By Windsor Hernani, Vision 360:
In sum, the first three months of Rodrigo Paz’s government show encouraging signs of a correction in diplomatic direction.
Three months after the start of Rodrigo Paz’s government, Bolivian foreign policy is beginning to show signs of a strategic shift that deserves close examination.
Objectively and without falling into premature triumphalism, it is possible to identify a change of course from the so-called “diplomacy of the peoples,” which was marked by a logic of political-ideological alignment with the so-called socialism of the twenty-first century, privileging alliances and relations with like-minded regimes.
This orientation not only limited the diversification of strategic partners, but also eroded the country’s image, reducing Bolivia’s credibility as a reliable, predictable, and development-oriented actor.
In this context, the new government seems to have understood that foreign policy cannot continue to be an instrument of ideological militancy or a discursive extension of the domestic political project. On the contrary, foreign policy must be the set of strategies, decisions, and actions that a State adopts to manage its relations with other countries and international organizations, always defending its national interests, its security, and its values on the global stage.
The first steps point to a diplomacy aimed at reinserting Bolivia into the international system, guided by criteria of political realism and economic rationality.
One of the initial elements has been the effort to rebuild the country’s image. Bolivia’s participation in high-level economic and financial forums, such as the World Economic Forum in Davos and the 2026 Latin America and the Caribbean International Economic Forum promoted by CAF, has sent a clear signal to the international community. Bolivia is seeking to once again be an interlocutor open to dialogue and willing to integrate into global circuits of investment, financing, and cooperation.
In diplomacy, presence matters, as long as it is active—not only for promoting the country’s image, but also for so-called corridor diplomacy, which consists of generating new relationships and contacts in informal meetings outside the main event. These spaces fulfill a fundamental symbolic and practical function in reversing years of self-imposed isolation.
On the bilateral level, rebuilding relations with key actors in international politics is particularly relevant. Restoring ties with the United States, the world’s leading power, marks a break with a relationship historically deteriorated by ideological prejudices and confrontational rhetoric. Without ignoring existing asymmetries, a mature relationship with Washington is beneficial for Bolivia, not only for political reasons, but also for its impact on trade, cooperation, the fight against illicit economies, and access to markets.
At the regional level, rapprochement with Brazil, South America’s main economic power, constitutes another sound decision. Bolivia cannot afford to maintain cold or merely rhetorical relations with its most influential neighbor. Coordination with Brazil is key for energy integration, regional infrastructure, trade, and South American political stability.
In the economic-financial sphere, the conclusion of cooperation agreements with international organizations such as the IDB and CAF shows a return to economic diplomacy. Beyond ideological prejudices, these institutions remain central actors in development financing and macroeconomic stability.
In the field of regional integration processes, the express commitment assumed during the 67th Mercosur Summit—that Bolivia will complete its incorporation as a full member—represents a signal of insertion into a scheme of commercial integration that, if handled strategically and intelligently, can offer real opportunities for the country.
Finally, the new government’s diplomacy is focused on attracting foreign direct investment, a purpose that is undoubtedly necessary in the context of economic stagflation the country is currently suffering. However, to achieve this it is urgent to lift the constitutional locks that establish the priority of Bolivian investment over foreign investment, as well as the provision that subjects the latter exclusively to Bolivian jurisdiction, laws, and authorities.
In sum, the first three months of Rodrigo Paz’s government show encouraging signs of a correction in diplomatic direction. The challenge now is to turn these initial gestures into a coherent, institutionalized, long-term foreign policy. Only then will Bolivia move beyond symbolic and plaintive diplomacy to build an international insertion that truly responds to national interests.
Por Windsor Hernani Limarino, Vision 360:
En suma, los primeros tres meses del gobierno de Rodrigo Paz muestran señales alentadoras de corrección del rumbo diplomático.
A tres meses del inicio del gobierno de Rodrigo Paz, la política exterior boliviana comienza a mostrar señales de un giro estratégico que merece ser examinado con atención.
Con objetividad y sin caer en triunfalismos prematuros, es posible identificar un cambio de rumbo respecto a la denominada diplomacia de los pueblos, que estuvo marcada por una lógica de alineamiento político-ideológico con el llamado socialismo del siglo XXI, privilegiando alianzas y relaciones con regímenes afines.
Esta orientación no solo limitó la diversificación de socios estratégicos, sino que también erosionó la imagen país, reduciendo la credibilidad de Bolivia como un actor confiable, previsible y orientado al desarrollo.
En este contexto, el nuevo gobierno parece haber entendido que la política exterior no puede seguir siendo un instrumento de militancia ideológica ni una extensión discursiva del proyecto político interno. Por el contrario, la política exterior debe ser el conjunto de estrategias, decisiones y acciones que un Estado adopta para gestionar sus relaciones con otros países y organismos internacionales, siempre defendiendo sus intereses nacionales, su seguridad y sus valores en la escena global.
Los primeros pasos apuntan a una diplomacia orientada a la reinserción de Bolivia en el sistema internacional, con criterios de realismo político y racionalidad económica.
Uno de los elementos iniciales ha sido el esfuerzo por reconstruir la imagen país. La participación de Bolivia en foros económicos y financieros de alto nivel, como el Foro Económico Mundial de Davos y el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, promovido por la CAF, han enviado una señal clara a la comunidad internacional. Es que Bolivia busca volver a ser un interlocutor abierto al diálogo y dispuesto a integrarse a los circuitos globales de inversión, financiamiento y cooperación.
En diplomacia, la presencia importa, siempre que sea activa, no solo para la promoción de la imagen país, sino también para la denominada diplomacia de pasillo, que consiste en la generación de nuevas relaciones y contactos en los encuentros informales fuera del evento principal. Estos espacios cumplen una función simbólica y práctica fundamental para revertir años de aislamiento autoimpuesto.
En el plano bilateral, resulta particularmente relevante la reconstrucción de relaciones con actores clave de la política internacional. Reponer el vínculo con los Estados Unidos, primera potencia mundial, marca el quiebre de una relación históricamente deteriorada por prejuicios ideológicos y discursos confrontacionales. Sin desconocer las asimetrías existentes, una relación madura con Washington resulta provechosa para Bolivia, no solo por razones políticas, sino también por su impacto en comercio, cooperación, lucha contra economías ilícitas y acceso a mercados.
A nivel regional, el acercamiento con Brasil, principal potencia económica de Sudamérica, constituye otro acierto. Bolivia no puede darse el lujo de mantener relaciones frías o meramente retóricas con su vecino más influyente. La articulación con Brasil es clave para la integración energética, la infraestructura regional, el comercio y la estabilidad política sudamericana.
En el ámbito económico-financiero, la concreción de acuerdos de cooperación con organismos internacionales, como el BID y la CAF, evidencia un retorno a una diplomacia económica. Más allá de prejuicios ideológicos, estos organismos siguen siendo actores centrales para el financiamiento del desarrollo y la estabilidad macroeconómica.
En el campo de los procesos de integración regional, la manifestación expresa asumida durante la LXVII Cumbre del Mercosur, en el sentido de que Bolivia concretará su incorporación como miembro pleno, representa una señal de inserción en un esquema de integración comercial que, si es estratégica e inteligentemente manejada, puede ofrecer oportunidades reales para el país.
Por último, la diplomacia del nuevo gobierno está empeñada en la atracción de inversión extranjera directa, propósito que, sin duda, resulta necesario en el contexto económico de estanflación que actualmente padece el país. Sin embargo, para ello urge levantar los candados constitucionales que establecen la prioridad de la inversión boliviana frente a la inversión extranjera, así como la disposición que somete a esta última exclusivamente a la jurisdicción, leyes y autoridades bolivianas.
En suma, los primeros tres meses del gobierno de Rodrigo Paz muestran señales alentadoras de corrección del rumbo diplomático. El desafío ahora es transformar estos gestos iniciales en una política exterior coherente, institucionalizada y de largo plazo. Solo así Bolivia dejará atrás la diplomacia simbólica y plañidera, para construir una inserción internacional que responda verdaderamente a los intereses nacionales.
