By Oscar Antezana:
Without strategic diplomacy, the economy does not transform. So far, the debate on economic development in Bolivia has focused mainly on what happens within the country: the role of the State, the importance of markets, and dependence on natural resources. The previous article specifically addressed “miracle resources” (silver, tin, natural gas, and lithium) without a development strategy. However, there is an equally important dimension that is often left out of the discussion. The question is not only what economic strategy Bolivia wants to build internally. The question is also how it will project, negotiate, and execute it abroad.
Beyond traditional diplomacy. In many countries, embassies mainly fulfill protocol or political functions. They represent the State, manage diplomatic relations, and assist their citizens abroad. But in economies that have successfully integrated into global markets, this function has evolved significantly. Today, embassies are—or should be—active instruments of economic development. It is not only about maintaining international relations. It is about attracting investment, opening markets, positioning products, generating strategic alliances, and promoting specific sectors. In other words, it is about executing the country’s economic strategy abroad.
The case of Chile: coordinated execution. A nearby example is Chile. Through a professionalized diplomatic network and institutions such as ProChile, the country has managed to position its exports in demanding markets and attract investment in strategic sectors. Chilean embassies operate as part of a coordinated system. They promote products, support exporting companies, identify business opportunities, and facilitate integration into global value chains. The result is clear: Chile not only exports more. It exports better. It has managed to position itself in higher value-added segments. None of this happens without strategy—and above all, without international execution.
Bolivia: a strategic gap. Bolivia, by contrast, faces a less visible but critical gap. If the country wants to promote exports, who is identifying opportunities in specific markets? If it wants to attract investment, who is building relationships with international companies? If it wants to position its tourism, who is actively promoting the country abroad? These functions cannot be marginal. They must be central. Because without a strategic presence abroad, any internal strategy remains incomplete.
The ambassador as an economic actor. This challenge forces a rethinking of the ambassador’s role. More than traditional diplomats, Bolivia needs economic ambassadors. This implies profiles with specific capabilities: economic and sectoral knowledge, understanding of international markets, ability to build networks and alliances, negotiation skills, and a focus on concrete results. An ambassador should not be evaluated only on diplomatic management, but also on their contribution to economic objectives: investment attracted, markets opened, alliances generated.
A critical case: the United States. Within this network, there are particularly strategic destinations. The United States is undoubtedly one of them—not only because of its economic size, but also because Washington, D.C. concentrates key actors in international financing, private investment, and multilateral decision-making, in a global context where geopolitical competition—including the growing influence of China—also plays a relevant role. Therefore, the ambassador to the United States requires an especially strong profile: economic knowledge, international experience, negotiation capacity, and credibility with high-level actors. But this is not an isolated case; it is the most visible example of a broader problem.
From representation to execution. The change Bolivia needs is deeper. It implies moving from a logic of representation to one of execution. Embassies must become active platforms that connect the country with the world. They must work in coordination with the private sector, promotion agencies, and domestic public policies. And above all, they must respond to a clear strategy. Because without strategy, even the best diplomatic network loses direction.
A double problem. So far, the analysis has shown that Bolivia faces an internal problem: the absence of a clear economic strategy. But this article introduces a second, equally important problem: the limited capacity to execute that strategy abroad. Without an internal strategy and without external projection, the result is a fragmented economic model with little capacity for transformation. But even if Bolivia managed to strengthen its capacity for action abroad, a fundamental challenge would remain: how to organize its development efforts internally.
In the next article, we will address what kind of economy Bolivia could build if it decided to strategically bet on its true advantages.
Por Oscar Antezana Malpartida:
Sin una diplomacia estratégica, la economía no se transforma. Hasta ahora, el debate sobre el desarrollo económico en Bolivia se ha concentrado principalmente en lo que ocurre dentro del país: el rol del Estado, la importancia de los mercados, la dependencia de los recursos naturales. El anterior artículo se abordó específicamente sobre los recursos milagro (plata, estaño, gas natural y litio) sin estrategia de desarrollo. Sin embargo, hay una dimensión igual de importante que suele quedar fuera de la discusión.La pregunta no es solo qué estrategia económica quiere construir Bolivia internamente. La pregunta es también cómo la va a proyectar, negociar y ejecutar en el exterior.
Más allá de la diplomacia tradicional. En muchos países, las embajadas cumplen funciones principalmente protocolares o políticas. Representan al Estado, gestionan relaciones diplomáticas y atienden a sus ciudadanos en el exterior. Pero en economías que han logrado insertarse con éxito en los mercados globales, esta función ha evolucionado significativamente. Hoy, las embajadas son —o deberían ser— instrumentos activos de desarrollo económico. No se trata solo de mantener relaciones internacionales. Se trata de atraer inversión, abrir mercados, posicionar productos, generar alianzas estratégicas y promover sectores específicos. En otras palabras, se trata de ejecutar, en el exterior, la estrategia económica del país.
El caso de Chile: ejecución coordinada. Un ejemplo cercano es Chile. A través de una red diplomática profesionalizada y de instituciones como ProChile, el país ha logrado posicionar sus exportaciones en mercados exigentes y atraer inversión en sectores estratégicos. Las embajadas chilenas operan como parte de un sistema coordinado. Promocionan productos, apoyan a empresas exportadoras, identifican oportunidades de negocio y facilitan la inserción en cadenas globales. El resultado es claro: Chile no solo exporta más. Exporta mejor. Ha logrado posicionarse en segmentos de mayor valor agregado. Nada de esto ocurre sin estrategia. Y, sobre todo, sin ejecución internacional.
Bolivia: una brecha estratégica. Bolivia, en cambio, enfrenta una brecha menos visible, pero crítica. Si el país quiere promover exportaciones, ¿quién está identificando oportunidades en mercados específicos?
Si quiere atraer inversión, ¿quién está construyendo relaciones con empresas internacionales?
Si quiere posicionar su turismo, ¿quién está promoviendo activamente el país en el exterior? Estas funciones no pueden ser marginales. Deben ser centrales. Porque sin presencia estratégica en el exterior, cualquier estrategia interna queda incompleta.
El embajador como actor económico. Este desafío obliga a repensar el rol del embajador. Más que diplomáticos tradicionales, Bolivia necesita embajadores económicos. Esto implica perfiles con capacidades específicas: conocimiento económico y sectorial, comprensión de mercados internacionales habilidad para generar redes y alianzas, capacidad de negociación, orientación a resultados concretos. Un embajador no debería ser evaluado únicamente por su gestión diplomática, sino también por su contribución a objetivos económicos: inversión atraída, mercados abiertos, alianzas generadas.
Un caso crítico: Estados Unidos. Dentro de esta red, existen destinos particularmente estratégicos. EE.UU. es, sin duda, uno de ellos. No solo por su tamaño económico, sino porque en Washington, D.C. se concentran actores clave del financiamiento internacional, inversión privada y toma de decisiones multilaterales, en un contexto global donde la competencia geopolítica —incluida la creciente influencia de China— también juega un papel relevante.
Por ello, el embajador en Estados Unidos requiere un perfil especialmente sólido: conocimiento económico, experiencia internacional, capacidad de negociación y credibilidad ante actores de alto nivel.
Pero este no es un caso aislado. Es el ejemplo más visible de un problema más amplio.
De la representación a la ejecución. El cambio que Bolivia necesita es más profundo. Implica pasar de una lógica de representación a una lógica de ejecución. Las embajadas deben convertirse en plataformas activas que conecten al país con el mundo. Deben trabajar de manera coordinada con el sector privado, con agencias de promoción y con políticas públicas internas. Y, sobre todo, deben responder a una estrategia clara. Porque sin estrategia, incluso la mejor red diplomática pierde dirección.
Un problema doble. Hasta ahora, el análisis ha mostrado que Bolivia enfrenta un problema interno: la ausencia de una estrategia económica clara. Pero este artículo introduce un segundo problema, igualmente importante: la limitada capacidad de ejecutar esa estrategia en el exterior. Sin estrategia interna y sin proyección externa, el resultado es un modelo económico fragmentado y con escasa capacidad de transformación. Pero incluso si Bolivia lograra fortalecer su capacidad de acción en el exterior, quedaría un desafío fundamental por resolver: cómo se organizan internamente sus esfuerzos de desarrollo.
En el siguiente artículo abordaremos qué tipo de economía podría construir Bolivia si decidiera apostar estratégicamente por sus verdaderas ventajas.
