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Evo: the image of a defeat – Evo: la imagen de una derrota

Renzo Abruzzese writes in Pagina Siete, bottom photo from the internet:

Evo: the image of a defeat

It is very difficult to imagine Evo Morales as a normal citizen. Just as there was no image in him surrendering power, so does the one that does not distill hatred, racial resentment and infinite ambitions of power fit into the defeated Evo. Just review his messages on the networks. In the maelstrom of events that determine his resignation, he moved at the speed of light from a populist leader to a terrorist strategist.

In the 14 years that the delirium lasted, it already seemed normal that he only opened his mouth to offend someone, to revile a citizen who thought differently or to intimidate him, mentioning – as randomly – the entourage of judges and prosecutors who descended to the category of vulgar paramilitary ties; today things have changed, their dark entourage takes refuge in embassies transformed into a refuge for criminals wanted by justice or, better yet, theater of international mercenaries playing the adventures of James Bond.

That man who embodied a different, inclusive Bolivia, looking at the twenty-first century free of the tares that dragged the political system and the world of a state project capable of making the nation a prosperous and powerful country, preferred to plunge into the showcase of despots, of those who sooner than expected believe themselves irreplaceable, unrepeatable and eternal. Sad story is that of Evo Morales, whom glory accompanied by the big door and history threw him out the backyard window.

It is not easy to imagine the bitterness of this man. A story that was nourished by flattery and servitude that he never imagined. A humble man who, as he once said, in his life imagined enjoying power to the extent that he did. Little by little, all power amalgamated with an ego that from the deepest part of his being called for revenge. From the incarnation of the renewed Bolivia that he represented in his early years, he passed to the transfiguration of the egotist that no one would want to remember.

What happened to all men who have a country that is too big and a life too short happened to him. Only three decades were enough for the country to realize that he was not what was expected and that nothing more than another lie was expected of him, one more in the infinite rosary of lusts that with disdain he intended to make us believe. He wanted to sell us a country in which only he and his mediocre environment believed.

Like all those who suddenly realize that things are not as they imagine or as they are painted, when he became aware that he had been thrown out, he had no choice but to do what he had learned in the best way: throw the blame to the “other.” And for those devices of the mind that free us from the torments of hallucination, a “coup d’etat” was invented.

As by the work of the demons he forgot his resignation, the millions that gathered in the open councils were erased and summed up his sorrows in a dramatically symbolic expression: a pitita [little rope]. How atrocious it must now be to feel the weight of that expression thrown only hours after having to give up, even worse, of having to escape as a criminal stalked by his mistakes.

Tomorrow, when the storm passes and I am convinced that the mirage of his eternal glory was nothing more than a slip night and that his infinite power was nothing more than a mermaid song, he probably looks in a mirror and recognizes, already very late, that his hatred and limitless ambition were his sad downfall.

Perhaps and in a calm way he understands that such a diverse country is not built by lifting barriers and perhaps, who knows, in the final audit of his passage through history recognize that the final account gave him a negative balance. He could have done so much and threw it all away.

It is no use now to make an inventory of what he did, because it would have been awful if nothing he did in a three five-year span. What it is about is that almost everything he did, he did it wrong.

We will have to thank him, however, and in historical justice, to have included the forever excluded, revitalizing national pride, incorporating the weakest in the management of the State. We owe him the honor of having dignitaries of peasant origin, women of pollera and lucid birlochas (as my mother was) in the exercise of power. Not everything was so bad, except his historical blindness and his despicable entourage.

Renzo Abruzzese is a sociologist.

====versión español====

Evo: la imagen de una derrota

Resulta muy difícil imaginar a Evo Morales en calidad de ciudadano normal. Así como no cabía en él una imagen entregando el poder, tampoco encaja en el Evo derrotado una que no sea destilando odio, resentimientos raciales e infinitas ambiciones de poder. Sólo basta repasar sus mensajes en las redes. En la vorágine de acontecimientos que determinan su renuncia pasó a la velocidad de la luz de caudillo populista a estratega terrorista.

En los 14 años que le duró el delirio ya parecía normal que sólo abriera la boca para ofender a alguien, para denostar a un ciudadano que pensaba diferente o para amedrentarlo, mencionando -como al azar- el séquito de jueces y fiscales que descendieron a la categoría de vulgares paramilitares de corbata; hoy las cosas han cambiado, sus oscuros séquitos se refugian en embajadas transformadas en refugio de delincuentes buscados por la justicia o, mejor aún, teatro de mercenarios internacionales jugando las aventuras de James Bond.

Aquel hombre que encarnaba una Bolivia diferente, inclusiva, mirando el siglo XXI libre de las taras que arrastraba el sistema político y munido de un proyecto estatal capaz de hacer de la nación un país próspero y poderoso, prefirió apoltronarse en el escaparate de los déspotas, de aquellos que más pronto de lo esperado se creen insustituibles, irreemplazables y eternos. Triste historia la de Evo Morales a quien la gloria acompañó por la puerta grande y la historia lo  arrojó por la ventana del patio trasero.

No es fácil imaginar la amargura de este hombre. Una historia que se nutría de halagos y servilismos que jamás imaginó. Un hombre humilde que, como él mismo dijo alguna vez, en su vida imaginó disfrutar del poder en la medida en que lo hizo. De a poco, todo el poder se amalgamó con un ego que desde lo más profundo de su ser clamaba venganza. De la encarnación de la Bolivia renovada que representaba en sus primeros años, pasó a la transfiguración del ególatra que nadie quisiera recordar.

Le pasó lo que les sucede a todos los hombres a los que una patria les queda demasiado grande y una vida demasiado corta. Sólo tres lustros bastaron para que el país se percatara de que no era lo que se esperaba y que no se esperaba de él nada más que otra mentira, una más en el infinito rosario de embustes que con desdeño pretendió hacernos creer. Quiso vendernos un país en el que sólo él y su mediocre entorno creían.

Como a todos los que de pronto se dan cuenta de que las cosas no son como imaginan o como se las pintan, cuando hizo consciencia de que lo habían echado, no le quedó más remedio que hacer lo que había aprendido de la mejor manera: echarle la culpa al “otro”. Y por esos artificios de la mente que nos libran de los tormentos de la alucinación se inventó un “golpe de Estado”. 

Como por obra de los demonios olvidó su renuncia, se le borraron los millones que se reunían en los cabildos y resumió sus pesares en una expresión dramáticamente simbólica: una pitita.  Qué atroz debe ser ahora sentir el peso de aquella expresión lanzada a sólo horas de tener que renunciar, peor aún, de tener que fugar como un delincuente acechado por sus errores.

Mañana, cuando pase la tormenta y quede convencido de que el espejismo de su eterna gloria no fue más que una noche de desliz y que su infinito poder no fue más que un canto de sirenas, probablemente se mire en un espejo y reconozca, ya muy tarde, que su odio y su ambición sin límites fueron su triste perdición.

Tal vez y de forma serena comprenda que un país tan diverso no se construye levantando barreras y quizás, quién sabe, en la auditoría final de su paso por la historia reconozca que la cuenta final le dio saldo en contra. Pudo haber hecho tanto y lo tiró todo por la borda.

De nada le sirve ahora hacer un inventario de lo que hizo, porque hubiera sido espantoso que nada hiciera en tres lustros. De lo que se trata es de que casi todo lo que hizo, lo hizo mal. 

Habrá que agradecerle, sin embargo, y en justicia histórica, haber incluido a los excluidos de siempre, revitalizando el orgullo nacional, incorporando a los más débiles en el manejo del Estado. A él le debemos el honor de tener dignatarios de origen campesino, mujeres de pollera y birlochas lúcidas (como fue mi madre) en el ejercicio del poder. No todo fue tan malo, excepto su ceguera histórica y su entorno despreciable.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

https://www.paginasiete.bo/opinion/renzo-abruzzese/2019/12/31/evo-la-imagen-de-una-derrota-242008.html