rincones de Bolivia. Se trata de un proceso voluntario, que no ha ocurrido con ningún otro departamento (la ciudad de El Alto recibe migración solo andina). La confluencia de razas, culturas, hábitos, costumbres y clima tropical, resultan determinantes en nuestra forma de ser, de vivir y de convivir, de pensar y de actuar y hasta nuestra singular forma de hablar.
La investigación académica de Edgar Moreno, aclaraba que Santa Cruz fue dividida en la parte norte para formar los departamentos de Beni y Pando, donde fundamentalmente se encuentra el grueso de la cultura mojeña con sus propias características y particularidades, pero también con grandes similitudes con las demás culturas aborígenes del oriente (Moreno Rodríguez, Edgar, Andrés Ibáñez y el laberinto boliviano, Santa Cruz de la Sierra, Ed. El País, 2012, pp. 15 y s.). En las riberas del río Ichilo, frente al Puerto Villarroel, convergen mojeños, yucarés y Yukis. En efecto la cultura camba se encuentra esparcida a lo largo y ancho del oriente boliviano, ya que los cruceños, benianos y pandinos descendemos del mismo tronco común.
En general, los pueblos y grupos como Los Chanés, Los Chiquitanos, Los Guaraníes, Los Chiriguanos, Los Guarayos y Sirionós, vienen a ser las raíces de la cultura oriental. Edgar Moreno aclaraba, también, que lo que surgió desde las serranías de Chiquitos en 1561 fue una entidad social de características propias por el cruce entre españoles e indígenas durante la conquista y la colonia. Los descendientes de la población oriental establecieron actividades productivas, se internó y domó la selva, logró multiplicarse y se entendió y dejó como herencia una lengua y costumbres imperdibles, con un recio mestizaje de características especiales.
Todo ese mestizaje ha generado el “alma cruceña”, que viene a ser el ensamble de voluntades entre nativos y españoles que existe no solo desde el momento de la creación del departamento de Santa Cruz, sino desde mucho tiempo atrás. Y es que la historia de Santa Cruz no comienza el 26 de febrero de 1561, cuando se fundó la ciudad a orillas del arroyo Sutós.
El sueño de Ñuflo de Chaves de “desencantar la selva” y encontrar las riquezas de “El Dorado”, parece hacerse realidad con la producción petrolera, minera y la poderosa industria agropecuaria. Santa Cruz se ha convertido en el punto de encuentro entre Oriente y Occidente, entre las tierras bajas y las tierras altas. Y, en los hechos, es la puerta que comunica a lo que fueron los virreinatos de La Plata y El Perú. En pleno siglo XXI, Santa Cruz ya no es solo la locomotora del desarrollo económico, sino además el epicentro político nacional, que demanda la refundación de Bolivia.
https://www.eldeber.com.bo/opinion/el-bicentenario-cruceno_503011/

